Reseñas

Los nuestros

Serguei Dovlatov
Editorial
Fulgencio Pimentel
Año de Publicación
2019
Categorías
Sinopsis
«El hombre tiene al enemigo en casa», sanciona el autor emergente Dovlátov. Se arriesga así a penetrar en el misterio de sus orígenes, encadenando las crónicas de cuatro generaciones surcadas por una especie de verdad insistente y anómala. El autor gobierna a sus inolvidables personajes como ícambiantesí máscaras libertarias. La titanomaquia de los abuelos, judíos de Oriente y armenios del Cáucaso, cede ante la decadencia de hijos y nietos. Pero los vínculos de sangre no se rompen y atrapan al lector, que se siente en esta obra maestra, muy precisamente, como en casa.

Crónica de un autor atormentado en la URSS

Temática:
Notas biográficas y anécdotas
Te gustará si te gusta:
La melancolía socarrona rusa
Léelo mientras escuchas:
Ochi Chornye
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Un vaso (una botella) de Vodka

Serguéi Dovlátov nació en Ufá, de padre judío y madre armenia. Creció hasta quedarse al borde de los dos metros y en muchas fotos parece un mantón de la mafia. La envergadura la heredó de sus abuelos. Uno fue a la guerra contra Japón para ayudar a los caballos a arrastrar los cañones por los terrenos pantanosos. El otro era un severo hombrón del Cáucaso que desafió a Dios dos veces y sólo tuvo suerte en una de ellas.

A pesar de su imponente aspecto, Dovlátov era pacífico, benévolo (“como todos los frívolos”) y prácticamente inútil. Fue rebotando hasta establecerse como periodista en Leningrado y rodearse de unos cuantos crápulas genialoides a los que su madre dividía entre los que se lavaban las manos tras ir al baño y los que no. Sólo a los primeros les permitía ejercer de malditos en la mesa de su cocina.

Dovlátov era tímido, salvo cuando bebía, pero apenas se le notaba porque bebía a menudo. Más a menudo aun cuando empezó a escribir relatos sin conseguir publicar. Atravesaban lo que han llamado el deshielo de Jrushchov. “En época de Stalin se editaban libros, luego se fusilaba a sus autores. Ahora no se fusila a los escritores. Tampoco se publican sus libros”.

Y como ni lo publicaban ni lo fusilaban, fue madurando su estilo en silencio. Ese choque entre frustración y vocación hizo que él fuera cada vez más brumoso y su prosa cada vez más transparente. Conforme él engordaba, sus frases adelgazaban, se hacían cada vez más fibrosas. Y así hasta conseguir un estilo de precisión poética, pero sin lirismo. Un estilo que parece cincelado, pero sin gravedad escultórica. Sustancioso como un segundo plato y, al mismo tiempo, ligero como un postre.

Lo dijo su amigo y Premio Nobel Joseph Brodsky (éste era de los que se lavaban las manos): Dovlátov es un gran escritor ruso, en parte por lo poco ruso que resulta. No hay tragedia en su obra, no hay patetismo. Era demasiado dulce para ello. No pudo ni quiso ser Dostoievski. No pudo ni quiso ser Solzhenitsyn.

Cuando Stalin murió, él tenía 11 años. Vivió, por tanto, en una dictadura ya achacosa, aún cruel, pero sobre todo absurda. Era el tercer acto de una tragedia nacional que, de tanto alargarse, iba adquiriendo las modulaciones de una farsa. Así, su padre podía admitir que Stalin había sido un asesino sin dejar de admirar las proporciones de su tiranía, sobre todo en contraste con la grisura burocrática y abotargada de quienes lo sucedieron. Hasta el mal envejece.

Y cuando nos cuenta que a su abuelo lo pusieron frente al paredón por un malentendido, no escuchamos la descarga, ni siquiera de fondo. O cuando encarcelaron al propio Dovlátov, se limita a constatar: “Luego inesperadamente me metieron en la cárcel. […] Sólo diré una cosa: la cárcel no me gustó”. Calla con mucha frecuencia, especialmente donde hablar habría supuesto reclamar el papel de víctima.

Y si en un momento debilidad cede a la tentación y clama con gravedad al cielo: “Nuestro mundo es absurdo ¡Y el enemigo del hombre vive con él!”, su mujer le recuerda que sus enemigos son, más bien, el oporto barato y las rubias teñidas.

Porque Dovlátov no es un cronista de la URSS, sino un cronista de su vida, sólo que buena parte de ella discurrió –ya es mala pata– en la Unión Soviética durante el despertar resacoso de la pesadilla proletaria. Lo que impulsaba a Dovlátov era un instinto incontenible de narrador, no una visión moral de cómo debería ser el mundo ni el cabreo consiguiente por cómo se empecina en no serlo.

Podría acabar recomendado cualquiera de sus obras con la tranquilidad del que vende algo adictivo. Sin embargo, tengo mi predilección: Los nuestros. Como los demás, se trata de una feliz combinación de relato corto, crónica autobiográfica y compendio de anécdotas; en este caso, centrada en su familia. Es aquí, a mi parecer, donde mejor se mezclan la socarronería de su mirada con el buen humor que, pese a todo, le sale de dentro; donde, en definitiva, más brilla ese amor dolorido que merece el hombre, tan risible, tan querible. 

Son poco más de 100 páginas en las que permaneces sentado, un poco de cualquier manera por la hora que es, frente al propio Dovlátov, quien va encadenando historias aún más ligeras que la neblina de tabaco que las rodea. Y cuando llegas a las últimas páginas, no puedes evitar el reflejo de buscar el vodka e insistir en rellenarle el vaso (¡la penúltima!) con la esperanza de que retrase su silencio.

 

Editorial
Fulgencio Pimentel
Año de Publicación
2019
Categorías
Sinopsis
«El hombre tiene al enemigo en casa», sanciona el autor emergente Dovlátov. Se arriesga así a penetrar en el misterio de sus orígenes, encadenando las crónicas de cuatro generaciones surcadas por una especie de verdad insistente y anómala. El autor gobierna a sus inolvidables personajes como ícambiantesí máscaras libertarias. La titanomaquia de los abuelos, judíos de Oriente y armenios del Cáucaso, cede ante la decadencia de hijos y nietos. Pero los vínculos de sangre no se rompen y atrapan al lector, que se siente en esta obra maestra, muy precisamente, como en casa.
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