Reseñas

Jardín de versos para niños (copia)

Editorial
Año de Publicación
2017
Categorías
Sinopsis
Algunos de los poemas de este libro figuran entre los más conocidos, recordados y memorizados por los lectores de habla inglesa. Publicado originalmente en 1896, ha sido reeditado en numerosas ocasiones. Esta edición de 2017 reproduce a plana y renglón la británica de 1896, ilustrada por Charles Robinson.

Una infancia de luz, un escocés brillante y tenaz

De qué va:
La infancia de RL Stevenson recogida en verso
Te gustará si:
Te gusta ver el vaso medio lleno
Dónde leerlo:
Debajo de un árbol
Acompáñalo de:
Una naranja de las buenas

En 1885 Pall Mall Gazette publicó anónimamente una reseña estupenda de William Archer sobre el Jardín de versos para niños, de Robert Louis Stevenson. A Stevenson, que se quedó como loco cuando la leyó, le faltó tiempo para escribir al periódico y averiguar el nombre de su autor: “¿Pero quién es usted?”. La reseña era buena y es lógico que le gustase, pero había algo en ella que creo que el autor escocés apreció particularmente: el hincapié de Archer en la alegría que se desprende de sus versos. Nadie podría reprocharle a Stevenson que se hubiese recreado en el dolor y la soledad de las largas temporadas que pasó en cama, enfermo y bastante solo, a lo largo de su infancia. Por suerte para nosotros, el escocés tenía un carácter brillante y tenaz con el que contrarrestaba la mala salud que le acompañó hasta que murió en Samoa, a los 44 años. En la carta que le envió a Archer para darle las gracias por su reseña queda claro que, efectivamente, el crítico había dado en la tecla. “Tiene usted mucha razón sobre mi aversión voluntaria al lado doloroso de la vida”, le dice, y continúa insistiendo en la necesidad de intentar recordar los placeres en lugar de los sufrimientos. Acaba con una cita de Thoreau: “¿Qué razón tengo yo para quejarme, yo, que no he dejado de maravillarme?”. 

 

Esa mirada abierta a maravillarse con la que Stevenson recorrió su vida se trasladaba sin dificultad a sus cartas, a sus ensayos o novelas, a su poesía. Y sospecho que le fue muy útil a la hora de escribir Jardín de versos para niños, que tiene el tono sencillo de un niño que escribe para otros niños. Los poemas de este jardín repasan sin aparente esfuerzo los recuerdos de su niñez, tan particular, por un lado, pero tan parecida a la de muchos de nosotros, por otro: la imaginación, la alegría, los días largos llenos de juegos, las pocas ganas de irse a la cama o la sensación de soledad metido en su cama de noche.

 

Un par de años antes de su primera edición, en 1883, Stevenson escribe a su niñera, Alison Cunningham, –o Cummy, como la llamaba él afectuosamente–. A ella iban dedicados los versos, y en el poema de la dedicatoria encuentro algunos de mis favoritos: “Por las muchas penas en que me amparaste/Por tu compasión, porque me cuidaste/Por los muchos libros que tú me leíste/En aquellos días felices y tristes”. En esta carta le cuenta que ha añadido algunos poemas más, y que le gustaría que la editorial se diese prisa en publicarlo pero no encuentran ilustrador, y sin ilustraciones ningún niño querrá leerlo. De paso, aprovecha para pincharla cariñosamente diciéndole que la dedicatoria es también un poema y que lleva escrito un tiempo, pero que no se lo piensa enseñar hasta que esté publicado, como cuando ella le decía que dejase la mermelada para el final; que ahí lleva un poco de su propia medicina. Hay otra carta preciosa en la que le dice que si alguna vez siente pena por no haber tenido un hijo propio, que piense que para él fue tan importante como si lo hubiese concebido, y que le está más agradecido de lo que muchos hijos están a sus madres. Según la madre de Stevenson, sus profesores encontraban más agradable charlar con él que enseñarle. Uno de ellos dijo de él que era el niño más encantador que había conocido nunca, y a juzgar por las cartas a su niñera parece que lo siguió siendo el resto de su vida.

 

La idea había sido, efectivamente, publicar el libro acompañado de ilustraciones, pero esto no pudo ser hasta 1896, dos años después de la muerte de Stevenson. El responsable de ilustrarlo fue Charles Robinson, a quien le vino divinamente. Hijo y hermano de ilustradores, Robinson había conseguido una plaza en la Royal Academy que no pudo aceptar porque no tenía cómo pagarla. Jardín de versos para niños, que tuvo muchísimo éxito, fue su primer encargo, y a partir de aquí le surgieron muchísimos más. La edición de Hiperión de 2017, con la traducción de Jesús Munárriz, está impresa en un papel muy gustoso y rescata las ilustraciones de Robinson, que le van perfectas a los versos en ese estilo modernista inglés de la época tan preciosísimo. 

 

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