Una cita con Montebello
21 de diciembre de 2021
Una cita con Montebello

Lo primero que hay que decir es que la portada de la versión española de Cita con el arte es espectacular. Alguien de Rialp ha tenido la gallardía de escoger el fragmento de la cara de una  reina o dama de honor que vivió en un palacio del Nilo bajo el reinado probablemente de Akenatón; podrían ser hasta los labios de Nefertiti. Se habla de esta pieza, conservada en el Metropolitan Museum de Nueva York (siglo XIV a.C), al comienzo del libro. El contraste entre el pulido sensual del jaspe amarillo de esos labios gruesos e irrebatibles y la amputación sufrida por la parte superior del rostro es la encarnación misma de esta larga entrevista entre estos dos hombres del mundo del arte: el pulimento sería el aristócrata historiador del arte Guy Philippe Henri Lannes de Montebello (1936),  y la amputación Gayford, Martin Gayford (1952), el lustroso y predecible crítico de la cadena televisiva Bloomberg News.

Cita con el arte
Montebello
25,00€

Philippe de Montebello nació en París en el seno de una familia aristocrática, que emigró a Estados Unidos en la década de 1950. Poco después adoptaría la ciudadanía norteamericana. Estudió en el Liceo francés de Nueva York y se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard. Entre 1969 y 1974 ejerció como director del Museum of Fine Arts de Houston (Texas) y entre 1977 y 2008 como director Metropolitan Museum of Art de Nueva York, ejerciendo con su manera de dirigir el Museo, su política de compras o exposiciones, una influencia capital en todos los museos del mundo. Sabe seis o siete idiomas con una deliciosa imperfección. Es elegante, guapo, rico, encantador, inteligente y sensible. No hay nada, creo, que se le parezca; bueno, quizá el gran Gabriele Finaldi, aunque la combinación de París-Nueva York es diferente que la de Nápoles-Londres. Yo no sabría qué elegir.

Comentando este fragmento de escultura egipcia, dice atinadamente Philippe de Montebello que si se encontrara la parte del rostro que le falta «no creo que me emocionase. Se parecería a una novela que te encanta, de la que no quieres ver la película que han hecho sobre ella». La propia obra parece decir, “con esto te basta”. Es como una metáfora de los museos, que Montebello conoce como nadie: las grandes colecciones no son la reconstrucción del pasado –no pueden serlo- sino fragmentos que nos cautivan, nos arrebatan, nos incitan a que reconstruyamos cada uno por su cuenta (y riesgo) los trozos que faltan; o que disfrutemos con los que hay. Con todo esto lo que quiero decir (de manera exagerada, y por supuesto injusta) es que sin los comentarios un poco vacíos de Gayford, los de Montebello no tendrían la rotunda autoridad que emanan.

Y uno de los encantos más sobresalientes del libro es esa manera distinguida de hablar que tiene, de razonar sobre el arte, los museos, el público, los conservadores… de utilizar casi siempre un adjetivo preciso e inaudito, como cuando habla el «espanto cínico» de El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo que conserva el Museo del Prado; las nubes «casi incrustadas» del Carro del heno del Bosco; o lo «descomplicada» que es la Anunciación del Beato Angélico. En un momento determinado Gayford comenta que la cara de la Eva de Durero parece la de una joven alemana que te sirve una cerveza. Y esta observación ingeniosa y graciosa, le sirve a Montebello para fijarse en el rosto de Adán… «tan dulce», y contemplar la mano tan delicada que sujeta la rama del manzano. En definitiva, no es una mala mezcla.

Hay veces que uno no comparte sus opiniones, dicho esto con humildad. Como cuando dice de Velázquez: «Señálame un fallo, una pincelada, un toque que no esté en su lugar. No podrías. Velázquez es un dios». El que esto escribe conoce problemas en los cuadros de Velázquez, desde la Vieja friendo huevos (1618) hasta Las Meninas (1656 y 1659), pero lo importante no son los problemas sino que los problemas no son lo importante. Viendo el resto del cuadro, uno ve fallos, ve pinceladas incorrectas, toques que no está en su lugar… y se pregunta, ¿cómo es posible de que a pesar de esto y de esto y de aquello, todo funcione, todo acabe siendo maravilloso, perfecto? Y Velázquez pasa de ser «un dios» a ser un simple hombre, pero entonces su grandeza es acaso más grande porque haber llegado a ese nivel de sensibilidad pictórica inaudita siendo sólo un hombre nos ennoblece a todos, nos incumbe a cada uno: un hombre escribió la Ilíada, un hombre caminó por la luna, un hombre pintó Las hilanderas… Lo enriquecedor de este libro no es solo lo que dice Montebello sino también lo que sugiere, lo que incita a pensar por nuestra cuenta.

Cené una vez con él en casa del conservador de pintura Juan José Luna. Fue una cena inolvidable. Al conocer mis trabajos digitales, comentó que las buenas pantallas de ordenador y las imágenes de alta resolución de las pinturas posibilitaban disfrutar del arte en casa, fumando un puro y bebiendo un Jerez, pero que ahí las pinturas nunca alcanzarían la autenticidad que irradia una obra maestra contemplándola en directo. Tenía, una vez más, razón. Ya que soy de esas tierras del sur, de esos viñedos, le pregunté que de qué tipo de Jerez hablaba. Me miro unas interminables centésimas de segundo, seguramente estudiando en lo más profundo de mis pupilas, en las líneas abstractas de mi rostro, en la calidad del tejido de mi chaqueta, en el brillo del cuero de mis zapatos, el nivel de conocimiento en la materia que un tipo como yo podría tener, donde se mezclarían mi condición social, mi talento vitivinícola, mi nivel de tolerancia al alcohol y, no sé, mil cosas más. Y entonces, con la astucia de los que no se permiten el lujo de perder ningún combate dialéctico, me devolvió la pregunta con ese español incorrecto y perfecto que tenía: «Y usted, con ser de aquella tierra como dice, ¿qué Jerez bebería usted?». Yo no tenía ni la más remota idea, claro, pero recordé por obra y gracia del Espíritu Santo que mi padre –que sí que sabe- para esos momentos tranquilos, de cierta intensidad cultural, recomienda una copita de Amontillado del Duque. Se lo solté haciendo literatura y sin citar a mi padre, es decir con mezquindad: bueno, Philippe, yo para estos casos, de siempre, quiero decir de toda la vida, lo que me tomo es una copita de Amontillado del Duque a temperatura ambiente, en uno de esos catavinos típicos de Jerez. Él repitió el nombre del vino lentamente, como esculpiéndolo en el  luminoso mármol de Carrara de su memoria enciclopédica, en su “disco duro” digamos, y zanjó la cuestión de una manera tan maestra y ambigua como Las meninas: «está correcto, elección es buena».

La edición original está editado –muy apropiadamente- por Thames & Hudson. La editorial fue fundada en 1949 por Walter y Eva Neurath, que querían hacer accesible el mundo del arte y la investigación de los mejores académicos. Para reflejar su perspectiva internacional, el nombre de la empresa unía los ríos que fluyen a través de Londres (Gayford) y Nueva York (Montebello), representado en su logotipo por dos delfines que simbolizan la amistad y la inteligencia, uno mirando al este y otro al oeste, lo que sugiere una conexión entre el Viejo Mundo y el Nuevo. En la portada aparecen varios marcos, pero sólo en el de la esquina inferior izquierda se ve el cuadro de Jean-Siméon Chardin, Pipas y vasijas para beber (Museo del Louvre, París). La portada no es tan espectacular como la de Rialp pero quizá represente mejor el fondo y forma del libro: Museo del Louvre de Paris, Nueva York, Londres, un pintor exquisito como Chardin, unas pipas y unos vasos que invitan a sentarse e iniciar una conversación… En cierto sentido, gustándome menos, es mejor portada que la española.   

La portada de Rialp tiene –como un cuadro de Velázquez- ciertos problemas. Que las letras de los autores sean blancas y las del título amarillas, que el fragmento de escultura sea de jaspe amarillo con brillos blancos, y que el nombre de la editorial esté escrito en blanco sobre un fondo amarillo, crea cierta confusión que puede gustar… o no. Creo que bastaría con dejar todo algo más limpio, poner a Gayford como autor (está claro que él ha sido el que ha involucrado al veterano director del Metropolitan –que en varias ocasiones ha manifestado su escaso interés en escribir libros- en el proyecto) y por supuesto cambiar el aburrido título con el que han traducido Rendez-Vous with Art en español: Rendez-Vous es una expresión francesa utilizada frecuentemente en inglés para “quedar”, y creo que esa unión de francés e inglés personifica muy bien la biografía del propio Philippe. Se podría, como si se tratara de un esqueje, trasplantar el trasplante del tronco francés, de la rama inglesa, a las ramitas españolas: Rendez-Vous con Montebello. Tendría su gracia que lo único español del título fuera la preposición “con”. He retocado la portada de Rialp, y he hecho una nueva tomando como base la idea de la edición española, pero escogiendo un fragmento del rostro de Apollo que se conserva, también, en el Metropolitan. Espero que os guste, y que Dios me perdone.

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