La media verónica de Benítez Toledano
12 de julio de 2021
La media verónica de Benítez Toledano

Libros Canto y Cuento ofrece una cuidada antología de la obra del poeta jerezano Rafael Benítez Toledano (1961) titulada La propiedad privada. [Como compruebo ahora que sólo se puede conseguir en el catálogo de la editorial y por si tienen ustedes la buena costumbre de comprar libros en Leer por leer, les remito a Dignos del barro, de Jesús Cotta, que es un libro que  también se merecería un barbero por todo lo alto.]

 

Si me paro aquí en La propiedad privada es porque es la antología de toda una vida dedicada en cuerpo y alma a la poesía. Desde fuera, uno no se imaginaba que a Rafael Benítez Toledano iba a salirle un libro tan unitario. El personaje parecía poderle a su obra y la diversidad de tonos que ha practicado aparentaba densidades de selva. En su prólogo, Felipe Benítez Reyes advierte muy sabiamente del peligro: «Rafael es un poeta de tonos muy variados, porque muy traída y llevada ha sido su biografía. Del registro simbolista de Antonio Machado pasa al registro canalla de Manuel Machado. De la poesía popular pega un giro al epitafio bromista. Canta a sus novias y canta las bodegas de su pueblo. Reflexiona ante un paisaje o medita ante una copa de vino. Nos habla de sus viajes por el mundo o de sus viajes alrededor de los territorios brumosos del recuerdo. Puede ser elegíaco y celebratorio. Evoca su niñez y evoca a sus difuntos. Y así. Lo suyo viene a ser, como quien dice, el poliedro».

 

La antología ha salido, sin embargo, con una gran unidad, y si digo que es un libro estupendo, quisiera subrayar, junto a su calidad, su unidad, esto es, tanto el «estupendo» como el «un». Suma a sus variadas virtudes la emoción épica de un peligro muy grande vencido de todas todas. El poliedro se levanta como una persona de una pieza.

 

Además de una selección muy exigente, la clave es la autenticidad insobornable que el poeta ha paseado en cada una de sus facetas. En el epílogo, Pedro Sevilla la señala para su etapa de poeta de la experiencia, pero vale, igualmente, para el resto: «Los demás, o por lo menos yo, éramos bebedores apócrifos, trasnochadores de mesa camilla, borrachos literarios que se inventaban amores de barra y delirium tremens de zarzaparrilla. Rafael no. Rafael vivía y bebía aquello. Y con un poso de melancolía, de vasos sucios, de ceniceros llenos de humo y nada».

 

Lo mismo pasa con los poemas en prosa, pictóricos, que son verdad vivida, y ni siquiera por el cambio formal desentonan del conjunto. Vuelve a desconcertarnos y a concertarnos con un gran tono menor, heredero del mejor postmodernismo tardío y sentimental de un Fernando Fortún: «Es Carmona esta casa de algún pariente rico,/ este aroma de primos con apellido noble/ que en su día tuvieron trato con forajidos».

 

Un tercer factor se añade a la milagrosa consecución de la unidad del libro. Junto a la autenticidad y la selección, una técnica literaria muy afinada. Véase: «Por fin voy a escribir el verso exacto/ sobre el vuelo fugaz de una paloma/ abatida». El encabalgamiento abrupto de ese tercer verso cumple la exigencia de Pla: «Tema literario: dibujar en una línea y media, el vuelo de un pájaro». Es sólo un ejemplo entre muchos.

 

Si aplicamos a Benítez Toledano el método Léon Bloy de critica literaria, consistente en detectar cuál es la palabra que más utiliza un autor e identificar su espíritu por ella, veremos que la clave de su alma  es el paseo. El poeta no para. «Pasear es la sola voluntad que me queda», confiesa. Y ese ir y venir de poemas de Cádiz a Sevilla y vuelta es muy significativo: ambas ciudades marcan lo que para un jerezano son los límites naturales de sus paseos. Más allá entramos en los dominios del viaje y el exotismo. Y él sigue andando: «Carmona es esta luz que es casi una vereda». Hay poemas enteros dedicados al asunto: «Paseo de noviembre», que está escrito con un ritmo de caminata hedónica. Y el «Epitafio caminante», donde remata: «el campo todo en su mirada había». De Willy Rebuelta explica: «que del paseo con perro hizo un oficio». Benítez Toledano ha hecho un oficio del paseo con verso.

 

Este espíritu redunda en la unidad del libro a pesar de tantos temas y tonos, porque el poeta se pasea por ellos, conforme a su vocación inquebrantable. Y en el fondo hay, además, un anhelo o una nostalgia o ambas juntas de propiedad, de asentamiento, de raíces. Lo reconoce estremecidamente en el epitafio que preventivamente se escribe:

 

Reposa aquí Benítez Toledano.

Por fin descansan deudores y deudos;

al fin dispone de su propio feudo

quien fue una triste sombre de Cyrano.

 

 

De sí mismo dice también que «escribió un par de versos memorables». ¡Y que lo diga! En realidad, muchos más de dos. Veamos:

 

 

con las copas helándonos las manos

 

*

 

Un destructor de humo/ vaga por la bahía.[La de Cádiz, claro, con niebla.]

 

*

 

[La Habana] Parecía el paraíso/ después de un bombardeo.

 

*

 

Distante como sólo puede serlo/ una misma ciudad pasado el tiempo. [poema “Sevilla, 1985]

 

*

 

Memoria es esta llama que en mayo me consume. [«Sevilla, 1989»]

 

*

 

Yo me imagino ahora que la vida que llevo/ es una de esas vidas que he leído en los libros.

 

*

 

… he pedido/ destino al Foreign Office/ … / que mi nueva misión es el olvido

 

*

 

Vengo de estar cansado de cansarme.

 

*

 

Ya no existen azules, atardece.

 

*

 

Por qué playas, amor, paseas ahora,/ dorando qué deseo indiferente/ con la curva cambiante de una ola.

 

*

 

de noches arruinadas por no verte.

 

*

 

Desierto y derrotado como estoy,/ vuelvo a la fonda a recoger mi alma./ No es lugar para lánguidos. Me voy.

 

* * *

 

A los libros de poemas da más lástima barberizarlos que a los ensayos, porque el poema pide plenitud. Así, qué pena sería recortar «Fernando en el espigón». Aunque esta vez no hace falta, porque es el poema que inspira el estupendo cuadro de José Basto que ilustra la cubierta del volumen y que ilustra a su vez esta entrada. En la pintura queda intacta el alma del poema y del poeta.

 

Otra cosa es el poema «Feliz cumpleaños» que con un pudor y una emoción inigualables retrata la infancia de un niño sin madre. El poema lo deja casi todo entrelíneas y quizá pueda parecer al amable lector que me excedo revelando los datos extrapoéticos que tengo. Yo creo que no, porque, como dice magistralmente Pedro Sevilla: «Leer versos es remover la tierra de donde ha brotado un endecasílabo». El poema deja entender lo necesario, y, además, están otros poemas y el paratexto de la dedicatoria del libro: «A la memoria de mi madre, Pilar Toledano Soto, que nos dejó tan solos». El poema es inolvidable:

 

FELIZ CUMPLEAÑOS

 

Un trozo de franela, una montera nueva

y un toro de cartón, regalos de mi padre,

un brasero encendido.

Entre ropa lavada y los aplausos

de nuestra costurera

se encontraba la gloria:

media verónica en el cuarto de la plancha.

 

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