Reseñas

La obra maestra desconocida

Honoré de Balzac
Editorial
Interzona
Año de Publicación
2017
Categorías
Sinopsis
La existencia no es algo que el arte justifique, sino que antes bien la obra hace existir la justificación misma. Nada existe, sino el cuadro. La apariencia bella dura un instante, brilla y desaparece. De allí el nerviosismo apresurado, ansioso, de la mano del pintor, al igual que el tic desesperado que le hace levantar la vista para mirar a su modelo y volver a bajarla sobre lo que traza en la tela, y levantar los ojos de nuevo, como si no pudiera creer en lo que está pintando, como si lo que parece vivo no apareciera sino en la forma fija, detenida y muerta del cuadro. Todo cuadro es falso en su búsqueda de la verdad, salvo el absoluto, la obra maestra nunca vista que contiene a una mujer viva, no lo que aparentaba ser.

La demolición del arte

Temática
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En su Breviario de saberes inútiles, Simon Leys afirma que Honoré de Balzac es uno de los pocos escritores que mejoran al ser traducidos. Josep Pla, con la seguridad de sus 22 añitos, no fue menos tajante en El cuaderno gris y se lamentó de que no había forma de encontrar en la prosa del francés un solo adjetivo acertado. Flaubert, por su parte, se preguntaba hasta dónde no habría llegado su compatriota de haber sabido escribir.

Podríamos seguir porque existe unanimidad en torno a la torpeza estilística del novelista nacido en Tours. Sin embargo, igual número de citas podría traerse donde, sin sombra de duda, se encumbra a Balzac como un genio literario, quizá el mayor del siglo XIX. Y lo más curioso es que ambas opiniones son, por lo general, sostenidas por la misma persona. Es, por lo tanto, cosa aceptada que a) Balzac era un portento literario que b) escribía regular.

Uno de sus defectos era, según dicen, la falta de gusto. Leys, por volver a donde siempre es grato hacerlo, decía que sus preferencias decorativas eran las de un “proxeneta caribeño”. O Mauricio Wiesenthal, en su Libro de réquiems:

Balzac no era precisamente un poeta y necesitaba alimentarse de vida exterior […] Podría decirse incluso que no sentía un aprecio especial por las artes plásticas. Prefería las mujeres a las estatuas, los sombreros de moda a los tocados griegos, los andares de las vendedoras de un mercado a la belleza de una Diana clásica.

Jamás discutiríamos palabra de Wiesenthal, pero es forzoso admitir que resultan paradójicas porque se refieren al autor de obras tan penetrantes sobre el quehacer pictórico como Pierre Grassou y, sobre todo, La obra maestra desconocida, novela corta donde Balzac se anticipa casi un siglo al sorprendente devenir de las artes plásticas. Su protagonista, el pintor Frenhofer, fue, aunque en la ficción, el primer vanguardista, esto es, el primero en ajustar la soga alrededor del cuello del arte, el primer iconoclasta por amor a la pintura. Fue Cézanne antes de Cézanne, Pollock antes Pollock, Duchamp antes de la cancerosa nadería que fue Duchamp.

Frenhofer tuvo “la desgracia de nacer rico”, y eso le permitió abismarse en la búsqueda del secreto del arte que, al mismo tiempo, sería el secreto de la vida. Un afán obsesivo en pos de una relación que no sería mimética ni retiniana. Dice: “¡La misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla!”. Su idea necesita una síntesis no alcanzada entre el dibujo nórdico y el color veneciano; necesita, en suma, apresar lo que no ha sido más que presentido, el fugitivo matiz que caracteriza a lo vivo y que se apaga apenas se intenta posar en el lienzo.

Y como en esa búsqueda no hay atajos técnicos, lleva una década trabajando en un único cuadro, un desnudo femenino que ha de ser el primer y verdadero desnudo de mujer. En palabras de Marc Fumaroli:

[…] creyó apoderarse de los “arcanos” de la naturaleza y rivalizar con Dios, creando en su tela, en la “cuarta dimensión”, una Eva inaudita, más viva y más lasciva que todas las bellas mujeres presentes o representadas en el espacio euclidiano.

Su ambición, que ya la probó en parte Pigmalión y en parte Prometeo, no es alcanzar un remedo de la vida, sino la vida misma. Y es ese, en definitiva, el objetivo último del arte; inalcanzable, no hay duda, pero imprescindible para mantenerlo en movimiento. Y tal vez, si volvemos a las palabras de Wiesenthal, hemos de reconocer que solo un escritor tan vital como Balzac, uno al que no interesaba la abstracción porque lo abstracto no se sonroja, uno que siempre prefirió a cualquier verdulera antes que a la más exquisita Venus de mármol y que habría quemado todas las pinacotecas en honor a lo que respira y bulle, podía anticipar lo que luego se nos vino encima. Solo él, borracho y todavía sediento de vida, supo ver que el arte estaba a punto de sucumbir.

 

 

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Año de Publicación
2017
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La existencia no es algo que el arte justifique, sino que antes bien la obra hace existir la justificación misma. Nada existe, sino el cuadro. La apariencia bella dura un instante, brilla y desaparece. De allí el nerviosismo apresurado, ansioso, de la mano del pintor, al igual que el tic desesperado que le hace levantar la vista para mirar a su modelo y volver a bajarla sobre lo que traza en la tela, y levantar los ojos de nuevo, como si no pudiera creer en lo que está pintando, como si lo que parece vivo no apareciera sino en la forma fija, detenida y muerta del cuadro. Todo cuadro es falso en su búsqueda de la verdad, salvo el absoluto, la obra maestra nunca vista que contiene a una mujer viva, no lo que aparentaba ser.
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