Reseñas

Los centinelas de la humanidad

Robert Redeker
Editorial
Homo Legens
Año de Publicación
2021
Categorías
Sinopsis
En una época de individuos encerrados en sí mismos, entregados a sus pulsiones y en consecuencia alérgicos a cualquier sacrificio, el filósofo francés Robert Redeker se propone en el presente libro una tarea tan sugerente como ambiciosa: la de perfilar dos tipos humanos, el del héroe y el del santo, radicalmente opuestos al actual. Tan opuestos, se dirá, que éste los desprecia en el mejor de los casos y se mofa de ellos en el peor. Si el hombre contemporáneo lo sacrifica todo en el altar de su yo, el héroe y el santo sacrifican su yo en el altar de algo que reconocen más valioso: una idea, una patria, una persona, Dios. Con su libérrimo testimonio —libérrimo porque se ha liberado de la fuerza atrayente del ego—, ambos se sitúan en el horizonte de la humanidad, en la mismísima frontera entre lo humano y lo sobrehumano, entre lo natural y lo sobrenatural. Hoy, apunta Redeker, cuando un antiespecismo de origen materialista difumina las diferencias entre hombre y animal, el testimonio de héroes y santos se antoja especialmente relevante. No sólo porque nos recuerda a qué estamos llamados moralmente, sino también porque nos recuerda qué somos ontológicamente. Las gestas del héroe y la abnegación del santo señalan el lugar que el hombre, irreductible a la pura animalidad, dramáticamente ubicado entre el ángel y la bestia, ocupa en el cosmos.

Guardianes de la civilización

Temática:
Reivindicación de las figuras del héroe y el santo en medio de un mundo que naufraga.
Te gustará si te gustó:
El retorno de los dioses fuertes de R. R. Reno
Léelo mientras escuchas:
La sinfonía número 3 de Beethoven, “La heroica”.
Acompáñalo de:
Un vaso de agua clara

El entramado de una civilización se sostiene sobre el testimonio de unas cuantas vidas ejemplares. Ellas encarnan la esencia de las virtudes en las que una comunidad reconoce lo mejor de sí misma: el cumplimiento de sus expectativas más altas, la plena realización de su identidad. Son puntos de luz en mitad del acontecer incierto de la historia; balizas en las lindes de un sendero fuera del cual corremos el riesgo de desprendernos de aquello que nos hace humanos. La persistencia de su ejemplo transmite a las generaciones que lo invocan una garantía de continuidad. Y algo más:les recuerda el modo, siempre en el límite de lo extraordinario, de conjurar sus temores y hacer frente a sus debilidades.

Los centinelas de la humanidad, el fenomenalensayo del filósofo francés Robert Redeker que en España acaba de publicar Homo Legens, trata sobre el papel que héroes y santos, exponentes máximos de las virtudes que moldearon Occidente, han pasado a desempeñar entre nosotros en el plazo de las últimas décadas. Partiendo de la esfera de lo simbólico, Redeker reivindica la necesidad imperiosa que seguimos teniendo de ambos arquetipos: “Héroes y santos –escribe- le señalan a la vida humana su dirección. Su significado: adónde va, qué significa (…). Salvan de lo animal esta vida. También la salvan de todas las formas de mecanicismo: el antiguo del hombre máquina y el actual del hombre transhumano”.

Fijado este clarificador punto de partida, el autor constata que la contemporaneidad resulta un paisaje hostil al reconocimiento de estas dos encarnaciones de la excepcionalidad humana. Su análisis se dirige entonces hacia el desbroce de las condiciones que han provocado esta situación. Los frentes a los que acudir son variados, y Redeker tiene el acierto de profundizar en ellos desprovisto de complejos intelectuales y con la voluntad de poner al alcance del lector no especializado lo intrincado de un panorama en el que los planteamientos filosóficos más arduos se alían, en sus ansias comunes de demolición y emponzoñamiento, con los efectos disolventes de los medios de comunicación de masas.

El resultado final de todo ello es que nuestro mundoreniega de sus héroes y sus santos. Instalada en el cinismo y la desconfianza, corroída por el desencanto y huérfana de todo atisbo de sentido trascendente, nuestra época ha desarrollado un recelo instintivo hacia el acto excelso y gratuito. Esta tendencia, mezclada con el odio hacia lo propio que las corrientes de la deconstrucción han expandido con la fuerza de una “pasión venenosa que se interpone entre los humanos para disolver los vínculos sociales”, en palabras de Redeker, ha acabado por erigir un modelo de sociedad en el que el héroe y el santo, en tanto representantes de un mundo sólido, de unas cualidades eximias y de un testimonio que comunica a los hombres la imagen posible de su auténtica medida, deben no ya únicamente permanecerocultos, sino, en sintonía con la vileza que caracteriza a los genios de nuestro tiempo, sufrir el escarnio pertinazdel falseamiento esperpéntico y la calumnia retrospectiva.

 Héroes y santos son ridiculizados debido, entre otras causas, a “la guerra contra las esencias que caracteriza a la cultura occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial”, según Redeker. En ese sentido, Los centinelas de la humanidad se revela como el complemento idóneo al libro de Reno publicado en fecha reciente por la misma editorial, El retorno de los dioses fuertes. Allí se argumentaba que el proceso de debilitamiento que afecta a Occidente era el resultado del consenso al que las élites políticas, culturales y económicas de la posguerra habían llegado con vistas a evitar que, tras la debacle que supuso para Europa la contienda mundial, una nueva exacerbación de los valores fuertes que habían configurado nuestras sociedades pudiera volver a desencadenar un conflicto de proporciones, esta vez, inimaginables.

 Tan loables intenciones, sin embargo, han culminado en lo que a todas luces se evidencia como una dramática ruptura antropológica. Nos hallamos inmersos en la entronización de un orden que exige un nuevo modelo de individuo. Es el orden de la globalización, de la gestión tecnocrática de las masas sumidas en el marasmo alienante del universo digitalizado. Es el orden que promociona, desde los mismos centros del poder, adornándola además de una muy bien engrasada retórica progresista, la aculturización de generaciones enteras condenadas a quedar reducidas a simples agentes económicos, siervos dóciles y desarraigados a los que, víctimas de un estratégico adoctrinamiento en el rencor igualitarista y las ideologías identitarias, se les enseña a aborrecer cualquier destello de excelencia que les dirija hacia la senda de la propia superación.

En el mundo que se atisba, descrito por Redeker con rigor magistral, aquello que el héroe y el santo representan (y que Esperanza Ruiz, en su estupendo prólogo, sintetiza espléndidamente como “el coraje que emana de la libertad que se opone al determinismo”) no puede ser tolerado. El depósito de humanidad que sus vidas custodian, el ejemplo de ascesis, renuncia y autoexigencia que sus actos atestiguan deben ser convenientemente trivializados, ridiculizados incluso, a fin de que la historia discurra por el cauce que sus nuevos artífices se han encargado de planificar. Es más: con el objeto de opacar el sentido último del auténtico heroísmo y la genuina heroicidad, el autor nos recuerda cómo el mundo de la realidad ha sido sustituido por su reemplazo, “el mundo simulado, el simulacro del mundo, o sea, la proliferación de ídolos”. Se da de este modo la paradoja de que la sociedad del nihilismo más rabioso y militante no deja de fomentar entre sus miembros el hábito deletéreo de la idolatría -reducida, eso sí, a una ininterrumpida y lucrativa ceremonia de consumo-, sin duda como medio de paliar el vacío al que ella misma se sabe abocada.

“Los pueblos que olvidan a sus héroes son los pueblos que ya no saben qué pintan en la historia”, afirma Redeker. Por primera vez, nos hallamos en presencia de un mundo que rechaza su herencia. Nuestras oligarquías han inoculado en la conciencia de las masas un principio delirante según el cual el ser humano puede –y debe- fabricarse a sí mismo. Sin embargo, esta ausencia de límites, este demencial voluntarismo que se ha acabado transformando en una de las consignas esenciales de nuestros tiempos líquidos, están destinadosa estrellarse contra el muro infranqueable de la realidad. Tanto en el marco de la existencia colectiva como en la intimidad de la vida de cada persona, la realidad vuelve, una y otra vez, a reclamar el lugar que le corresponde. Y cuando esto sucede –y sucede de manera inevitable- sólo el héroe y el santo se hallan en disposición de recordarnos en qué consiste la lección que se desprende de la exigencia de ser hombres. Únicamente ellos -a través del acto puntual heroico, deslumbrante en su misma índole efímera, o de la carrera de larga distanciaque supone la santidad- aciertan a mostrarnos el camino para alzarnos de nuestra fatiga y nuestro tedio, deldesaliento y el cansancio que nos socavan sin tregua, y devolvernos, sobreponiéndonos a nuestra condición mediocre, al único ámbito al que de verdad pertenecemos, aquél en el que, tras haber recuperado el contacto con la esencia infalsificable de la realidad,estamos llamados a reencontrarnos con la libertad y la vida.

Editorial
Homo Legens
Año de Publicación
2021
Categorías
Sinopsis
En una época de individuos encerrados en sí mismos, entregados a sus pulsiones y en consecuencia alérgicos a cualquier sacrificio, el filósofo francés Robert Redeker se propone en el presente libro una tarea tan sugerente como ambiciosa: la de perfilar dos tipos humanos, el del héroe y el del santo, radicalmente opuestos al actual. Tan opuestos, se dirá, que éste los desprecia en el mejor de los casos y se mofa de ellos en el peor. Si el hombre contemporáneo lo sacrifica todo en el altar de su yo, el héroe y el santo sacrifican su yo en el altar de algo que reconocen más valioso: una idea, una patria, una persona, Dios. Con su libérrimo testimonio —libérrimo porque se ha liberado de la fuerza atrayente del ego—, ambos se sitúan en el horizonte de la humanidad, en la mismísima frontera entre lo humano y lo sobrehumano, entre lo natural y lo sobrenatural. Hoy, apunta Redeker, cuando un antiespecismo de origen materialista difumina las diferencias entre hombre y animal, el testimonio de héroes y santos se antoja especialmente relevante. No sólo porque nos recuerda a qué estamos llamados moralmente, sino también porque nos recuerda qué somos ontológicamente. Las gestas del héroe y la abnegación del santo señalan el lugar que el hombre, irreductible a la pura animalidad, dramáticamente ubicado entre el ángel y la bestia, ocupa en el cosmos.
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