Charles Dickens: Contra el minimalismo
UNO DE LOS NUESTROS
1 de febrero de 2021
Charles Dickens: Contra el minimalismo

Comentábamos en otro artículo la cualidad acogedora, doméstica, de nido cálido y refugio, que caracteriza al castillo de Hogwarts. El recuerdo que llevamos enterrado como un tesoro en la tierra ingrata de nuestro corazón adulto, pero que nunca desaparece, es un hogar que nos acoge. Esta cualidad se siente también, de manera a menudo dolorosa –por oposición: en las despedidas–, en toda la obra de Tolkien, como también decíamos ayer. Leemos en El Hobbit: “Escondido en algún lugar frente a nosotros está el bello valle de Rivendel donde vive Elrond en la última casa acogedora. […] Su casa era perfecta, sea que a uno le gustase comer, dormir, trabajar, contar cuentos, cantar o simplemente sentarse y pensar mejor, o una agradable mezcla de todo esto. Las cosas malas no llegaban a aquel valle”. No todos leemos los libros de la misma manera. Mucha gente da por supuesto que, al leer una descripción de un lugar, de un interior, de una persona, todos se imaginan con exactitud la escena o el personaje. De hecho, es común escuchar, ante una adaptación cinematográfica, “es que no me lo imaginaba así”. Tardé años en darme cuenta de que, tal vez por la velocidad de mi lectura, o por impaciencia, yo no imaginaba al detalle nada; me quedaba con la impresión general, la sensación, y mi imaginación visual tiraba de referencias muy básicas y repetidas para seguir adelante con la página. Así, Hobbiton, el hogar de Bilbo y luego de Frodo, era más o menos el salón de casa de mi abuela Socorro. Sin puertas ni ventanas redondas, sin chimenea. Y Gandalf era el arquetipo de sabio anciano, pero ni Ian McKellen me decepcionó después, ni lo hubiera hecho Sean Connery si hubiera aceptado el papel. Dicho esto, las imágenes que me sugería el texto citado más arriba (“la última casa acogedora” que es Rivendel) son fundamentales para el propósito de este artículo. Mi mente veía oscuridad, colores marrones y brochazos negros, como de habitación en que hay un fuego que se va volviendo brasas; sillones orejeros altos y mullidos, también oscuros; pasillos insondables, y muchos muebles, recovecos, galerías, sombras. Un escenario calentito, oscuro, donde dormitar, lleno de objetos variopintos por las estanterías. Más o menos como sería Hogwarts, años después. Nada que ver con esas frías, blanquecinas y abiertas galerías de trazado y remates élficos diseñadas por Alan Lee, que vemos en La Comunidad del Anillo. Mi mente identificaba lo acogedor con lo abigarrado, oscuro, lleno de cosas. Y lo abierto, o diáfano (adjetivo favorito de los decoradores), con algo frío y falto de corazón. El hogar es un sitio lleno de cosas, y un espacio cerrado. No una sala blanca como en el vídeo de Imagine (esa horrible canción que describe el infierno), con un piano blanco en un extremo. Considero que hay aquí mucha más tela que cortar de la que parece, pues es una lucha entre dos extremos, y este conflicto se manifiesta también en el gusto artístico, y literario, que es el que nos ocupa.

 

Menos no es más

Todo esto, por los curiosos despeñaderos de mi pensamiento, me llevará a Dickens. Aunque me temo que no por un camino recto. Hablemos de Netflix. Hay ahora en su catálogo un documental titulado The Minimalists en que dos señores hacen apología de lo que ellos llaman “Less is now”, un movimiento de reflexión sobre las posesiones materiales, y sobre “ser más feliz con menos”. Nos cuentan, al eficaz estilo usamericano, su testimonio biográfico de cómo tenían el ansia consumista de acumular cosas caras, y no eran felices. Un día descubren que quieren dar un golpe de timón a sus vidas, y empiezan a deshacerse de casi todo. Se preguntan, ante una tostadora o unos pantalones, “esto ¿me hace falta?” e incluso “¿me hace feliz?”, y así van quedándose con muy poco. Diez años, un blog, un libro, este documental, y varios millones de dolares ganados después (que gastarán ¿en qué?), tienen una legión de seguidores en las redes sociales, lo cual significa que en la sociedad hay una necesidad de simplificación, de poseer menos, y de orientar los deseos hacia otro lado. Por supuesto este ansia se da en los países desarrollados, donde hay hartazgo por opulencia, no en los países pobres. Es el típico “problema del primer mundo”. Porque el pobre – aquí ya nos acercamos a Dickens– si algo quiere es tener cosas. Y una casa donde meterlas, y vivir rodeado de ellas.

 

La herejía albigense

La tentación del minimalismo, o el “impulso de poda”, es universal. Todos hemos sentido el hartazgo de tener que cuidar, limpiar, preocuparnos por los bienes que poseemos, y hemos añorado una simplicidad desnuda. Pongámonos estupendos por un momento. En teología, podríamos remontarnos a los cátaros y la herejía albigense con su “pureza”, pero la sustancia deriva de Platón en la vieja dicotomía entre lo espiritual y lo carnal, siendo esto último el mal que hay que rechazar. Ya el tomismo, aristotélico, endereza mucho esta dicotomía, puesto que si Dios se hizo hombre, se encarnó, nuestro cuerpo y todo el mundo material ha quedado santificado, o elevado a una condición divina. Por tanto, para el Cristianismo nada humano es ajeno. Tampoco el deseo de tener cosas, puesto que Cristo apela a ese deseo oculto en cada uno, esa sed que nada sacia (véase la conversación en el pozo de Sicar), y no pretende que lo ignoremos, sino que partamos de él. El budismo, por contra, identifica la felicidad con la extinción del deseo, siendo el Nirvana el grado supremo, y por mecanismos como la repetición de mantras o la observación de mandalas para vaciar la mente, etc, se llegaría a estar “en blanco” (como las paredes de nuestros queridos y millonarios minimalistas de Netflix, o el piano de John Lennon). Se objetará que hay un gran parecido entre el pardo monje cristiano en su celda y el anaranjado tibetano en su montaña; pero el parecido es superficial: uno se niega al mundo por mor de una posesión final, que es Dios. Y, en Dios, todas las cosas. El otro desea no desear nada al final. Es exactamente lo contrario. Así que, si nos da un arrebato al ver el documental de Netflix y nos ponemos a tirar cosas, no estará mal; siempre sobran bicis estáticas, llaveros de recuerdo de una boda, libros de autoayuda o de poetas malos, ceniceros de un viaje a Cuenca… Pero no olvidemos que lo humano es poseer, sentir afecto, crear lazos, y aquí sí que volvemos a Dickens.

 

Carne, cerveza, y cosas bonitas

 

En Dickens, como vio Chesterton a la perfección, encontramos el amor al ser humano tal y como es, no como querríamos en nuestras utopías o moralinas o proyectos políticos. Los personajes de Dickens, que salen del hoyo con mucho esfuerzo y buen humor, y tienen amigos, y perros, y les gusta la carne y la cerveza, nos dan la imagen del hombre común, no contaminado por ideologías o seducido por gustos decadentes. Aún no pueden decaer, de hecho, porque todavía no han ascendido. Están en la batalla por prosperar, y en ella no entenderían que alguien viniera predicándoles la desposesión o el desapego. Sus personajes hablan mucho, son cómicos, son graves, son irrisorios, son solemnes.

 

 

La taberna errante
G. K. Chesterton

 

Como la humanidad. La verdadera democracia se fundamentaría en establecer como base de la convivencia ese terreno común del hombre ordinario, que desea las cosas comunes de los humanos. En la canción sobre Mr. Mandragon, cantada por los protagonistas de la novela de Chesterton The Flying Inn, encontramos el retrato de ese pulcro y atareado hombre moderno que no tiene tiempo ni atención para tomar vino, o para tomar esposa.  Y cuyo mismo funeral es soso, aburrido, sin pena ni gloria. Este contraste entre lo que el hombre común desea y lo que se pierde el hombre “moderno” lo presenta Dickens en muchos de sus personajes, siendo la dicotomía Scrooge-Bob Cratchit la más extrema de todas. Como es un “Cuento” de Navidad», se carga un poco de moraleja, y de exageración, pero el mensaje es claro: el pobre con amor es mucho más rico que el rico solitario y amargado. También podría decirse: lo mejor es ser rico con amor. Y es cierto, aunque sin perder nunca de vista al camello y el ojo de la aguja. Ebenezer Scrooge, como avaro, es el minimalista total: no quiere gastar en lo superfluo, y todo lo considera superfluo, hasta el carbón para calentar un poco la tinta con la que escribe su empleado. Pero no disfruta siquiera con su vacío. Es la privación voluntaria vuelta sobre sí misma. El monje budista sin sonrisa.

 

 

Cuentos de navidad
Charles Dickens

 

(Escucha aquí el cancionero traducido de la taberna errante)

 

 

Orfandad y barroquismo

 

Es curioso el paralelismo entre Harry Potter y David Copperfield u Oliver Twist: los tres son huérfanos a los que una serie de golpes de suerte, diríamos providentes, los sacan del arroyo; (también Frodo es huérfano, aunque no pobre). Dickens no fue huérfano, pero sufrió privaciones por el encarcelamiento de su padre en una prisión de deudores. Y, como muchos de sus personajes, su situación mejoró cuando el padre recibió de golpe una considerable suma en una herencia. Lo hicieron trabajar en una fábrica, incluso después de recibirse la herencia, y más adelante comenzaría a trabajar en un bufete, luego como taquígrafo judicial, como cronista parlamentario, de ese periodismo a la literatura, y el resto es historia. Es un ejemplo perfecto de self-made man, y no creo que, tras tantas penurias y esfuerzos, el hombre que al fin tiene una casa grande que habitar con su familia, dijera: “¿sabéis qué? vamos a tener pocas cosas, porque no dan la felicidad”. Por el contrario, querría vino, chimenea bellamente labrada, carnes jugosas y ricos ropajes, como ambiciona el común de los mortales mientras se parte el lomo en su trabajo. Dickens sabía lo que era vaciar la casa de objetos, no por voluntad propia, sino por orden judicial, y verse en la calle con una mano delante y otra detrás. Y con la de delante, escribió toda su obra, que es un canto al hombre común y su capacidad de prosperar, a pesar de las dificultades. Y, lo más importante de todo, sobre su capacidad de disfrutar de todas las cosas que la vida le va dando, ya sea por su esfuerzo o por regalo. Esta sí es una moraleja que nos vendría bien, aunque nos dé ahora por tirar cosas a la basura, o venderlas por Wallapop, y sentirnos más libres después de ver un documental en Netflix. Volvamos a lo esencial, sí. Y lo esencial es el hombre común que cantó Whitman, el que Dickens hizo salir de sus penurias, el que quiere colocar las fotos de sus hijos y nietos en la repisa de la chimenea, y crear un nido con todos sus elementos, aunque a veces el cuadro esté un poco sobrecargado, como sucede en el Barroco. Recordemos que el Barroco surge por oposición a la Reforma, que fue iconoclasta en gran medida, y quiso eliminar el culto a los Santos y por lo tanto las imágenes, que son objetos tridimensionales que ocupan espacio. Gracias a esa reacción católica, tenemos a Valdés Leal, a Rubens, a Góngora. El español es, de hecho, barroco por naturaleza y por historia. Es decir, anti-minimalista. Es normal que nos guste tanto Dickens.

 

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