Reseñas

Serotonina

Michel Houllebecq
por:  
Esperanza Ruiz
Editorial
Anagrama
Año de Publicación
2018
Categorías
Sinopsis
Florent-Claude Labrouste tiene cuarenta y seis años, detesta su nombre y se medica con Captorix, un antidepresivo que libera serotonina y que tiene tres efectos adversos: náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Su periplo arranca en Almería ?con un encuentro en una gasolinera con dos chicas que hubiera acabado de otra manera si protagonizasen una película romántica, o una pornográfica?, sigue por las calles de París y después por Normandía, donde los agricultores están en pie de guerra. Francia se hunde, la Unión Europea se hunde, la vida sin rumbo de Florent-Claude se hunde. El amor es una entelequia. El sexo es una catástrofe. La cultura ?ni siquiera Proust o Thomas Mann? no es una tabla de salvación. Florent-Claude descubre unos escabrosos vídeos pornográficos en los que aparece su novia japonesa, deja el trabajo y se va a vivir a un hotel. Deambula por la ciudad, visita bares, restaurantes y supermercados. Filosofa y despotrica. También repasa sus relaciones amorosas, marcadas siempre por el desastre, en ocasiones cómico y en otras patético (con una danesa que trabajaba en Londres en un bufete de abogados, con una aspirante a actriz que no llegó a triunfar y acabó leyendo textos de Blanchot por la radio...). Se reencuentra con un viejo amigo aristócrata, cuya vida parecía perfecta pero ya no lo es porque su mujer le ha abandonado por un pianista inglés y se ha llevado a sus dos hijas. Y ese amigo le enseña a manejar un fusil... Nihilista lúcido, Michel Houellebecq construye un personaje y narrador desarraigado, obsesivo y autodestructivo, que escruta su propia vida y el mundo que le rodea con un humor áspero y una virulencia desgarradora. Serotonina demuestra que sigue siendo un cronista despiadado de la decadencia de la sociedad occidental del siglo XXI, un escritor indómito, incómodo y totalmente imprescindible.

Química moderna

Temática:
La degradación del hombre moderno
Te gustará si te gustó:
Los nombres epicenos de Amélie Nothomb
Dónde leerlo:
En el hotel París fumando un cigarro
Léelo lejos de:
Un bote de Viagra

No es buen escritor y Serotonina no es su mejor novela- dicen.

Tiene un estilo simplón – sentencian.

No sé si es una suerte o un contratiempo pero Serotonina ha sido mi primer Houellebecq. Les recomiendo el perfil dibujado por José María Sánchez Galera en la Revista Centinela para cartografiar a Houellebecq si se hallan en mi caso. Aquellos que le siguen desde que en 1991 publicara Contra el mundo, contra la vida -una biografía de H.P Lovecraft que en España ha sido reeditada por Anagrama recientemente- hablan de la importancia de reconocer al autor, a la marca de la casa, también en Serotonina. Y parece ser que ese escollo está superado. Así pues, en su última obra se puede poner check a todos los elementos del universo Houellebecq: escritura sin florituras que no trata de epatar, nihilismo a espuertas y sexo descarnado.

Lo que no encuentro en Serotonina es su legendaria ironía. Y no porque no haga acto de presencia, Houellebecq es un discípulo avezado de la escuela cínica, sino porque estamos tan acostumbrados a la corrección política que cualquier diatriba antimoderna, cualquier reflexión que diga que “el pasto es verde” nos parece una provocación. Así pues, no lo llamen agitador cuando quieren decir cronista.

Tampoco me ha parecido hallar en Serotonina al “maestro de la distopía”. Juzguen ustedes mismos: El protagonista de Houellebecq podría ser su alter ego (en tanto que utiliza escenarios y personajes para hacer llegar su propio discurso. Ni los perfiles están trabajados, ni lo pretende). Su nombre es Florent- Claude Labrouste, tiene 46 años y una vida que se desmorona, sostenida, por los pelos, por la química moderna. Labrouste detesta su nombre, Houellebecq tomó el suyo del apellido de soltera de su abuela paterna, Henriette Thomas.

Hasta las cejas de Captorix, un antidepresivo de nueva generación que favorece la liberación por exocitosis de la serotonina producida a nivel de la mucosa gástrica, pero que no subsana el efecto secundario de disminución de la libido de los fármacos que inhibían la recaptación de la hormona – los llamados tricíclicos-  asume que tiene que elegir entre poner fin a sus días o a su actividad sexual. 

De momento, a lo que pone fin al principio de la obra es a su relación con una joven -y depravada- japonesa y a su trabajo como ingeniero agrónomo y burócrata para el Ministerio de Agricultura francés. Desde la habitación del hotel de París –uno de los pocos que aún permiten fumar- a la que se retira hasta su periplo por Normandía, hace patente su angustia a través de un recorrido vital por lo que pudo haber sido, de no haberse dejado arrastrar por la corriente del espíritu de la época, y ya nunca será. 

Nell mezzo del cammin, y con una vida aparentemente resuelta, está acabado. Ha comprendido que ni siquiera el tímido idealismo que le hacía pensar que desde la Administración podría mejorar las condiciones laborales de agricultores y ganaderos de su país tiene nada que hacer contra la política globalista y contraria a intereses gremiales de Bruselas.

Tras obstinarse en perder a las dos mujeres que pudieron haber sido el amor de su vida, ya sólo le queda la infelicidad y la mirada sarcástica sobre un mundo que cree progresar y que corre entusiasmado en dirección contraria a aquello que podría salvarle.

En un momento de lucidez, reconoce que hay algo dentro de cada ser humano que le redime, que incluso en las circunstancias más devastadoras le lleva a “esperar más allá de toda esperanza”. La visión nihilista de la sociedad, apocalíptica de Europa y destructiva de la cultura (aporta interesantes opiniones sobre autores como Proust, Goethe, Thomas Mann o Baudelaire), y que hacen de Serotonina una obra oscura, quedan resueltas en la última página y media de la novela. Ni eso, en menos: una, que está tentada de mandarle a paseo más de una vez, acaba rendida por los dos últimos párrafos. Houellebecq tiene razón en el análisis,  y su capacidad literaria, ésa tan vapuleada, es eficaz y brillante. He subrayado no menos de dos genialidades por página. Le he comprado la mercancía reaccionaria. No es comedida, de acuerdo, pero, ¿de verdad alguien sigue creyendo que Occidente va a despertar con rituales de guitarras, velas, discursos ñoños  y canciones pacifistas?  El calificativo de “incendiario” -como cualquier otro, imagino-  es recibido con absoluta indiferencia chez le vieux Michel.

Además de certificar que el hombre blanco heterosexual está en sus últimos estertores, una parte importante de Serotonina es armada por una feroz crítica a las políticas librecambistas que en materia agraria practica la Unión Europea. El fenecimiento de las cuotas de la leche como metáfora del de una civilización. Houellebecq sabe de qué habla, él mismo estudió agronomía y su análisis tiene mucho de conocimiento de causa.

Por otra parte, el sexo, omnipresente, extemporáneo y protagonista en su obra, no cumple la función de hacer de Serotonina un libro de los que se “leen con una sola mano”, como decía el sociólogo Lorenzo Díaz. Se trata más bien de episodios grotescos que contribuyen a la atmósfera de embrutecimiento y desesperación creada por el escritor francés.

Consciente de ser una advenediza, les invito a leer la magnífica serie sobre Michel Houellebecq que el profesor y colaborador de Leer por Leer, Domingo González, le dedicó con motivo de la publicación de Interventions (Flammarion, 2020) una recopilación de artículos y entrevistas del autor.

Asimismo, Carlos Marín-Blázquez ha reseñado magníficamente, en estas páginas, su obra más aclamada: Sumisión.

 

Editorial
Anagrama
Año de Publicación
2018
Categorías
Sinopsis
Florent-Claude Labrouste tiene cuarenta y seis años, detesta su nombre y se medica con Captorix, un antidepresivo que libera serotonina y que tiene tres efectos adversos: náuseas, desaparición de la libido e impotencia. Su periplo arranca en Almería ?con un encuentro en una gasolinera con dos chicas que hubiera acabado de otra manera si protagonizasen una película romántica, o una pornográfica?, sigue por las calles de París y después por Normandía, donde los agricultores están en pie de guerra. Francia se hunde, la Unión Europea se hunde, la vida sin rumbo de Florent-Claude se hunde. El amor es una entelequia. El sexo es una catástrofe. La cultura ?ni siquiera Proust o Thomas Mann? no es una tabla de salvación. Florent-Claude descubre unos escabrosos vídeos pornográficos en los que aparece su novia japonesa, deja el trabajo y se va a vivir a un hotel. Deambula por la ciudad, visita bares, restaurantes y supermercados. Filosofa y despotrica. También repasa sus relaciones amorosas, marcadas siempre por el desastre, en ocasiones cómico y en otras patético (con una danesa que trabajaba en Londres en un bufete de abogados, con una aspirante a actriz que no llegó a triunfar y acabó leyendo textos de Blanchot por la radio...). Se reencuentra con un viejo amigo aristócrata, cuya vida parecía perfecta pero ya no lo es porque su mujer le ha abandonado por un pianista inglés y se ha llevado a sus dos hijas. Y ese amigo le enseña a manejar un fusil... Nihilista lúcido, Michel Houellebecq construye un personaje y narrador desarraigado, obsesivo y autodestructivo, que escruta su propia vida y el mundo que le rodea con un humor áspero y una virulencia desgarradora. Serotonina demuestra que sigue siendo un cronista despiadado de la decadencia de la sociedad occidental del siglo XXI, un escritor indómito, incómodo y totalmente imprescindible.
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