Reseñas

Editorial
Alba Editorial
Año de Publicación
2011
Categorías
Sinopsis
Una línea de ferrocarril en construcción. Un hombre perdido en la estepa, en un paraje que recuerda -los tiempos del caos-. Un ingeniero entusiasta de la vida y la civilización. Un joven barón pesimista, convencido de que al cabo de mil años no quedará ni huella de la línea ni de los hombres que la construyeron. Al fondo, rescatada del recuerdo, una historia de amor fugaz, triste, vergonzosa.

Cada cosa a su tiempo

Temática:
Novela breve en torno al desengaño
Te gustará sí:
Te gustan las pequeñas historias con mucho que decir
Dónde leerlo:
Aprovechando los últimos días de estufa
Acompáñalo de:
Un buen brandy

A realistas y naturalistas se debe, al menos en parte, la posibilidad de que cualquier hijo de vecino pueda convertirse en materia literaria. Hasta la segunda mitad del siglo XIX había que morir de pasión, de heroicidad o de duda para aparecer mentado repetidamente en un capítulo. Ahora basta con morir a secas o tener perspectivas de hacerlo. Y si usted me está leyendo, pertenece al segundo grupo y, por tanto, es perfectamente novelable.

 

En esta “vulgarización” de la narrativa tuvo su papel Antón P. Chéjov, para el que cualquier hipótesis humana podía ser materia de ficción. Al igual que Santa Teresa de Jesús buscaba a Dios entre cacerolas, el ruso encuentra la esencialidad humana en cualquier hecho, en cualquier vida. Cada suceso cotidiano está preñado de una significación que lo legitima. Cada sujeto reflejaría en sí, ya sea por presencia o ausencia, todo lo relativo al hombre y, por tanto, todo lo que preocupa a la literatura.

 

En Luces (1888), el ruso nos presenta, a la boccacciana, un diálogo donde se contraponen dos edades y sus dos formas de ver la vida: la madurez del ingeniero Anániev y la juventud del estudiante von Stenberg. Y no se enfrentan tanto dos pensamientos, sino más bien el mismo pensamiento en dos estadios distintos, uno teórico, el otro vivido.

El estudiante está enfermo de existencialismo, borracho de futilidad. El ingeniero comparte su visión del mundo, la considera cierta, pero, en el caso del joven, precipitada. Para hacérselo ver emplea una historia, el modo más antiguo, y por eso más efectivo, de la didáctica. Narra su encuentro con un amor de juventud y desliza la principal crítica contra el estudiante: las posiciones vitales deben provenir del sufrimiento, no de su vaticinio. Puede que la conclusión, a la postre, sea la misma, pero para ser coherente ha de ser vivida. El desengaño tiene su maduración y su cosecha.

 

El ingeniero sabe que todo se repite porque avanza por los mismos raíles. Sabe que la humanidad comparte un mismo destino y, por consiguiente, una misma frustración. Él mismo, le advierte, sufrió de joven l´ennui, el mal de un siglo que sabe “que la vida carece de objeto y sentido”, que “todo es vanidad”, inversión en polvo a plazo fijo. Y lo peor es que verdaderamente es así, la vida se lo demostró. Ahora bien, le regaña, espera que te lo demuestre a ti. Estás en lo cierto, pero tu tormento es una pose porque no viene de herida ninguna. Es el hombre quien le dice al niño: la vida no tiene sentido, pero vas a necesitarla entera para darte cuenta. Así que relájate y espera que el noviazgo con la muerte dure lo que tenga que durar y dé los sabores que tenga que dar. Y no anticipes tristezas, que no te faltarán llegado el momento.

 

 

Editorial
Alba Editorial
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2011
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Una línea de ferrocarril en construcción. Un hombre perdido en la estepa, en un paraje que recuerda -los tiempos del caos-. Un ingeniero entusiasta de la vida y la civilización. Un joven barón pesimista, convencido de que al cabo de mil años no quedará ni huella de la línea ni de los hombres que la construyeron. Al fondo, rescatada del recuerdo, una historia de amor fugaz, triste, vergonzosa.
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