Reseñas

El diario de Greg

Jeff Kinney
Editorial
Molino
Año de Publicación
2008
Categorías
Sinopsis
En primer lugar, quiero dejar una cosa bien clara: esto no es un diar io. Ya sé lo que pone en la portada. Mira que cuando Mamá lo fue a com prar le pedí DE MANERA ESPECÍFICA que si compraba una libreta no tuvie ra el rotulito de diario.- Greg Heffley tiene 12 años y su madre le co mpra un diario que abarcará un curso escolar: de septiembre a junio. C onoceremos a Greg a través de las hilarantes y enternecedoras desventu ras que narra e ilustra en su libreta. Estamos ante un retrato cómico de la vida, la voz y las costumbres de los niños preadolescentes. Este debut hará a todo el mundo troncharse de risa.

Que lean lo que quieran

De qué va:
La dura vida del colegio (matones, pringados, padres y profesores)
Te gustará si:
Si aún tienes la mala suerte de ir al colegio
Dónde leerlo:
En clase de mates, con mucho cuidado de que no te trinquen
Acompáñalo:
Los muslitos de pollo favoritos de Greg

¿Estamos dispuesto a aceptar que un libro que detestamos pueda ser la entrada de nuestros hijos a la lectura? Jeff Kinney publicó el primer Diario de Greg en 2007. Han pasado 13 años y la serie la componen hoy 15 libros de los que se han impreso más de 200 millones de ejemplares que están disponibles en 64 idiomas. Los diarios narran las desventuras de la adolescencia de Greg y su mejor amigo, Rowley, en el colegio y en la familia, y están a medio camino entre la novela y la tira cómica: hay mucho dibujo y mucho espacio en blanco, y los párrafos son breves, directos y muy coloquiales. Pero no están mal escritos; Kinney se pasó seis años trabajando en el primero antes de enseñárselo a un editor, y se nota.
 

En un principio, Kinney pensó en el Diario de Greg como una serie de recuerdos divertidos y nostálgicos de la época del colegio dirigida a un público adulto. Nunca se le pasó por la cabeza que estaba escribiendo un libro para niños, y quizá esa sea la razón de que haya tocado una tecla con millones de ellos en todo el mundo: en lugar de intentar enseñar nada, se centró en sacarle punta a la parte graciosa de las malas decisiones que suelen tomar los niños. Con Greg volvemos a toparnos de nuevo con un autor que no intenta inculcar valores (Pippi Calzaslargas, ¡Abajo el colejio!), con unos padres a los que les parece que estos libros son muy mal ejemplo y con un libro que triunfa mientras lo miramos por encima del hombro. 

 

Mucho me temo que durante un tiempo fui una de estos últimos, y tengo que decir que sin haberme tomado la molestia de leerlos siquiera. Me cuesta trabajo ver cómo mis hijos escogen una y otra vez libros que considero malos en lugar de otros que me parecen mejores. Nunca pensé que sería tan pesada porque, como tantos otros, me pasé la infancia leyendo lo que me daba la gana y si alguien se hubiese empeñado en que leyese algo concreto habría hecho exactamente lo contrario. Flotaba por casa como un espíritu libre picoteando de las estanterías y decidiendo lo siguiente que me iba a leer sin la más mínima presión: desde las novelas de Agatha Christie de mi abuela a los cómics eróticos del hijo de la casera, pasando por Diario de un cazador o La venganza de Don Mendo; escogía lectura alegremente, sin orden ni criterio. No creo que ninguna me hiciese mal –ni siquiera los cómics de Juan Pedro–, pero siempre me ha pesado mucho todo lo que no leí: 101 dálmatasPapá Piernas LargasEl jardín secretoMary PoppinsLos tres mosqueterosRonja, la hija del bandolero, El castillo soñado… son libros que me habrían chiflado de pequeña, pero nunca llegué a ellos porque no sabía que existían y por eso he intentado a toda costa que mis hijos los tuvieran a mano desde el primer día. 


No parece muy inteligente mirar por encima del hombro a una serie que es la responsable de que muchísimos niños que no cogían un libro ni muertos empezasen a leer de forma entusiasta en cuanto dieron con ella. Sus lectores van de los ocho a los 12 años, que es la edad a la que la mayoría de los niños dejan de leer. Gregorio Luri sostiene –y tiendo a estar muy de acuerdo con él– que una de las razones por las que lo dejan es que nos apoyamos demasiado en el aspecto divertido o entretenido de la lectura para venderle el tema a los niños, y que esto es un error porque hay cientos de cosas, tan divertidas o más, que requieren mucho menos esfuerzo. A primera vista, el Diario de Greg entraría en esta categoría de puro entretenimiento. Pero aunque esto sea cierto, no puedo evitar pensar que da igual la puerta por la que uno se asome a la lectura; nunca se sabe adónde nos va a llevar cada cosa. Y estoy convencida de que es más fácil que vuelva a leer –una vez pasado el jaleo vital de la adolescencia– alguien que asocia haber leído con haber pasado muy buenos ratos que alguien cuya experiencia ha sido que los libros son un ladrillo. Es probable que Luri tenga razón y nos falte una pedagogía de la literatura, pero mientras sí y mientras no yo diría que lo mejor que podemos hacer es abrirles el mayor número de puertas posibles para que sepan la cantidad de sitios fantásticos a los que se puede llegar leyendo. Algo que es imposible si solo abren un libro en su vida y tienen la mala suerte de dar con uno que no les guste. Así que si el zangolotino de Greg sirve de entrada a esos niños a los que de otro modo no se les ocurriría abrir un libro, ¿qué más se le puede pedir? 

 

 

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