Reseñas

Un mundo feliz

Aldous Huxley
Editorial
DeBolsillo
Año de Publicación
2020
Categorías
Sinopsis
Un mundo feliz es un clásico de la literatura del siglo XX, una sombría metáfora de un futuro posible. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios del capitalismo: triunfan los dioses del consumo y la comodidad, y el orbe se divide en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, se han sacrificado valores humanos esenciales, y los habitantes se crean in vitro con una técnica concebida a imagen y semejanza de una cadena de montaje.

LA FELICIDAD NARCÓTICA

Temática:
Novela distópica acerca de cómo la ciencia puede construir un mundo donde, con la excusa de alcanzar la felicidad plena, la naturaleza humana resulte alterada
Te gustará si te gustó:
1984, de Orwell
Dónde leerlo:
Lo peor de ciertas utopías es que llegan a cumplirse
Acompáñalo de:
Un té (en honor a la nacionalidad de Huxley)

Ya resulta un lugar común enfrentar a dos clásicos de la narrativa distópica, Un mundo feliz y 1984, con el siempre controvertido propósito de dilucidar cuál de ellos logró trazar un dibujo más fidedigno del mundo que habitamos. Las sombrías profecías que ambos textos contienen proyectan su aliento malsano sobre la realidad de un presente empeñado en ratificarlas. Quizá por el año en que apareció (1950), con la hecatombe de la II Guerra Mundial todavía próxima y el mundo recién sumergido en un período de neurosis preapocalíptica que pronto sería bautizado como Guerra Fría, la novela de Orwell aparece teñida de una áspera grisura que en el libro de Huxley no resulta tan patente. Los violentos desahogos, por ejemplo, con que, en 1984, los habitantes de Oceanía descargan cada día su odio contra el gran traidor al Partido, no encuentran su réplica en el mundo diáfano, ordenado y aséptico que nos propone la imaginación de Huxley. Tampoco el espanto de las torturas físicas a que son sometidos los objetores al sistema bajo el régimen del Gran Hermano tiene cabida en las dóciles rutinas que circunscriben la existencia de los habitantes de Un mundo feliz.     

Es indudable que Orwell hace gala de una clarividencia prodigiosa cuando sitúa en el núcleo de su relato conceptos tales como el de “neolengua” o “doblepensar”, además de la manipulación de la verdad histórica en aras de la fabricación de un nuevo presente, procedimientos todos ellos que tanto nos ayudan a desentrañar el funcionamiento íntimo de esa colosal maquinaria de aplastamiento que ha sido –y sigue siendo- cualquier sistema totalitario. No obstante, la visión de Orwell debió de verse inevitablemente influida por el clima de conflicto larvado a que la división en dos bloques antagónicos había abocado al mundo. Desde ese prisma, el fomento, por parte de un Estado omnipotente, de un clima incesante de fervor ideológico y de recelo colectivo hacia la más leve forma de discrepancia se corresponde con la lógica de sometimiento masivo y estricto control de las vidas individuales imperante al otro lado del Telón de Acero.   

El libro de Huxley, sin embargo, propone un escenario en el que las analogías con el tiempo presente resultan si cabe más inquietantes. La relativa tosquedad de los métodos orwellianos cede su lugar aquí a las impolutas soluciones de la ciencia. Si reparamos, además, en que la publicación de Un mundo feliz data de 1932, nuestro asombro no hará sino acrecentarse. El instinto anticipatorio de Huxley acierta a conjeturar un tiempo en el que las palabras “padre” y “madre” se considerarán obscenas. Todo vínculo familiar habrá sido abolido. Los métodos de planificación reproductiva harán viable un mundo en el que los seres humanos, convenientemente manipulados desde su estadio embrionario, nacerán destinados a formar parte de una determinada casta. Y ello en el marco de una distribución jerárquica de la sociedad que, lejos de resultar una fuente de conflictos, se erigirá en garante de la estabilidad inquebrantable de un orden donde al fin el Poder habrá logrado que “cada uno ame el destino social del que no podrá librarse”.

La inspiración mayor de Huxley quizá estribe en haber intuido que para la realización de este ideal colectivista la clave residía en la renuncia a la fuerza y en la implantación de métodos propios de un totalitarismo blando y paternalista, demoníacamente seductor. La coacción física, las brutalidades consustanciales a los despotismos carcelarios resultan prescindibles cuando el refinamiento de la técnica provee de las herramientas adecuadas con las que modelar las conciencias. Por doquier brilla una perfección sin mácula. Las vidas de los integrantes de esta realidad planificada se sostienen sobre la satisfacción de unas necesidades que responden a aquello para lo que han sido diseñados: meros entes de producción y consumo. No hay un solo resquicio abierto a la posibilidad del sufrimiento. Tampoco hay belleza, ni necesidad de verdad, ni búsqueda de sentido o trascendencia. No hay heroísmo ni nobleza. Mediante el empleo de las pertinentes técnicas inductivas (“62.400 repeticiones hacen una verdad”), el miedo a la muerte ha sido erradicado. En cierto pasaje de la novela, uno de los artífices de esta sociedad de seres lobotomizados señala: “Les hacemos odiar la soledad. Y disponemos sus vidas de suerte que les sea casi imposible lograrla”.

Recordemos: 1932. Resulta imposible no sentirse abrumado por el genio predictivo de Huxley. El modo en que logró trazar, hace casi cien años, algunos de los elementos que iban a infiltrarse en la médula enferma de nuestra época elevan su novela al rango de obra de imprescindible lectura. Muy probablemente, fue de los primeros intelectuales en darse cuenta de que las estructuras de poder derivadas de una visión exclusivamente materialista y cientifista de las cosas habían emprendido un camino de no retorno hacia la gestación de un nuevo tipo de individuo. Un individuo al que subyugar, llegado el caso, mediante el generoso suministro de soma, ese portentoso narcótico cuyo correlato bien podríamos hallarlo en los dispositivos audiovisuales que anegan nuestra realidad de cada día.

De acuerdo a los pronósticos de esta obra visionaria, de lo que se iba a tratar, en adelante, era de lograr la paz absoluta y la felicidad íntegra y definitiva a través de la uniformización y el conformismo de la especie. El precio sería, obviamente, la muerte del espíritu, la disolución de todo atisbo de conciencia, la esclavitud que conlleva la renuncia a elevarnos sobre la materia perecedera que somos. En definitiva, la podredumbre de todo aquello –vínculos, sentimientos, ideales- que, a la vez que nos insufla desasosiego y dolor, nos salva de la mentira de una paz tan seductora como fraudulenta.

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Un mundo feliz es un clásico de la literatura del siglo XX, una sombría metáfora de un futuro posible. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios del capitalismo: triunfan los dioses del consumo y la comodidad, y el orbe se divide en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, se han sacrificado valores humanos esenciales, y los habitantes se crean in vitro con una técnica concebida a imagen y semejanza de una cadena de montaje.
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