Reseñas

El samurai

Shusaku Endo
Editorial
Edhasa
Año de Publicación
Categorías
Sinopsis
Shusaku Endo (1923-1996) es uno de los grandes clásicos contemporáneos de la literatura japonesa. Después de graduarse en literatura francesa en la Universidad de Kio, estudió durante tres años en Lyon, becado por el gobierno japonés. Perteneciente a la llamada ?tercera generación?, su obra se singulariza por recrear las experiencias y reflejar la vida de la minoría católica en Japón, con particular sensibilidad para explorar los grandes dilemas morales a que se enfrentan sus personajes. Sus novelas han sido traducidas al inglés, francés, ruso y sueco, entre otras lenguas, y le han hecho merecedor de algunos de los premios más importantes de su país (el Akutagawa, el Mainichi, el Sincho, el Tanizaki). Su vida y obra son las protagonistas del Museo Literario Shusaku Endo (en Sotome, Nagasaki). En Narrativas Históricas Edhasa se han publicado sus novelas El samurái y Silencio.

¿Por qué no hay católicos en Japón? La novela

Temática
Viaje por la cristiandad del XVII de un grupo de japoneses
Te gustará si
Te gusta la novela histórica y las intrigas religiosas
Dónde leerlo:
Bajo un almendro, que es lo más parecido a un cerezo.
Acompáñalo de:
Muchos y ceremoniosos traguitos de sake. 

El primer misionero en pisar Japón fue nada menos que san Francisco Javier en 1549. Casi medio milenio después, los católicos representan el 0,5% de la población, y aunque es desaconsejable sopesar la obra divina desde una perspectiva humana, no parecen datos como para sacar pecho. En la vecina Corea del Sur, por ejemplo, el 15% venera a la Virgen María. En China, no siendo por varias razones buen elemento de comparación, habitan siete millones de católicos y creciendo. ¿Qué pasa pues en Japón? ¿Tan pedregosa es aquella tierra?

Dos, y no excluyentes, pueden ser las razones. Por un lado, la historia: tras un siglo de expansión del catolicismo por el archipiélago, Japón cambió el rumbo, dio la espalda a cualquier influencia extranjera y los cristianos fueron perseguidos desde entonces y hasta bien entrado el siglo XIX. Lo anterior podría explicar parte de la situación, pero aún no bastaría para resolver la insignificancia católica en la actualidad. De ahí que algunos especialistas apunten a una posible incompatibilidad del alma japonesa con las enseñanzas cristianas. Ya puedes predicar hasta quedarte afónico, ya puedes empapar aquella tierra con la sangre de miles de mártires que servirá de poco. El espíritu japonés, o lo que quiera que tenga aquel pueblo dentro, sería impermeable a la Buena Nueva, por estar cortado según el patrón del sintoísmo o por lo que sea, pero impermeable al fin y al cabo.

Y uno de los mejores situados para dilucidar la cuestión fue el novelista Shūsaku Endō, por católico, por japonés y porque la incógnita está en el fondo de sus dos obras más celebradas: Silencio (1966) y El samurái (1980). La primera es una obra maestra casi unánime ambientada en las persecuciones del siglo XVII tras la Rebelión de Shimabara. Sin embargo, es en la segunda donde más directamente se aborda, y a mi parecer se resuelve, el interrogante que estamos planteando.

Narra el viaje de cuatro samuráis por Centroamérica, España e Italia en calidad de emisarios de uno de los señores feudales. La comitiva es guiada por el padre Velasco, un franciscano que ambiciona la mitra de la diócesis de Japón y que espera cambiar la política de Roma, que por aquel entonces parecía decidida a no enviar misioneros hasta que cesaran las persecuciones. Por su parte, Japón, o más bien parte de su atomizado gobierno, pretendía establecer relaciones comerciales con Nueva España, a cambio de lo cual se comprometía, con la boca chica, minúscula, a tolerar el catolicismo en la región.

Los dos protagonistas, el samurái Hasekura Tsunenaga y el padre Velasco, en realidad se mueven por las entrañas de un conflicto político que les supera y cuyas dimensiones no son capaces de ver ni ponderar. Y pese a que ambos funcionan como peones en el tablero internacional y hacen kilómetros y más kilómetros alrededor del globo, la novela tiene mucho de introspección. Es, como suele ser habitual, un viaje hacia delante y hacia dentro.

Puede verse también como un dueto. Por un lado la voz oriunda del samurái, terrenal y resignada; por otro la española, encelada y ardiente del franciscano. El primero se embarca por obediencia y porque espera que, de tener éxito, le sean devueltas ciertas tierras a su familia. El problema es que, a base de patear la cristiandad y toparse con aquel cadáver feo y machacado en cada habitación, se acaba preguntando qué habrá en esa divinidad derrotada para haber enajenado a Occidente. Y esa pregunta le hará un descosido que ya no hará sino agrandarse con cada movimiento que haga por pequeño que sea.

Por su parte, el padre Velasco capitanea el viaje por varias razones, todas ciertas y casi todas contradictorias. Es lo normal, más aún cuando se trata de la parte occidental de la novela, esto es, la parte más transparente, la más humana o, al menos, la que nos es más semejante. Velasco quiere ser obispo del Japón en parte por orgullo y en parte para enmendar la plana a los jesuitas; también porque ve a los japoneses como los nuevos paganos y a él como Pablo redivivo. O quizá lo haga sencillamente porque ama a Cristo, con el corazón atrofiado de los hombres, pero lo ama. Además siente una compasión sincera por esos pobres conversos, huérfanos, sin consuelo ni sacramentos. Aunque, a la hora de poner la mano en el fuego, todo lo anterior puede ser secundario si consideramos que Japón se le resiste, y la resistencia, como hombre pasional que es, lo pone a temperatura de fragua.

A la sombra de ambos protagonistas, de sus pretensiones y sus viajes, vamos recogiendo las posibles razones de que el cristianismo no eche raíces en las islas del sol naciente. Hay que espigarlas aquí y allá hasta que llega el padre Valente, jesuita y némesis de Velasco, y zanja: “Los japoneses carecen por completo de sensibilidad a lo absoluto […] Fue muy sencillo enseñarles que esta vida es transitoria. Siempre han tenido sensibilidad para apreciarlo. Lo aterrador es que los japoneses tienen también la capacidad, de aceptar la brevedad de la vida, e incluso de gozar de esta brevedad. Tan profunda es esa capacidad, que han escrito mucha poesía inspirada por esa idea. Sin embargo, no intentan dar el paso siguiente. No desean hacerlo”. Ah, qué extraño pueblo. Es como si ya hubiera tragado y digerido una muerte que el resto tenemos atravesada en la garganta. Pueblo de vividores, suicidas y poetas.

 

 

 

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Shusaku Endo (1923-1996) es uno de los grandes clásicos contemporáneos de la literatura japonesa. Después de graduarse en literatura francesa en la Universidad de Kio, estudió durante tres años en Lyon, becado por el gobierno japonés. Perteneciente a la llamada ?tercera generación?, su obra se singulariza por recrear las experiencias y reflejar la vida de la minoría católica en Japón, con particular sensibilidad para explorar los grandes dilemas morales a que se enfrentan sus personajes. Sus novelas han sido traducidas al inglés, francés, ruso y sueco, entre otras lenguas, y le han hecho merecedor de algunos de los premios más importantes de su país (el Akutagawa, el Mainichi, el Sincho, el Tanizaki). Su vida y obra son las protagonistas del Museo Literario Shusaku Endo (en Sotome, Nagasaki). En Narrativas Históricas Edhasa se han publicado sus novelas El samurái y Silencio.
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