Mise en abyme
3 de mayo de 2021
Mise en abyme

Me he pasado cinco o seis días abismado en Silverstream, viviendo en Inglaterra en los años treinta del siglo pasado, casi completamente ajeno incluso a las elecciones madrileñas. La culpa la tienen, por un lado, Marisa de Toro, prescriptora perspicaz que levantó la perdiz en Leer por leer, y Dorothy Emily Stevenson (Edimburgo, 1892) que se marcó esta maravilla de novela en 1934, tan british como cervantina, monta tanto, tanto monta.

 

Tan embebido estuve que ahora me veo abocado sin remedio a dedicarle un barbero innecesario. Es un trasquilón. Primero, porque el libro ya lo ha aconsejado Marisa de Toro con muchísimo tino. Por cierto, cuando uno regresa a su reseña después de haber leído el libro descubre con qué finura escribió su texto, sin un spoiler, pero sin dejar de apuntar nada esencial. Y segundo, porque he visto que la edición española va por la novena edición. Me temo que he descubierto, con la excitación de un Núñez de Balboa, un Mediterráneo.

 

En mi descargo, el libro lo tenía todo para absorberme. Uno, su defensa numantina de la vida en un pueblo donde nada pasa, salvo la vida que pasa. Dos, la regocijante descripción de un matrimonio feliz, esa rareza literaria, tal y como son los Walker. La importancia que D. E. Stevenson, como británica, da al dinero, en la mejor tradición de esa literatura tan crematística, pero, tres, a la vez esa justa guasa janeaustiniana con el vil metal. Cuarto, los múltiples juegos de espejo, multiplicados en una vertiginosa y jocosa mise en abyme. La novela va de una novela que a la vez escribe la novela que leemos sobre la marcha.

 

Quinto, más espejos: la obra era doblemente divertida a medida que los personajes se sentían reflejados en ella, casi siempre para su profundo disgusto, que nos regocijaba aun más.  Sexto, como nadie creía que Miss Buncle pudiese ser la autora del libro se crea otro juego de espejos, esta vez deformantes: ella dice una verdad que nadie cree. Ésa es a menudo la suerte (en los dos sentidos) del novelista. En séptimo lugar, hay una defensa de la realidad muy brillante, muy brillante por opacada: los personajes a menudo imitan a sus trasuntos literarios, aunque sin el resplandor de la ficción, pero no importa porque tienen, para compensar, la densidad de la realidad verdadera, que es mejor, a fin de cuentas. Oh, ocho, qué dulce ironía que los que más odian el libro resulten sus más activos agentes publicitarios, como suele pasar. En resumen, nueve, el lector tiene aseguradas un buen número de carcajadas quijotescas, irónicas y benevolentes, precisas y ambiguas en su justa medida. Sobre este libro se podría escribir un sesudo ensayo sobre metaliteratura, que resultaría además divertidísimo.

 

Por último, mi diez, es la ironía final que la autora se gasta a sí misma. Todos los personajes han ido encajando en el papel que la novelista les había asignado en el libro, pero la historia de amor más chula de Silverstream se le escapa. No la ve venir. Lo que no deja de ser una deliciosa advertencia contra la literaturización de la vida, que siempre es más.

 

El barbero, trasquilón aparte y con traducciones suyas, se lo ha pasado de maravilla:

 

Se deducirá de lo leído que Mr. Abbot era soltero, porque ¿qué esposa hubiese permitido a su marido sentarse hasta altas horas durante dos noches consecutivas leyendo el manuscrito de una novela? Ninguna.

*

 

La máxima de Johnson según la cual sólo un burro escribiría nada excepto por dinero era tan verdad hoy como lo ha sido siempre y siempre lo será, pero qué pocos autores reconocían ese particular con tanta sencillez.

*

 

[Mientras Miss Buncle escribía:] Empecé a mirar a la gente con ojos distintos y todos ellos parecían más interesantes.

*

 

Muy pocos de nosotros tenemos la necesaria generosidad para oír con alegría la glosa de los talentos ajenos o para escuchar con paciencia todos los éxitos de quienes despreciamos. Vivian lo odiaba incluso más que la mayoría de la gente.

*

Es delicioso bromear con alguien que lo entiende.

*

 

No creo que él sea feliz siendo tan horrible. Nadie lo es.

*

Muy curiosamente, las alabanzas eran casi tan inquietantes como las críticas. [Para Miss Buncle, como para todos. Obsérvese la sabiduría del «casi»]

*

Si te niegas a ver la maldad de un asesino, ¿eso le redime? Muy dudoso.

*

[Tras terminar su segundo libro] Tengo sueño. Y me siento vacía del todo y en paz. Sospecho que la gente se sentirá exactamente así después de tener un hijo. [Teniendo en cuenta que D. E. Stevenson tuvo cuatro hijos, es de suponer que la sospecha de Miss Buncle tenía sólidos fundamentos].

*

 

Era difícil no mirarla y, cuando la miraba, no podía pensar en nada más que en lo guapa que era. [Ernest a Sally, pero el lector también venía notando que él le pasaba exactamente eso]

*

 

[Cuando, incluso aunque lo confiesa no creen que es la autora] Barbara [Miss Buncle] estaba dolida, y divertida, e intensamente aliviada, y tremendamente molesta al mismo tiempo.

 

 

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