Papel, familia, revolución
19 de julio de 2021
Papel, familia, revolución

El yugoslavo Bora Ćosić (Zagreb, 1932) se marcó en 2002 con El papel de mi familia en la revolución mundial (Minúscula, 2009) una novelita enorme. Te ríes mucho, aunque entre carcajada y carcajada es un carcaj lleno de flechas contra la revolución comunista y las crisis del siglo XX.

 

Funciona como una excelente lectura de verano porque el libro se ceba con la convivencia estrecha de la familia en pisos pequeñísimos que, salvando las distancias, pueden recordarnos a los hacinados apartamentos de playa, y con el roce con inesperados amigos, conocidos, saludados y desconocidos que entran y salen como en un camarote de los hermanos Marx. Del áspero trato entre familiares políticos se saca una enorme vis comica. El libro tiene un aire a Léxico familiar de Natalia Ginzburg, entreverado con Mi familia y otros animales, de G. Durrell; y cruzado con El diario de la felicidad de Steinhardt de fondo, porque todo pasa bajo la guerra mundial, al principio, y enseguida bajo una dictadura comunista que se implanta a pasos (de oca) agigantados.

 

La novela es muy breve porque Bora Cosic es muy grande. Cualquier otro hubiese escrito un tomazo con esta historia; pero aquí la técnica del iceberg está a la vista. Nos ofrece un 10%, pero adivinamos la gravitación del 90% que queda por debajo. Hay una sabia mezcla de descaro y de pudor en las cosas que cuenta. Es su método. Las anécdotas más sexuales son, obviamente, el ejemplo mejor de esto, como las conquistas del tío o la difícil iniciación del niño-narrador, todo contado con una brutalidad delicada.

 

Esa magistral dosificación resulta especialmente significativa en el pecado original de la familia Ćosić, que nunca se reconoce explícitamente. Son sus orígenes, quizá de la baja nobleza, con propiedades y viñas, y con muchos popes en la familia. Eso genera la desconfianza y la hostilidad de vecinos y autoridades. Esa realidad ni se cuenta ni, mucho menos, se ostenta: se va dejando caer con enorme belleza: en una vaga nostalgia por el pasado, en el amor con el que conservan ciertas fotos, en una actitud vital refractaria a la integración y en algún comentario suelto de algún policía. Y, sobre todo, en una intangible dignidad estrafalaria en medio de tanta miseria normalizada. A una vecina que les había denunciado por envidia, cuando les pide perdón la acogen y «las tías le enseñaron a hacer ganchillo, a hablar francés y a no mentir». Obsérvese qué tres cosas más reaccionarias; y ya no se dice más.

 

El libro hace una defensa explícita de la familia a pesar de los pesares; un canto a la libertad contra las circunstancias más adversas y un nervio moral inalterable dentro de un ataque de nervios continúo. Nos llena de esperanza (y risas) que no sea una familia perfecta, ni mucho menos. El anónimo que les insultó los retrató bien: «En la lista de vecinos del inmueble alguien escribió “mujeriego” tras el nombre del tío, tras del de papá “borracho”, tras el mío “imbécil”. Detrás del de mi madre no escribieron nada; ella se quejó: “Pobre de mí”. Las tías se preguntaban: “¿Por qué nos odian?” El abuelo consideró: “Porque nos entendemos bien”. El tío no estuvo de acuerdo: “Sí, hombre, justamente eso”».

 

El estilo es puntillista, oral y objetivista. Ćosić acumula recuerdos, más que nada de conversaciones, sin apenas contexto, sin ninguna reflexión añadida, sin hilo casi. Pero uno da dos pasos atrás y ahí tiene un cuadro exacto y colorido del papel de una familia, sí, en la revolución, ay, mundial.

 

 

Mamá dijo: «Sólo querría saber el día y la hora de mi muerte, después me quedaría completamente tranquila». Mi tío le replicó: «Si le tienes miedo a un gusano en una manzana, ¡cómo no te va a dar miedo eso!».

 

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Papá decía a menudo: «Mamá es una santa», pero de una manera un tanto burlona.

 

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Yo anuncié: «Me gustaría saber japonés». Mamá contestó: «¡Y que te dé una conmoción cerebral!»

 

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El abuelo concluyó: «El progreso actual de la ciencia es envidiable, aunque absolutamente erróneo».

 

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La portera preguntó: «¿Ustedes declaran ese trabajo o no?» Papá dijo: «¡No!», y la echó a la calle. A partir de entonces la portera empezó a decir: «Buenos días, señor Ćosić, ¿cómo está usted?»

 

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El tío examinó los cupones pegados y afirmó: «Es muy fácil lograr que esto parezca auténtico». El abuelo lo regañó: «Lo que nos faltaba». Mamá se afligió: «¡Maldita penuria!» El tío replicó: «¿Y quién tiene la culpa de que no seáis señores?» El abuelo protestó: «¡Ya no hay señores, para que lo sepas!» El tío objetó: «¿Y qué crees que hacen esos señoritos con sombrero en la cabeza y bastón en la mano?» El abuelo respondió: «Son policías que espían todo». Mamá quiso saber: «¿Y de dónde sacan los policías la elegancia y todos esos adornos?» Yo me interesé: «¿Dónde viven los señores?» Mamá me interrumpió: «Mejor no preguntes, que te vas a desilusionar». Yo contesté: «Pues ese que decías que era un señor es un profesor de dibujo con las mangas raídas». Mamá me dijo dulcemente: «¡Tú no puedes entenderlo!»

 

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El tío tenía el libro Cómo se comporta un caballero con fotos y subrayado en muchos lugares.

 

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El tío concluyó: «El hombre es un animal que huele mal, y eso no tiene remedio». Las tías empezaron a llorar calladamente y después dijeron: «Quién lo habría imaginado al ver la fotografía de Ronald Colman o de Johny Weismüller nadando». Mamá sentenció: «Todo es cuestión de mantenimiento».

 

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Mamá me amenazó: «A ver si te vas a llevar un sopapo aunque me dé pena».

 

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El abuelo gritó: «Nos volveremos locos y eso nos salvará». Mamá añadió: «Yo ya estoy loca, y por eso soy feliz, como en las novelas».

 

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El teniente Vaculic nos preguntó: «¿Por qué no vais a donar sangre, que ahora hace tantísima falta?» […] Papá se levantó de inmediato y anunció: «Allá voy». El abuelo le advirtió: «¡Quieto, que alcohol no les hace falta!»

 

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El abuelo se dio cuenta de que subrayaba alguna cosa, se acercó y me preguntó: «¿Otra poesía estúpida?» Yo respondí: «No, escribo cosas de mi mejor amigo, lo que piensa él sobre diversas cuestiones». El abuelo quiso saber: «¿Y a quién le importa eso?» Yo respondí: «A Simo Tepcija, el secretario». El abuelo empezó a dar vueltas por la cocina, luego dio un puñetazo en el marco de la puerta y todo tembló: «¿No te da vergüenza hacerle eso a tu mejor amigo?» Arranqué la hoja entera en la que hablaba de Voja Blosa y la llevé a la bolsa del retrete.

 

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Mi tío añadió: «He oído que en Rusia todo el mundo escribe poesía, pero a algunos de ellos después los matan». Mamá me abrazó con fuerza y exclamó: «¡Dios nos guarde, mejor que seas cerrajero!»

 

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Papá retomó el tema: «Hay cosas que se fabrican y no se notan nada, por ejemplo la propaganda”. Todos enmudecieron, solo el abuelo dijo: “¡Y no digamos la borrachera!”».

 

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La vida en familia se parecía a una película, emocionante, insólita, a veces muy aburrida.

 

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«Vida», una palabra muchas veces usada y pocas comprendida.

 

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Éramos una familia. En el seno de nuestra familia se llevaban a cabo toda una serie de actividades humanas, oficios, trabajos de interés general; sin embargo, en nuestro caso las más importantes eran las tareas de padre, de madre y en general las tareas relacionadas con la familia. […] Al fin y al cabo, sigo pensando que la vida en familia es una profesión, aunque se tome a broma. Y sea como fuere, nosotros seguíamos convencido de que participábamos en un trabajo muy importante al construir una nueva sociedad de forma interna, casera, en la cocina.

 

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