Reseñas

La calle de la luna

Kiko Méndez-Monasterio
por:  
Esperanza Ruiz
Editorial
Homo Legens
Año de Publicación
2018
Categorías
Sinopsis
Esta novela es el homenaje a una música y, a través de ella, un viaje (en los dos sentidos) a otra época: los últimos ochenta y los primeros noventa. Es un homenaje, por tanto, con contrapuntos y contrabajos, como tiene que ser. Aquella música era pegadiza (y pegadora) y nos llevaba en volandas. Lo prodigioso de la prosa de Kiko Méndez-Monasterio es que produce el mismo efecto. Nos lleva, sí, pero ahora de vuelta. Yo, entonces, ya notaba la divergencia entre los argumentos tan malotes de aquellas canciones y mi vida de universitario más o menos bueno. En cambio, Luis Peralta, protagonista de estas páginas, vive las letras al pie de la letra, aunque tanta autenticidad sea sólo un pretexto para desenmascarar al joven sensual, desde luego, y sensitivo, por supuesto, pero sobre todo vergonzantemente sensible, que va descubriendo descubriéndonos los destellos de poesía escondida entre el martilleo de las baterías. Mientras, Peralta se deja llevar y a nosotros nos lleva, de vuelta, a una época en la que pudimos cruzarnos con él mil veces en un bar o en una fotocopiadora. Es posible, incluso, que le dejásemos, a regañadientes, nuestros apuntes de Canónico o que nos birlase a una novia, y cuánto se lo agradecemos ahora. A cambio, Luis Peralta o Kiko Méndez-Monasterio nos ha dejado la agridulce melancolía de una juventud milagrosamente recuperada, cuya música ni volveremos a perder ni volverá a perdernos» (Enrique García-Máiquez)

Las melodías nunca se fueron

Temática:
Amor en tiempos de la movida madrileña
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Una copa de whisky Macallan

“La violencia me deja una sensación extraña, de angustia, de vacío… será una chorrada pero es idéntica sensación a la que a veces me deja el sexo, y también el aplauso, los pocos que alguna vez he recibido

 

Llego tarde a La calle de la Luna. El final de las melodías (2006). Esto no es una novedad, yo siempre llego tarde. Antes me gustaba decir, sonriendo, que llegaba diez años tarde a todo. Ahora ya no me hace gracia porque empiezan a ser casi veinte.

De la novela de Kiko Méndez-Monasterio tuve conocimiento en su reedición (Los papeles del sitio, 2018) y la anoté en la lista de libros por leer, esa en la que es mejor no apuntar porque siempre acabas comprando otros. El día de mi cumpleaños, Gabriel Ariza, a cuenta de un artículo, me pidió mi dirección para enviarme un libro sobre Zemmour (El primer sexo) que habían editado en Homo Legens. En el paquete también me enviaba La calle de la Luna.

 

La novela está estructurada como una canción pop y en algunas reseñas se dice que el hilo conductor son las canciones de la vida del protagonista y, de paso, las nuestras. Yo, que a la música le doy una importancia relativa, porque nunca me ha salvado la vida -ni siquiera transportado a ningún estado de ánimo-, he hecho otra lectura.

Quizá por eso quise quedarme a vivir en la dedicatoria. Creo que me sobraba el resto del libro cuando la leí. Porque Kiko resumía en diez palabras mi futuro. Mi futuro aspiracional, eso sí. Todo lo que quiero ser.

 

Quedaría muy literario decir que en el resto del libro resume mi pasado, pero es que es a eso a lo que he venido a este texto. A decir que ese Luis Peralta no es nuestro yo post-adolescente, somos nosotros ahora. Yo he leído el libro en clave de Kiko, no en clave de Luis. Luis es desesperante pero transparente. Y nos deja ver a un Kiko al que luego es difícil sacarse de la cabeza.

 

La lectura -una semana con parones para que no se acabase nunca- ha sido emocionalmente devastadora y luminosa. Lo de devastador encaja muy bien con mi afición al drama, pero temo disuadir a alguno de ustedes con este calificativo y justo lo que pretendo es convencerles de que la lean a toda costa. 

 

Bien es cierto que puede ser leída de un tirón; notarán cómo se encogen sus tripas cada poco, cómo el sistema límbico les pide cuentas o cómo borbotones de recuerdos lo ponen todo perdido. Yo necesité tiempo para que no todos los rincones oscuros de un bar -con Radio Futura de fondo- vinieran a visitarme a la vez y a preguntarme si ahora es como creí entonces. El texto -y la coronaria- requieren que, de vez en cuando, se salga a la calle a fumar un pitillo y a atemperar recuerdos que, dentro del garito, queman.

 

Y no es porque quiero que corran a por ella por lo que no voy a hacer ningún spoiler, es que la narración entera es un spoiler de sus vidas, de lo que ustedes, si no lo son ya, serán. No de lo que fueron. Porque si no descubrieron a los veinte que nada iba a llenar sus vidas, lo descubrirán a los cuarenta.

 

Detecto que en mi generación nos invade la terrible nostalgia de la época universitaria, de toda una sociedad, de una forma de comunicarse, de aproximarse a los demás, de acercarse a otros labios, y que se acrecienta con cada giro inhóspito y delirante que da esta sociedad posmoderna. De todas formas, yo creo que a partir de los cuarenta es siempre así: vivir en la melancolía. La diferencia es que, aunque como Luis Peralta podíamos intuir que no había mucho más, que estaba todo el “pescado vendido”, aún no estábamos rotos. La intuición nunca es una seguridad, siempre deja un resquicio para que pase la luz, por eso sigue habiendo búsqueda, aunque la propia búsqueda se sepa errática y estéril. Ahora las cicatrices lo tapan todo. Sabemos que ya no seremos amados como únicos y que a pesar de que sigamos calificando cosas, momentos y amores como “los de nuestra vida”, lo haremos solo para que nada se desmorone del todo y el mundo pueda seguir girando.

                      

 

Si ustedes no tienen noches que esconder, si esa etapa está amortizada, resuelta y la deuda con su pasado saldada, disfrutarán de la vida de un chico de provincias en el Madrid de principios de los 90 a golpe de melodías y de una prosa hipnotizante. Quizá cuesta media página entrar en ella -porque sorprende, pilla con la guardia baja y no es más de lo mismo- pero que, en cualquier caso, recrea, da verosimilitud al contexto y causa admiración.

 

Por mi parte, en cambio, si volviera a esa época, elegiría ser uno de los pibones de La calle de la Luna. Valencia, en mi caso, al igual que el Madrid de Peralta, también creció conmigo.

 

Yo debí ser guapa entonces, no ahora. La cosa no se solventa igual si estás buena en la universidad y esos años se cierran en falso. La calle de la Luna te permite ajustar cuentas con ese pasado. Da en la línea de flotación porque te lleva al tiempo en que las posibilidades eran concebidas como un derecho y luego te pasa la factura por ser así de idiota.

 

Luis Peralta pasa la novela preguntándose “para qué” y estoy segura de que Kiko Méndez-Monasterio no tiene la respuesta. Lo sé porque yo también me lo preguntaba.

En un momento dado de La calle de la Luna me vino a la cabeza la novela de El guardián entre el centeno. Méndez-Monasterio confirma en algunos de sus artículos que es un entusiasta de la novela de Salinger. Pero es que Luis Peralta no es Holden Caulfield. Hay un nihilismo gilipollas, que es el americano, y luego está el nuestro. Nuestro nihilismo siempre tiene a Cristo en algún lugar, aunque a veces sea muy remoto, o esté en un altillo al que no alcanzamos, pero es por eso por lo que nunca nos pegamos un tiro.

 

Peralta recuerda a Caulfield en su misantropía, pero y ¿quién no lo es? Hay que conocerse muy poco para no pensar que, si nosotros, que somos mejores, somos insoportables, cómo serán los demás, que encima son horteras e ingenuos. Si El guardián entre el centeno es una novela generacional americana, La calle de la Luna es la novela de la generación de los sueños rotos española. La generación que ya no moría drogada en un portal, moría estafada por el consumismo. La que, en el mejor de los casos, se redimirá a los cuarenta.

 

“Lloraba, Mónica, porque estábamos lejísimos el uno del otro, y nada de lo que hicieran nuestros cuerpos podía ya evitarlo. Nos quedamos en silencio, abrazados, durante un rato”.

 

No voy a descubrirles que Méndez-Monasterio es el mejor escritor de nuestra época, pero no por eso les va a dejar menos maravillados la prosa del final de las melodías. Con sus momentos brillantes -el personaje del tío Agustín es una obra de arte- y sus dedicatorias para quedarse a vivir.

 

Por cierto, mi edición está prologada por Enrique García-Máiquez. Les deseo la misma suerte con la suya.

 

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