Un juego para ganar o morir
11 de enero de 2021
Un juego para ganar o morir

No existen precedentes en el trasvase entre televisión y literatura. Una serie inspirada en una saga de libros… ¡en el que la pantalla acaba adelantando narrativamente al material literario! Bajemos al detalle para descifrar esta aparente contradicción. George R. R. Martin es un reputado escritor de ciencia-ficción y fantasía. En 1996 publicó el primer volumen de Canción de hielo y fuego, una historia épica de dinastías en guerra, dragones amenazantes, tribus salvajes y temibles zombis helados. Un universo bárbaro que podía sintetizarse como un cruce entre la fascinante Tierra Media de Tolkien, la aspereza medieval del Excalibur de John Boorman y la ambigüedad moral de Los Soprano

En 2011, con 5 libros ya publicados, la todopoderosa HBO emitió la primera temporada de Juego de tronos. Se trataba de una serie coral, tempestuosa, con un nivel de producción pocas veces visto en la pequeña pantalla, atrevida, incómoda a ratos por su profusión de sangre y sexo. Como era de esperar, la serie se convirtió en un fenómeno planetario que se prolongó durante ocho temporadas, concluyendo en mayo de 2019. Ha sido el último gran evento de una ficción televisiva cada vez más fragmentada en plataformas y canales. 

Lo más curioso del juego entre literatura y televisión tiene que ver con los tiempos, la fidelidad y la clausura. La serie de la HBO seguía los hechos narrados en los libros, tomándose las licencias que toda adaptación conlleva. Sin embargo, conforme avanzaban las temporadas se agotaba el material literario. Porque la saga de George R. R. Martin seguía y sigue inconclusa: quedan por ver la luz Vientos de invierno y Sueño de primavera, el título provisional de la séptima y última entrega de la odisea literaria. 

Este desfase provocó que la serie tuviera que emanciparse. Las últimas temporadas, a pesar de los contactos de Martin con el equipo creativo, labraron su propio camino ficcional. Y, para más inri, fueron las que peor respaldo crítico tuvieron y, en especial la octava temporada, donde los fans más decepcionados quedaron. 

Esta desilusión abre una vía inédita para los amantes de Invernalia: que George R. R. Martin redima la historia en las dos novelas que aún quedan por publicarse. Porque esa es una de las grandezas de esta época tan vibrante para la creación audiovisual: la retroalimentación entre formatos, el trasvase de públicos y el diálogo potencialmente inacabable entre cine y literatura. La letra impresa fue el germen que cautivó a millones de espectadores que se engancharon a las escaramuzas, traiciones y alianzas de los Lannister, los Stark, los Greyjoy y los Dothraki. Cuando comenzó la serie, por el contrario, fueron muchos quienes hicieron el camino de vuelta y calmaron su ansiedad narrativa descubriendo la prosa torrencial de George R. R. Martin. Ahora toca aplicar una nueva vuelta de tuerca: acudir a las dos últimas novelas, cuando se publiquen, para deleitarse con un final alternativo al que mostró la televisión. Será una bella manera de constatar que en los tiempos actuales el palimpsesto será transmedia… o no será.       

 

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