Reseñas

The man in the red coat

Julian Barnes
por:  
Aurora Rice
Editorial
Random House
Año de Publicación
2019
Categorías
Sinopsis

Decadente

Temática
Biografía
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El lector norteamericano vive pendiente de su propia literatura nacional, pero también mira, y mucho, a Europa (sobre todo, naturalmente, al Reino Unido e Irlanda) y, cada vez en mayor medida, a otros mundos más exóticos. A la hora de buscar lecturas nuevas, influyen mucho los premios como el Booker en sus distintas modalidades. Julian Barnes, ganador del Man Booker en 2011 y finalista en tres ocasiones anteriores, es una baza segura en Norteamérica. El libro presente, que aún no se ha publicado en España, fue finalista del Duff Cooper, que se concede anualmente a la mejor obra de historia, biografía, ciencias políticas o poesía. 

Julian Barnes: Hombre de rojo

“Así fue mi primer encuentro con el cuadro y el hombre: en 2015, en la National Portrait Gallery de Londres, prestado por los americanos”.  A partir de un retrato impactante, El doctor Pozzi en casa, obra de John Singer Sargent, el británico Julian Barnes nos lleva a la belle époque, “ese tiempo de paz entre la catastrófica derrota francesa de 1870-71 y la victoria francesa, igualmente catastrófica, de 1914-18”. El retratado es el doctor Samuel Jean de Pozzi, distinguidísimo, modernísimo y revolucionario médico parisino que salvó la salud y la vida a incontables mujeres en un tiempo en que la ginecología no era todavía una especialidad reconocida (él ocuparía la primera cátedra de París), y los médicos por lo general no creían en los microbios: “Los médicos son caballeros, y los caballeros llevan las manos limpias”, según una frase atribuida a distintos miembros de la profesión. Pozzi era, en palabras de la princesa Alicia de Mónaco, “asquerosamente guapo”, encantador y amabilísimo; “la divina” Sarah Bernhardt (su paciente y amante) le dice “Doctor Dieu”.  Por eso brilló en aquella sociedad, y Barnes lo usa de hilo conductor para recrear, entre estampas, sucesos y anécdotas, aquel universo de nombres que en su mayoría nos resultan conocidos. El libro empieza, de hecho, como quien cuenta un chiste o un acertijo: “En junio de 1885 llegan tres franceses a Londres. Uno era príncipe; otro, conde; y el tercero, un plebeyo de apellido italiano”. Los visitantes traen una carta de recomendación firmada por el pintor Singer Sargent, dirigida a Henry James ‒que por cierto ya ha visto el cuadro del título. 

Así nos introduce Julian Barnes en un tiempo de juicios mediáticos (el de Wilde y el de Dreyfus), dandies, duelos al amanecer, casas imponentes llenas de objetos maravillosos (y también absurdos) y gente muy sofisticada. De escritores ‒el propio James, Proust, Léon Bloy, Wilde, Maupassant, Colette, los Goncourt‒ que retratan (veladamente, o no) en sus libros a sus amigos, conocidos, saludados y enemigos. De pintores como Whistler, Tissot, Burne-Jones, Degas. En fin, de un intenso diálogo entre Londres y París.

Entre todos destaca el conde Robert de Montesquiou, exquisitamente retratado por Boldini en 1897, y que parece que sirve de modelo para los protagonistas de varias novelas: el Des Esseintes de la escandalosa À rebours de Joris-Karl Huysmans; Monsieur de Phocas, de Jean Lorrain; el barón de Charlus de Proust (dice el conde en su última aparición en público, en 1920: “Debería cambiarme el nombre a Monteproust”).  Montesquiou (“soberano de lo transitorio”, en sus propias palabras), aparece y reaparece a lo largo del libro, a cuenta de diferentes momentos y amistades de su vida.

Pero por algo es Pozzi quien presta su imagen al libro. Su vida es la trama que le da cuerpo, y al final su figura (que tiene también su parte oscura: parece que el mujeriego doctor encandilaba a todos, y a todas, menos a las mujeres de su familia) es la que nos deja un poso más grato. Fue apadrinado por Leconte de Lisle, poeta e hijo de médico militar que “creía firmemente en la reunificación de ciencia y poesía, largo tiempo divorciadas”. Decía el doctor que “el chovinismo es una de las formas que adopta la ignorancia”, y actuaba en consecuencia, investigando y aplicando en el hospital público donde trabajaba los avances médicos que se producían en otros países: los radiadores, como los que vio en Leipzig; la ventilación, las duchas y los desagües, como en América; los quirófanos, con adelantos inauditos. Atento también a la sanación espiritual, instauró una biblioteca en el hospital, y llamó a sus amigos pintores para que decorasen los pasillos y pabellones. Su Tratado de ginecología insiste en la importancia de cuidar con delicadeza del bienestar y el confort de la paciente. Pozzi trabajó incansablemente por sus pacientes, de todas las clases sociales; y además, cuando estalla la Gran Guerra, se ocupa de los soldados mutilados. Tras su muerte, abrupta e inesperada, Le Figaro dice de él: “Un amante sincero de la ciencia y el arte, una especie de hermosa obra de arte en sí mismo, un magnífico espécimen de nuestra raza”. 

Julian Barnes, autor al que el lector norteamericano está siempre atento, nos ofrece un libro cuidado y bien documentado, entretenido y completo, sin pretensiones (prescinde de bibliografías, notas, incluso capítulos); un libro gustoso de manejar y hojear. La edición es lujosa, de páginas gruesas y satinadas, e incluye láminas que reproducen estupendos retratos de prácticamente todos los personajes, y también divertidas y chocantes fotografías: Oscar Wilde con traje tradicional griego; la cabeza del conde Montesquiou sobre una bandeja, simulando ser el Bautista. Como curiosidad, vienen también reproducidas infinidad de estampitas coleccionables que traían las chocolatinas de Félix Potin, con fotografías de los famosos del momento. 

El autor, harto de la actualidad política de su país, nos dice en la nota final que “el tiempo que he pasado en la distante, decadente, alocada, violenta, narcisista y neurótica belle époque me ha dejado optimista. Sobre todo por la figura de Samuel Jean Pozzi… Que saludaba cada nuevo día con entusiasmo y curiosidad; que llenó su vida de medicina, arte, libros, viajes, relaciones sociales, política y todo el sexo que pudo (aunque no podamos saberlo todo)”.

 

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