Reseñas

El hombre del salto

Don Delillo
Editorial
Año de Publicación
2010
Categorías
Sinopsis
Keith Neudecker emerge de una enorme nube de humo aferrándose a un maletín y, cubierto de cenizas y cristales rotos, deambula confuso por las calles de Manhattan hasta llegar, sin saber cómo ni por qué, a la casa de su mujer, de la que lleva un tiempo separado, y de su hijo. Es el 11 de septiembre de 2001. El mundo ha cambiado para siempre. Ya no hay un antes, tan sólo queda un después. ¿Pero cómo imaginarlo siquiera? El hombre del salto es una novela que sobrecoge, asombra, hipnotiza. Don DeLillo esculpe cada palabra para contar cómo la devastación afecta las vidas de un pequeño grupo de personas entre las que se encuentra la familia de Keith, pero también abre una ventana a la paradójica normalidad con que uno de los terroristas, Hammad, se prepara para el martirio. La crítica ya considera El hombre del salto como la mejor novela de DeLillo, calificándola de -obra maestra-, atribuyéndole la capacidad que sólo los grandes novelistas tienen de ayudarnos a comprender y fijar nuestra propia historia.

LA MAÑANA EN QUE CAYERON LAS TORRES

Temática:
El efecto de los atentados del 11-S sobre las vidas de algunos de sus testigos más próximos.
Te gustará si:
Te interesa asomar a la intrahistoria que se oculta tras los grandes acontecimientos.
Léelo mientras escuchas:
Algo que no sea música étnica (si lees la novela, entenderás por qué).
Acompáñalo de:
Una taza de café.

Un hombre emerge de un mundo de ceniza y estruendo, en mitad de una lluvia de papeles y del aire que apesta a carburante en llamas, un hombre con traje y un maletín en la mano, un maletín que no es suyo y del que todavía no sabe qué hará con él, como tampoco sabe hacia dónde dirige sus pasos ahora, en mitad de un decorado que se derrumba y de los gritos y las sirenas y la gente que corre aterrorizada. Es el comienzo de El hombre del salto, la novela en la que su autor, el escritor norteamericano Don DeLillo, nos arroja al centro mismo de la catástrofe que marcó de manera traumática el final de un siglo ya de por sí convulso y sangriento, el atentado contra las Torres Gemelas del World Trade Center aquella mañana de septiembre de 2001 en que lucía sobre Manhattan un cielo resplandeciente.

Esas primeras líneas de la novela acometen la gesta de describir lo indescriptible. A golpe de una sintaxis casi puntillista, los pasajes resultantes cincelan el escenario de lo inexpresable: “Esto era el mundo ahora. El humo y la ceniza venían rodando por las calles, doblando las esquinas, sísmicas oleadas de humo, con destellos de papel de oficina, folios normales con el borde cortante, pasando en vuelo rasante, revoloteando, cosas no de este mundo en el fúnebre cobertor de la mañana”. El libro apareció publicado en 2007 y es posible que con esa referencia a las cosas que no son “de este mundo” el narrador nos estuviera anunciando su intento de dar cabida en la novela a todo aquello que quedó fuera de las imágenes que vimos repetidas hasta la saciedad. Todo aquello, en fin, de lo que sólo la literatura puede intentar dar testimonio.

El hombre del salto es una historia acerca de la conmoción que los atentados del 11-S provocaron en las vidas de quienes los sufrieron más de cerca. El protagonista, Keith Neudecker, el hombre recién salido de una de las torres que al cabo de unos minutos se desmoronará sobre su base, se va a convertir en el símbolo de un mundo cuyos cimientos también acaban de resquebrajarse. En la novela seguiremos el rastro de su proceder errático, la insistencia en un extravío vital que probablemente ya había comenzado antes de aquella mañana. Pronto entra en escena su mujer, Lianne, de la que lleva un tiempo separado, y en cuya casa Keith se presenta justo después del atentado, sin que pueda explicar qué es lo que le ha empujado a llamar a su puerta. Sobre la conciencia de estos dos personajes, a través de una escritura fragmentada, en ocasiones telegráfica, en la que los pensamientos, las frases y hasta las escenas tienden a quedar en suspenso, se irá desplegando la nueva realidad surgida de un hecho que desborda la capacidad de asimilación de los personajes.

No obstante, esa incapacidad no les exime del intento de buscar explicaciones. “Un lado tiene el capital, el trabajo, la tecnología, los ejércitos, las instituciones, las ciudades, las leyes, la policía y las cárceles. El otro tiene a unos cuantos hombres dispuestos a morir”, sintetiza en un determinado momento de la novela uno de los personajes secundarios –de manera algo simplista, sin duda, pero reveladora al mismo tiempo de que es precisamente esa gigantesca desproporción en el reparto de las fuerzas lo que evidencia con un énfasis escandaloso la terrible fragilidad de nuestras sociedades. A lo que hay que añadir algunos esfuerzos -baldíos, irónicos, desalentados- por penetrar en las motivaciones de los criminales: “Primero te matan, luego tratas de comprenderlos. Quizá con el tiempo, acabes aprendiéndote sus nombres. Pero antes tienen que matarte”.

Más adelante, cuando parece que ya está trazada la línea por la que va a discurrir la historia, se produce un giro narrativo que introduce en la obra una perspectiva inesperada. De improviso, nos descubrimos inmersos en la vida de Hammad, uno de los terroristas que cometerán el atentado. Las circunstancias externas de su existencia, durante los meses previos al 11-S, importan menos que el modo en que la voz del narrador explora los vericuetos de una psicología a todas luces alienada, pero alejada de ciertos estereotipos en que quizá hubiera incurrido un autor de menos talento que DeLillo. El estilo no cambia: las frases afiladas, los fragmentos elusivos, la engañosa impresión de laconismo. Por lo demás, esta exposición sincopada de los hechos puede llegar a resultar irritante para el lector o, por contra, puede envolverlo en una atmósfera densa y magnética dentro de la cual cada palabra invita a ser saboreada, apreciada en la inquietante y concisa exactitud con que pone ante nuestros ojos los pormenores que van fraguando un desenlace que no por conocido deja de mantenernos en suspenso: “Algunos de los hombres que pasaban por el piso eran peligrosos para el Estado. Leían los textos, disparaban las armas. Seguramente estaban siendo vigilados, el teléfono pinchado, las señales interceptadas. Preferían de todas formas hablar en directo (…). Un hombre llega de Kandahar, otro de Riyadh. Nos encontramos directamente en el piso o en la mezquita. El Estado posee fibras ópticas pero el poder es impotente contra nosotros. Cuando mayor es el poder, más impotente. Nos encontramos por los ojos, por la palabra y la mirada”.

Así fue como sucedió, ahora lo sabemos. Burlando todos los controles, pertrechados con una astucia primaria y un desprecio absoluto por la vida, los terroristas acertaron a encontrar los resquicios necesarios a través de los cuales perpetrar lo inconcebible. Acabaron, en solo una mañana, con nuestra un tanto prepotente sugestión de invulnerabilidad. Y el hecho de que ahora lo sepamos no resta un ápice de interés a la novela. Porque no se trata de un documento con pretensiones de aportar nuevos datos a lo ya conocido. Lo que DeLillo describe en El hombre del salto –y es la hipnótica minuciosidad con que lo hace lo que la convierte en una novela fascinante- es el impacto de lo atroz en las vidas de unos personajes a los que el azar situó en el vórtice de uno de esos periódicos sacudimientos con que la Historia cambia inesperadamente su curso, y el modo en que intentaron afrontarlo. Fue una ruptura dramática en sus vidas y un antes y un después en el devenir impredecible de nuestra civilización: la pérdida definitiva de los últimos vestigios de inocencia, el brusco despertar a un tiempo en el que ya nada sería como antes. Fueron aquellos aviones viniendo desde el Hudson, atravesando en una exhalación de plata la deslumbrante transparencia de la mañana neoyorquina. Pero sobre todo fue el segundo avión. Él fue, como sentencia el protagonista de la novela, el que lo cambió todo: “El segundo avión, para cuando aparece el segundo avión –dijo él-, ya somos todos un poco más viejos y sabemos más”.

Editorial
Año de Publicación
2010
Categorías
Sinopsis
Keith Neudecker emerge de una enorme nube de humo aferrándose a un maletín y, cubierto de cenizas y cristales rotos, deambula confuso por las calles de Manhattan hasta llegar, sin saber cómo ni por qué, a la casa de su mujer, de la que lleva un tiempo separado, y de su hijo. Es el 11 de septiembre de 2001. El mundo ha cambiado para siempre. Ya no hay un antes, tan sólo queda un después. ¿Pero cómo imaginarlo siquiera? El hombre del salto es una novela que sobrecoge, asombra, hipnotiza. Don DeLillo esculpe cada palabra para contar cómo la devastación afecta las vidas de un pequeño grupo de personas entre las que se encuentra la familia de Keith, pero también abre una ventana a la paradójica normalidad con que uno de los terroristas, Hammad, se prepara para el martirio. La crítica ya considera El hombre del salto como la mejor novela de DeLillo, calificándola de -obra maestra-, atribuyéndole la capacidad que sólo los grandes novelistas tienen de ayudarnos a comprender y fijar nuestra propia historia.
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