Un invitado de su majestad
23 de agosto de 2021
Un invitado de su majestad

Diario en prisión (Palabra, 2021) del cardenal Pell (Ballarat, Australia, 1941) no es literatura, pero desde la literatura se entiende muchísimo mejor. Son las puntuales notas diarias que el eminente cardenal tomó en las veinte semanas que pasó en prisión, en una celda de aislamiento, condenado por un delito de pedofilia. Fue exonerado por unanimidad por el Tribunal Supremo de Australia, que detectó «la significativa posibilidad de que una persona inocente hubiese sido condenada con unas pruebas que no establecían la culpabilidad con el grado de prueba requerido».

 

El cardenal recoge en estas notas su rutina menos rutilante, sus lecturas sacras y laicas, las cartas que recibe y el seguimiento (naturalmente ansioso) que hace de su caso jurídico. Para leer bien este diario los hábitos de lectura literaria resultan imprescindibles, sin embargo. Porque también aquí, en estas notas aparentemente caprichosas y casuales, hay muchísimo que leer entre líneas, como si de una sutil novela se tratase o de un ensayo oblicuo. Hasta una coma será vital. Diario en prisión lo escribe un hombre experimentado y prudente, un príncipe de la Iglesia en el ojo de un huracán mediático mundial. Pell sabe de sobra que su libro será leído con lupa, del derecho y del revés. En consecuencia, de todo lo que ha puesto y no ha puesto hemos de deducir una intencionalidad tan sopesada como inteligente. El resultado de esta lectura atenta es fascinante. Sin perjuicio de su delicadeza, hace honor al motto de su escudo cardenalicio: «No tengas miedo».

 

Él mismo nos señala la trascendencia del libro, para que no nos distraigamos demasiado con sus comentarios sobre los partidos de fútbol que ve en la tele: «Sé que las plegarias dichas por mí no serán desperdiciadas en el plan de Dios; y este diario podría formar parte de ese designio» [p. 100] Consigna con cuidado las palabras de un interlocutor que califica de «martirio blanco» su ingreso en prisión. Cuando alguien le dice, al enterarse de que está escribiendo un diario: «Espero que sus escritos sean de ayuda a la Iglesia, ahora y en el futuro», él contesta; «Amén a todo» [p. 448]

 

No hay frase, pues, incluyendo las que comentan el menú de la cárcel o la suciedad del patio de la prisión, que no esté puesta con toda la intención. Si a ratos resulta reincidente o repetitivo, refleja la rutina de la vida en prisión: no quiere que olvidemos que es un preso más. Hay casos más llamativos. Cuenta lo buen sacerdote que es un tan John Corrigan y añade: «Es un misterio que le hayan destinado a un par de parroquias pequeñas en la periferia de su diócesis, tan rural: o tal vez, no» [p. 343]. Ea, ahí queda eso. De alguien destaca, como quien no quiere la cosa, «su compromiso con los imperativos del sentimentalismo progresista». [p. 381] La impuesta unanimidad sobre el cambio climático le preocupa ltanto como para dedicarle largas e informadas entradas al menos en tres ocasiones, a pesar de que no está en las mejores circunstancias. Será por algo.

 

Confía tanto en la atención y en la inteligencia del lector que no le teme al más osado comentario paradójico, como cuando lamenta que en la cárcel «no se escuchan ni maldiciones ni blasfemias, lo que podría ser una muestra más del auge de la irreligiosidad» [p. 435] y comprende que un viejo capellán de prisión echase de menos el «porcentaje desproporcionadamente alto de católicos entre los delincuentes juveniles» que había hace treinta años, y que se ha desplomado. También celebra la observación de otro capellán: un peligroso criminal católico iba a misa, pero no comulgaba nunca. ¿Por qué? «Porque tiene fe». Con esas notas, Pell demuestra que, sobre todas las cosas, le preocupa la progresiva y silenciosa apostasía de Occidente.

 

El libro abunda en elogios dichos como de paso, y que son igualmente significativos. Al cardenal Lustiger, a Ratzinger (también como Benedicto XVI), a De Lubac, a Daniélou, a von Balthasar, a los neocatecumenales («El dedo de Dios está sobre ellos, como sobre el Opus Dei, ya que son capaces de transmitir la fe a sus hijos, además de suscitar numerosas conversiones»). A la película La pasión de Cristo de Mel Gibson y la novela apocalíptica El padre Elías de Michael O’Brien. Etc.

 

Critica el cierre en Melbourne del Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia por la situación financiera de la diócesis «que acaba de gastarse decenas de millones en un nuevo edificio de oficinas» Y remata: «Una de las peores decisiones de la historia de archidiócesis».

 

Estos juicios los he espigado meticulosamente y son la excepción a la regla de una contabilidad de sus días y sus noches muy apegada a la cotidianidad. Incluso incorpora algunas palabras de la jerga carcelaria y siente una enorme curiosidad y caridad por los otros compañeros de las celdas de aislamiento, a los que sólo escucha cuando gritan o gimen. Desgrana su deslumbramiento con Guerra y paz, de Tólstoi, que le hace quedarse despierto hasta muy tarde leyendo. Muestra su afición por la revista The Spectator, cuyos números recibe con alborozo. Da una enorme importancia a las cartas que le llegan de todo tipo de personas, incluso alguna de España.

 

Es muy consciente de la comodidad de la cárcel que padece. Habla irónicamente de sí mismo como de un «invitado de su Majestad», pero su agradecimiento por lo civilizado de su encierro es sincero: «Esta época la cárcel no es ningún picnic, pero palidece frente a otras experiencias». «Los guardias son amables, dicen “gracias” habitualmente, y no sólo a mí, la comida es abundante y nutritiva, el agua de la ducha sale caliente (fundamental) y el inodoro funciona. Me limitan los libros a seis, que es más que suficiente de una vez, y nadie me interrumpe cuando leo, escribo o rezo. Las condiciones son mucho más cómodas que las de mis héroes católicos encarcelados, Fisher, Moro, Kolbe, Van Thuan, etc., y, si Dios quiere, esto será mucho más breve» [p. 243] «Seguro que en el Gulag no había podólogos», agradece. [p. 248] «Estoy sobrellevándolo, puede que mejor que lo esperado, con la ayuda de mi breviario, del rosario, de las muchas cartas, las buenas visitas y los apoyos —y mi televisión y mi tetera—. Dios actúa a través de lo cotidiano».

 

Confiesa incluso sus remordimientos por gritarle a un guarda muy amable: «No seas tan bobo» cuando éste le preguntó si tenía pensado causarse algún daño o suicidarse. Y se alegra de que no le dejen usar las lavadoras porque «no tengo ninguna experiencia como lavandero».

 

A nosotros, sin embargo, no nos da gato por liebre. Nos hemos propuesto leerlo entrelíneas, literariamente, y descubrimos en ese soterrado empeño por mostrarse humano y nada heroico, un indesmayable afán de humildad. No quiere posar de mártir ni poner los ojos en blanco. A veces, logra incluso convencernos un poco, como cuando comparamos la docilidad con la que acepta la prohibición de celebrar la santa Misa, sobre todo teniendo en cuenta que uno de sus modelos más constantes es el cardenal Francis-Xavier Nguyen Van Thuan (Cinco panes y dos peces) que estuvo veinte años encerrado en las terribles cárceles de Vietnam y que se las apañaba para consagrar con una miga de pan y dos gotas de vino escondidas en la palma de su mano. Otros dos diarios de prisión con los que comparar el de Pell son el Diario de la cárcel, del cardenal Wyszynski o el insuperable Diario de la felicidad, de Nicolae Steinhardt. Frente a ellos, nos chocará la pelea diaria del Cardenal Pell con su despertador para levantarse o no a ver la retransmisión de la misa por televisión.

 

No dejemos que el sagaz y honrado Pell nos engañe demasiado, porque su propósito es todo lo contrario. No sólo es un «mártir blanco», sino un católico perseguido 2.0, esto es, una víctima postmoderna, a la que no se perdona en su reputación ni en su libertad su fidelidad a la doctrina y su valentía en defenderla. Por eso, la lectura sutil y cuidadosa de su libro depara sorprendentes matices, además de un retrato ejemplar y completo de un católico de nuestro tiempo, que tiene que hacerse fuerte en lo fundamental mientras que todo lo que le rodea es blando y maleable.

 

Que este día [de ingreso en prisión, esposado, cacheado, amontonado con los demás presos] haya terminado es un alivio en todos los sentidos. Ahora estoy en el apacible centro de la tormenta, mientras mi familia, mis amigos y la Iglesia deben lidiar con el tornado.

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La fidelidad a Cristo y a sus enseñanzas sigue siendo indispensable para que el catolicismo dé frutos y para el renacer religioso. Por eso son tan peligrosas las interpretaciones «aprobadas» de la Amoris Laetitia en Argentina y en Malta.

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No me gustan los escritores, ni siquiera los grandes escritores cristianos como san Juan de la Cruz, que enfatizan el papel esencial y necesarios del sufrimiento para acercarnos a Dios.

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[La cárcel] De momento éste es mi hogar.

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Alguien me dijo una vez que cada sacerdote tiene tres o cuatro o cinco o seis sermones buenos, pero que después tiene que esforzarse cada vez más por no repetirse. Al parecer ocurre lo mismo con los diarios de prisión, y sobre todo con las reflexiones teológicas.

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Durante toda mi vida sacerdotal, exceptuando tal vez mis cuatro últimos años de servicio en Roma, siempre me ha fortalecido e inspirado la hondura de la fe de las personas a las que he atendido.

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Tengo la certeza interior de que en mi batalla legal también hay algo más que una mera sombra del espíritu maligno.

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Yo estoy a favor del temor de Dios […] «el amor perfecto expulsa al temor» (1 Jn 4, 18); nadie puede afirmar que ame con perfección.

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[Recuerdo de cuando llegó a Oxford, un día de verano] No quise ir a nadar porque esperaba que la temperatura subiese. Un gran error, porque aquella fue la jornada de más calor de todo el verano.

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En todas las religiones se ayuna, y las iglesias cristianas orientales lo hacen de forma estricta. Sólo los protestantes progresistas ayunan menos que los católicos. […] Este año, mi cuaresma encarcelado compensará las penitencias demasiado livianas de muchos otros.

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Me irritan las relamidas profesiones de perdón de muchos eclesiásticos. Me parecen demasiado fáciles, hasta insinceras. Puede ser culpa mía.

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Cuando se reduce el catolicismo a una organización de servicios agnóstica, se traiciona la tradición, las conversiones se esfuman y el éxodo se adelanta.

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En el Último Día Dios no será incluyente, sino que separará las ovejas de los cabritos.

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[Ejerció de capellán católico en Eton. Lo que cuenta podría muy bien haber salido de una novela de Evelyn Waugh] Recuerdo una clase sobre el hijo pródigo, en la que todos los asistentes dieron un respaldo retumbante al mayor. […] Al menos a algunos de ellos tendrían que haberles aconsejado que se pusiesen de parte del menor. […] Un estudiante le dijo a un profesor que yo habría cumplido un buen papel en las colonias. […] Otro alumno me dijo que el problema con el nuevo director es que aún no se había dado cuenta de que ya no estaba en un colegio de segunda. […] Uno de los superiores [una noche, después de la cena] lamentó no saber para qué estaba preparando a los muchachos, ahora que el Imperio Británico había caído.

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Una de las claves para sobrevivir en la cárcel, y especialmente en aislamiento, es concentrarse en lo que uno puede hacer, en lugar de lamentar lo que no. [Diría que este consejo es muy útil también para la vida en libertad.]

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[Termina cada día con una oración propia o ajena. Ésta es de James McAuley]  Arrebátanos el corazón cobarde, la voluntad esquiva, la mente indecisa.

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Hoy por hoy, apenas veo diferencias entre los programas de los partidos políticos. […] Como en todas partes, los principales desafíos tienen que ver con la pérdida de influencia del cristianismo.

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Un preso con una larga condena que se queja porque lleva años sin ver las estrellas, y otro se entusiasmó cuando le trasladaron a otra prisión, donde pudo ver la hierba, caminar sobre ella, y tocarla.

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En lo doméstico, he pedido permiso para barrer mi pequeña celda, y me han dado una fregona y un cubo, además del recogedor y la escoba. […] Me lavo los calcetines en la bañera.

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Uno de los consuelos entre las turbulencias locales es la sólida espiritualidad y la ortodoxia teológica de muchos sacerdotes jóvenes, a diferencia de lo que ocurrió tras el concilio en los sesenta y los setenta.

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Tras más de cinco semanas en la celda 11, me he dado cuenta de que un inquilino anterior había grabado la palabra «hogar» en la pintura blanca que rodea la ventana enrejada y opaca.

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[Termina cada día con una oración propia o ajena. Ésta es suya] Dios Padre, en este momento me has bendecido con muchas horas diarias de silencio. Ayúdame a aprovecharlas.

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Hace años […] se nos acercó [tras una ceremonia que estuvo precedida por un ritual aborigen con fuego, reverente y apropiado] una anciana indígena. Coincidió con nosotros en que la Misa había sido muy bonita, y también la ceremonia. Pero añadió: «No hay quien supere a esos antiguos himnos en latín» y se adentró en la oscuridad cantando el «Tantum ergo».

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Durante años, la colonia de Nueva Gales del Sur carecía de iglesia, un hecho que escandalizó a los marinos españoles que llegaron por el Pacífico desde Lima en 1794.

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Recuerdo vivamente a una madre de familia joven, que vino a verme después de que predicase sobre este tema [el de volvernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos], para afirmar con rotundidad que, si el paraíso estaba lleno de niños pequeños, entonces ella no quería ir.

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Una señora afirma que «cuando nos llamó ovejas, Nuestro Señor no estaba siendo amable, sino brutalmente preciso».

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El patriotismo, el amor al país y la disposición a servirle y a hacer sacrificios no son el refugio de los canallas. Lo es el nacionalismo despreciable, utilizado con frecuencia por dirigentes poco escrupulosos para desviar la atención.

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Cuando los insípidos guían a los insípidos, surge un catolicismo contraceptivo.

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No me extraña que para pintar los iconos de la tradición oriental se exija ayunar y rezar mientras se trabaja.

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[Le cuentan que una chica contrajo gripe y ofreció sus sufrimientos por él, pero empeoró con una neumonía y se rompió una costilla de tanto toser. Cambió su oración:] «Señor mío, me conformo con sufrir por Pell, pero… dile a alguien más que rece».

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Creo que las empanadillas que ponen a veces en la comida del domingo, con tomate, son la mejor comida de aquí. Un extra añadido —y poco frecuente— es que hoy estaban tibias; no calientes, pero es que la comida templada ya es algo especial. Deo gratias.

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Los campus universitarios son hoy un campo de batalla crucial.

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En la cantina no había chocolate Cadbury, así que se impone una ligera mortificación involuntaria mientras reponen las existencias.

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En este declive, los jesuitas están en cabeza. […] Sin embargo, la renovación siempre es posible, especialmente en una tradición tan válida como la de Ignacio. Si hay un número suficiente de seminaristas que sobrevivan a su proceso de formación, entonces Dios les bendecirá y recompensará con una mayor vitalidad evangélica para que se multipliquen.

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Sigue sin haber chocolate, así que la mortificación no cesa.

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[Santos Tomás Moro y Juan Fischer] Fueron hombres de valor, algo infrecuente en cualquier época. Se quedaron prácticamente solos entre sus iguales.

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[Sorprendido por el escándalo nacional porque un jugador de fútbol había hablado del infierno] Las personas que están seguras de sus opiniones no se preocupan demasiado por los que expresan unas distintas u opuestas, especialmente si las consideran absurdas.

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Defiendo la tradición milenaria de que los papas no renuncien, sino que lo sean hasta su muerte

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La prisión ha sido beneficiosa para mi salud.

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