Reseñas

Patrimonio. Una historia verdadera

Philip Roth
Editorial
DeBolsillo
Año de Publicación
2013
Categorías
Sinopsis
Un agente de seguros jubilado, un hombre que fuera fuerte, lleno de genio y de encanto, lucha a sus ochenta y seis años contra un tumor cerebral. Este hombre es Herman, el mejor personaje creado por Philip Roth. Su padre. Patrimonio. Una historia verdadera no es solo un portentoso acto de honestidad y sensibilidad, que habla de la vulnerabilidad del amor, de la relación padre e hijo, y de la muerte y el miedo que nos produce, sino un canto a la tenacidad del superviviente, al testarudo compromiso de Herman Roth con la vida. Su patrimonio.

Temática:
Homenaje familiar
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Después de toda una vida dedicado a la literatura y, más concretamente, al virtuoso cultivo de la narrativa, resulta que el personaje más logrado que ha salido de la pluma de Philip Roth (Newark, 1933) no es otro que su padre. A él le dedica Patrimonio. Una historia verdadera, que es una recreación de la vida y la personalidad de Hermann Roth, agente de seguros jubilado, a partir del momento crítico en que, con ochenta y seis años, los médicos le diagnostican la aparición de un tumor cerebral. A través de la primera persona del autor, testigo directo de los hechos que relata, da comienzo entonces una extraordinaria labor de indagación en la personalidad de su padre donde se alternan la descripción pormenorizada del avance irreversible de la enfermedad con algunos saltos hacia el pasado que ayudan a perfilar el contexto y la significación de una vida que, en su vulgaridad aparente, contiene un legado de resonancias tan profundas que su paulatino desvelamiento basta para conmovernos hondamente.

No es Philip Roth un novelista apto para todos los paladares. Su visión del sentido de la existencia humana adopta de ordinario tintes más que sombríos; no es inusual que su tratamiento de los personajes bordee la característica implacabilidad de un hacedor todopoderoso que se complace en ubicarlos en las situaciones más degradantes para que de ese modo aflore buena parte de la sordidez de que es capaz la condición humana cuando se la expone a situaciones extremas. Por eso, Patrimonio supone un punto y aparte en su obra. No obstante, la inevitable implicación emocional que supone narrar el último período de la existencia de un ser tan cercano no merma un ápice el realismo exhaustivo con que el autor se enfrenta a su tarea. No hay, o al menos ésa es la impresión que transmite el relato, ninguna voluntad de edulcorar los acontecimientos que se suceden a partir del diagnóstico fatal. La enfermedad y la vejez, el deterioro progresivo de un organismo en pleno proceso de desmoronamiento (resulta tremendo el pasaje en el que el autor se enfrenta al escenario de un cuarto de baño salpicado hasta el último rincón por los excrementos que su padre ha esparcido involuntariamente al intentar limpiarse tras haber defecado antes de poder bajarse los pantalones), las oscilaciones en el estado de ánimo del paciente –que mantiene sin embargo en todo momento intactas sus facultades mentales- comparecen a lo largo de la narración, sin que exista atisbo alguno de querer pulir las aristas ni suavizar las asperezas. Y aun así, a lo que asistimos no es simplemente a la crónica de una debacle descrita con pulso admirable, a una retahíla de sucesivas catástrofes que van señalando el camino hacia el desenlace inevitable. Lo que hay es mucho más que eso. Es la puesta en valor, a través de la lúcida al mismo tiempo que desconcertada mirada de su hijo, de una existencia que, tras su impetuoso vitalismo y su ruda apariencia de testarudez, se nos acaba volviendo entrañable. Un hombre vigoroso y pragmático y, a la vez, lleno de una sentida abnegación hacia los suyos. Un hombre poco dado a las demostraciones de ternura, pero colmado de un ánimo vital que le lleva a aferrarse a lo que todavía le resta de sus pequeñas rutinas diarias con una fuerza en la que alienta algo de prodigioso. 

Hay un momento en que este hombre, Herman, alcanza a convertirse en algo parecido al arquetipo de una generación que se extingue, una generación cuyos antepasados más inmediatos, inmigrantes europeos de origen judío llegados a los Estados Unidos en busca de un futuro más halagüeño, conocieron la dureza de una realidad que curtió definitivamente su carácter. Ese momento es cuando una amiga del autor, de origen polaco, se refiere a Herman en estos términos: “Lo que en él hay de Europa es la supervivencia. Son personas, éstas, que nunca se rendirán. Pero también son mejores que Europa. En ellas había gratitud e idealismo. Una honradez básica”.

El evidente tono dramático que domina la narración está no obstante mitigado por escenas de una refrescante hilaridad que unas veces emana de las situaciones propiciadas por el carácter peculiar del protagonista del relato, mientras que en otras surge del contraste entre los instantes de angustia por los que atraviesa el autor y el choque con una realidad que, como en la conversación con el taxista que conduce a Philip Roth a la clínica donde le van a realizar unas pruebas a su padre, adquiere perfiles surrealistas. 

Por lo demás, Patrimonio representa, desde la otra vertiente de la historia, desde la perspectiva de un hijo que asiste impotente al acto final en la vida de su padre –y ello pese al despliegue de posibilidades, en último término infructuosas, que la medicina más avanzada pone a su alcance-, la reivindicación de un vínculo que es necesario salvaguardar de la acción devastadora del tiempo a través de la preservación de cada detalle: “Tengo que recordar con precisión, me dije. Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente al padre que me creó, cuando él ya no esté. No hay que olvidar nada”. En ausencia de una fe ultraterrena, de la que Philip Roth confiesa carecer por completo, sólo queda esta apelación a la memoria como instrumento para prolongar una herencia que explica el proceder del hijo que se compromete a recordarlo todo. Al hacerlo, alumbra eso que tan escasas veces podemos llamar una obra maestra. “Nunca fue capaz de comprender que una capacidad de renuncia y de férrea autodisciplina como la que él poseía era algo absolutamente extraordinario, que no estaba al alcance de todo el mundo”, escribe Philip Roth al rememorar una de las más definitorias cualidades de la personalidad de su progenitor. Quizá de esa férrea autodisciplina heredada de su padre, tanto como de su talento indiscutible como narrador, extrajo Philip Roth la determinación necesaria para escribir estas páginas memorables.   

No hay que olvidar nada

 

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