Reseñas

La invención de la soledad

Paul Auster
Editorial
Anagrama
Año de Publicación
2012
Categorías
Sinopsis
Una mañana de enero de 1979, el escritor se enteró de que su padre había muerto. Y comenzó a escribir La invención de la soledad, que, como él dice, fue el comienzo de todo. Entre la memoria, el ajuste de cuentas y la investigación de la -novela familiar-, esta obra germinal de todo el edificio literario austeriano se divide en dos partes. En -Retrato de un hombre invisible- se nos descubre el misterio de un asesinato ocurrido en la familia sesenta años antes, un episodio que permite sospechar las claves del frío carácter del padre muerto. En -El libro de la memoria- Auster encadena la reflexión acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y la soledad (¿orfandad?) del escritor. -Una emocionante reflexión sobre la paternidad y sobre la muerte, sobre el ejercicio de la memoria y de la escritura-, Miguel Sánchez-Ostiz.

Memoria del padre ausente

Temática:
reconstrucción de la personalidad de un padre escurridizo.
Te gustará si te gustó:
la Carta al padre, de Kafka.
Léelo mientras escuchas:
Father and son, de Cat Stevens.
Acompáñalo de:
cualquier cóctel ligeramente amargo.

Recuerdo haber leído un par de novelas de Paul Auster antes de que este libro, La invención de la soledad, cayera en mis manos. Las novelas me habían dejado una impresión más bien neutra. Habían llegado hasta mí envueltas en el aura de celebridad de que disfrutaba su autor y lo cierto es que su lectura me había resultado un tanto decepcionante. Auster escribía bien, era un narrador experimentado y hábil en cuyas tramas, con frecuencia algo rocambolescas, el azar ocupaba un lugar preeminente, pero sus novelas carecían, a mi modo de ver, de la fuerza que brota de las obras de auténtico calado. Sus historias resultaban entretenidas, desplegaban una variedad de personajes y peripecias que sin duda cumplían con el objetivo de eso que los genios de la mercadotecnia llaman “atrapar al lector”, y desde esa perspectiva no había nada que objetarles. Sin embargo, uno albergaba la intuición de que, poco tiempo después de acabar de leer la última página y cerrar definitivamente el libro, apenas nada de su contenido había de perdurar en la memoria.   

Así pues, ¿qué pudo atraerme de este libro de Auster después de las dos decepciones mencionadas? Seguramente su título: resulta lo bastante sugerente como para, mientras andas de paso curioseando por una librería, captar tu atención y animarte a hojearlo. A partir de ese momento, comprendes que te encuentras ante un libro diferente. Y, en efecto, es necesario advertir de entrada que no se trata de una novela, sino de un texto autobiográfico. De las dos partes en que aparece dividido (Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria), la primera fue la que me causó un mayor impacto, y en ella se centrará esta reseña. De la segunda parte, El libro de la memoria, cabe apuntar que se presenta como una miscelánea de ideas y asuntos diversos, algunos de ellos de índole filosófica, y donde quizá los fragmentos de mayor enjundia se hallen relacionados con las vivencias y reflexiones del autor acerca del momento de crisis existencial que vivió tras la separación de su mujer y su hijo de dos años.

Lo que Auster se plantea en Retrato de un hombre invisible es indagar en el misterio que para él siempre representó la figura de su padre. El punto de arranque es la noticia de la muerte de su progenitor, a quien desde el divorcio de su madre, acaecido bastantes años atrás, sólo veía de manera esporádica. Hay implícito en este propósito de búsqueda algo que atañe a lo más íntimo de su propia identidad. Escribe: “Si cuando estaba vivo no hice otra cosa que buscarlo, intentar encontrar al padre que no estaba, ahora que está muerto siento que debo seguir con esa búsqueda. Su muerte no ha cambiado nada; la única diferencia es que me he quedado sin tiempo”.

Al afirmar que “la muerte no ha cambiado nada” Auster se refiere al hecho de que, incluso cuando vivía con su madre y con él, su padre era una presencia ajena. Cada uno de sus intentos de llegar a conocerlo se saldaban, durante su niñez y su adolescencia, con otros tantos fracasos inapelables. Ahora, en el momento de escribir estas páginas, enfrentado a los objetos de su padre fallecido (“Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto”) siente que a la impresión de extrañeza habitual en el pasado se le añade una mezcla de confusión, impotencia y melancolía. Por lo demás, los enseres que encuentra en la casa donde su padre había vivido sus últimos años no le aportan mayor información de la que había obtenido de él en vida: “Él nunca hablaba de sí mismo, nunca parecía que hubiera nada de lo cual pudiera hablar. Era como si su vida interior lo eludiera incluso a él”.

Con absoluta honestidad, Auster declara desde el comienzo que se halla muy lejos de encontrar el hilo que le guíe hasta la salida del laberinto. Pero a la vez que consigna esta certeza, el lector se percata de que, si bien sus esfuerzos por encontrar ese hilo no le conducirán fuera del ámbito de conjeturas en el que el autor parece moverse en círculos, lo que sí ha logrado en cambio es descubrir una mina de genuino material literario. La invención de la soledad debería por ello leerse, antes que como una crónica detectivesca, como una ingente tarea de exploración en las propias inseguridades y extravíos del autor, como una búsqueda de su verdadero lugar en el mundo a través de la reconstrucción, siempre parcial, siempre inacabada, de la figura de su padre ausente.

Finalmente, por puro azar (recordemos, una de las obsesiones en la novelística de Auster) surgen algunos indicios que arrojan un fracción de luz sobre el pasado de su padre. Pero para cuando hemos llegado a ese punto de la lectura ya hemos comprendido que lo que hace de La invención de la soledad un libro fascinante es el modo en que Auster, ya en la madurez, decide abordar la enormidad de un misterio que ha marcado su vida y cuya resonancia se acrecienta desde el instante en que el propio autor se ha convertido en padre.  De su búsqueda surgen pasajes de una contundencia magnífica: “Una y otra vez a lo largo de su vida chocaba con algo de frente, meneaba la cabeza y luego daba media vuelta negando su presencia allí. Esta actitud hacía que el diálogo con él fuera casi imposible. Cuando creías que habías logrado pisar un terreno común, él sacaba su pala y comenzaba a cavar debajo de tus propios pies”.

La invención de la soledad no constituye en absoluto un ajuste de cuentas. Podría haberlo sido, desde luego: una sarta interminable de reproches hacia alguien que no supo estar a la altura de lo que se esperaba de él. Sin embargo, creo que es todo lo contrario. Lo que Auster consigue con su esfuerzo por entender la raíz de un enigma que una y otra vez se le escapa de entre las manos es reivindicar la necesidad y la trascendencia de un padre que actúe como tal. Su mirada se nos aparece empañada de nostalgia hacia algo que nunca conoció. Pero no hay un átomo de rencor envenenando estas páginas, y eso es lo extraordinario. Quizá porque a lo que de verdad aspiraba Auster al escribir este libro era a comunicarnos una de esas lecciones, tan necesarias como arduas, que nos reconcilian con el pasado y ensanchan nuestra existencia: que quien se esfuerza en comprender ya está en camino de perdonar.  

 

 

 

 

Editorial
Anagrama
Año de Publicación
2012
Categorías
Sinopsis
Una mañana de enero de 1979, el escritor se enteró de que su padre había muerto. Y comenzó a escribir La invención de la soledad, que, como él dice, fue el comienzo de todo. Entre la memoria, el ajuste de cuentas y la investigación de la -novela familiar-, esta obra germinal de todo el edificio literario austeriano se divide en dos partes. En -Retrato de un hombre invisible- se nos descubre el misterio de un asesinato ocurrido en la familia sesenta años antes, un episodio que permite sospechar las claves del frío carácter del padre muerto. En -El libro de la memoria- Auster encadena la reflexión acerca de su papel de hijo con su propia paternidad y la soledad (¿orfandad?) del escritor. -Una emocionante reflexión sobre la paternidad y sobre la muerte, sobre el ejercicio de la memoria y de la escritura-, Miguel Sánchez-Ostiz.
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