Reseñas

El arte como terapia

Alain de Botton
Editorial
Phaidon
Año de Publicación
2017
Sinopsis

Un nuevo formato para El arte como terapia, el libro que responde a la pregunta ¿Para qué sirve el arte? Una historia del arte desde un punto diferente. Cautivador, entretenido y un poco controvertido, El arte como terapia contiene 150 ejemplos de obras maestras del arte, el diseño y la arquitectura distribuidos en capítulos sobre el Amor, el Dinero y la Política que nos enseñan cómo el arte puede ayudarnos con las dificultades diarias en nuestras relaciones, en la búsqueda de la felicidad y en cómo hacer las paces con la idea de nuestra propia mortalidad. Este libro busca la forma de desarrollar un mejor conocimiento del arte y de nosotros mismos. Tras su lectura, miraremos a las obras de arte desde otra perspectiva que nos hará disfrutarlas más.

Cómo darle la vuelta a nuestro enfoque del arte y empezar a disfrutarlo

De qué va:
Este libro busca la forma de ayudarnos a desarrollar un mejor conocimiento del arte y de nosotros mismos.
Te gustará si:
Tienes un mínimo interés por el arte y te gustaría entenderlo mejor.
Dónde leerlo:
En cualquier terraza, levantando la vista de vez en cuando para mirar pasar a la gente.
Acompáñalo de:
Una cerveza fresquita.

Me encanta Alain de Botton porque tiene la habilidad de llevarte de la mano por caminos que intuías que existían, pero que no tenías claro por dónde pasaban exactamente. La religión, los viajes, el amor, la arquitectura. Sus libros son una delicia y en YouTube hay cientos de vídeos de su School of Life que tienen muchísimo peligro, porque empiezas viendo uno –Why you will marry the wrong person es perfecto para romper el hielo– y acabas levantándote 20 vídeos después con los niños sin bañar y la cena por hacer. Según quién nos lo cuente, De Botton es un filósofo pop o un autor que se dedica al tema de la autoayuda, pero muchos lo vemos como un señor bastante fuera de lo común con un don al que ha sabido sacarle partido, por suerte para nosotros –y para él–. Es difícil dar con alguien que tenga esa claridad de ideas, esa mente tan abierta, esa curiosidad por todo lo que le rodea. Qué bueno que esta persona no solo exista sino que, además, comparta con nosotros esa facilidad para hacer accesibles los temas más complejos, o para fijarse en cosas que en principio pueden parecer de lo más banales pero que, después de pasar por sus manos, acaban llevándonos a las conclusiones más reveladoras. 

Hay un podcast por ahí en el que el entrevistador le pregunta en un momento dado qué le parece que sus colegas filósofos lo consideren poco menos que un gurú de la autoayuda. Él se para un momento y comienza su respuesta con un “Bless them” en el que casi puedes oír su sonrisa. Es el “que les den” más elegante que he oído nunca. Nos seguimos empeñando en desprestigiar aquello que no conocemos del todo pero nos suena a algo a lo que debemos oponernos, y el campo de la autoayuda está tan lleno de minas que es normal que se nos pongan las orejas de punta cuando oímos que alguien se dedica a él. Pero si en lugar de decidir por reacción –no vayan a pensar que nosotros leemos ese tipo de libro– atendiésemos un poco más, quizá no desdeñaríamos con tanta alegría cosas que en realidad nos pueden venir muy bien. Porque De Botton nos viene bien a todos. 

 

Llevo varios meses con El arte como terapia (Phaidon, 2019), que De Botton firma con el historiador del arte John Armstrong, leyendo poco a poco, subrayando, disfrutando. El libro se publicó por primera vez en España en 2014, pero la edición que tengo en mis manos es de hace un par de años y tiene un tamaño muy bueno para leer y para no perderte los detalles de las obras de arte que acompañan al texto, y que son fundamentales para seguirlo sin perdernos nada. De Botton y Armstrong parten de la idea de que desde el siglo XX nuestra relación con el arte se ha ido debilitando “por una profunda renuncia institucional a abordar la cuestión de para qué sirve”. Es verdad que está regular visto que el arte tenga que servir para algo, y sin embargo a lo largo de la historia el arte ha tenido casi siempre un propósito. El ejemplo más claro es el del arte al servicio de la religión y, de hecho, lo que De Botton propone es que lo pongamos al servicio de la psicología. Que convirtamos el arte en algo a lo que podemos acudir para encontrar consuelo o reconciliarnos con la muerte, para despertar nuestros sentidos y nuestra imaginación, para intentar entender a los demás. Es una idea muy ambiciosa, por decirlo suavemente, y no sé yo cuánto de posible, pero me gusta el planteamiento porque creo que es cierto que la mayoría de nosotros entramos en los museos sin saber muy bien cómo debemos comportarnos, no muy seguros de lo que deberíamos estar pensando delante de esta obra o aquella.  

 

De El arte como terapia me quedo con muchas ideas, pero aquí me gustaría dejarles con un breve repaso de las siete debilidades psicológicas con las que, según De Botton, podría ayudarnos el arte. No es un repaso equilibrado –como puede verse, unas debilidades me importan más que otras–, pero les animo a que se hagan con el libro. Tiene muchísima miga y estoy segura de que los autores tocan temas que nos interesan a todos, aunque me divertiría mucho ver qué cosas subrayamos cada uno, porque daría para unas conversaciones larguísimas y estupendas. 

 

Recuerdo:

“Para recordar las cosas realmente importantes.” 

 

Esperanza:

“La categoría artística más popular y duradera es la de lo bonito, lo alegre y lo agradable”, pero “el gusto por lo bonito se suele considerar un signo de baja exigencia.” De Botton argumenta que una de las razones por la que esto es así es el miedo a que podamos darnos por satisfechos y alegrarnos con demasiada facilidad: que asumamos una perspectiva demasiado optimista de la vida y el mundo. Sin embargo, según él lo que nos pasa es exactamente lo contrario: la mayor parte del tiempo padecemos un exceso de pesadumbre y, por lo tanto, “la alegría es un logro en sí mismo y la esperanza es algo que se debe celebrar”. 

 

Tristeza:

“El arte puede enseñarnos a sufrir de forma más provechosa.” No puedo estar más de acuerdo con la reflexión de que muchas situaciones tristes empeoran cuando nos parece que las sufrimos en solitario. Nos sentimos peores personas y nos convencemos a nosotros mismos “de nuestro carácter malvado y depravado de manera que nuestro sufrimiento (…) parece deberse a una anormalidad nuestra”. 

 

Reequlibrio:

El arte sirve para devolvernos el equilibrio emocional. Me gusta mucho esta idea según la cual nuestros gustos artísticos dependen en gran medida de nuestras carencias emocionales, y que estas determinan en cierto modo qué partes nuestras necesitan estimulación y énfasis. Me quedo con que, aunque lleguemos a entender –más o menos– por qué nos gustan más un tipo de obras que otras, nuestro sentido de lo que consideramos bello no va a cambiar, pero lo que sí puede pasar es que no seamos tan ligeros a la hora de menospreciar lo que le gusta a otras personas.

 

Conocimiento de uno mismo:

“Cuando sentimos afinidad por un objeto es porque los valores que percibimos en él son más claros de lo que suelen serlo en nuestra mente.” Nunca se me habría ocurrido así, pero tiene sentido entonces la idea que desarrollan más adelante: si el arte tiene la capacidad de ayudarnos a entendernos a nosotros mismos y, por tanto, de comunicar quiénes somos a los demás, es lógico que dediquemos tanto tiempo y tanto cuidado a las obras y los objetos de los que nos rodeamos en nuestro hogar.  

 

Crecimiento:

Los autores sostienen que la hostilidad hacia los géneros artísticos puede venir de experiencias dolorosas, y que el problema de estos episodios negativos es que pueden llegar a contaminar una parte desproporcionada de nuestras vidas y despiertan en nosotros comportamientos defensivos. Intentar entender por qué una obra determinada nos produce rechazo en lugar de tacharla directamente y mirar en otra dirección nos puede ayudar a crecer, a superar, en cierto modo, estos recuerdos negativos que estamos asociando con una obra determinada. Nos puede ayudar intentar encontrar un punto en común con el autor o con el tema de la obra en lugar de apartar la mirada y no volver a pensar en ella. 

 

Apreciación:

“El poder del arte reside en reconocer el valor esquivo, pero real, de la vida cotidiana.” Me gusta como se señala como una de las mayores causas de infelicidad la dificultad para percibir lo que nos rodea y la capacidad para imaginarnos que siempre lo de los demás es mejor que lo nuestro. “Es propio de las sociedades dominadas por los medios de comunicación que, por definición, nos veamos expuestos a mucho más glamur de aquel en el que la mayoría tenemos ocasión de participar.”  Yo añadiría que nos vemos expuestos a mucho más glamur del que podemos soportar.

 

Editorial
Phaidon
Año de Publicación
2017
Sinopsis

Un nuevo formato para El arte como terapia, el libro que responde a la pregunta ¿Para qué sirve el arte? Una historia del arte desde un punto diferente. Cautivador, entretenido y un poco controvertido, El arte como terapia contiene 150 ejemplos de obras maestras del arte, el diseño y la arquitectura distribuidos en capítulos sobre el Amor, el Dinero y la Política que nos enseñan cómo el arte puede ayudarnos con las dificultades diarias en nuestras relaciones, en la búsqueda de la felicidad y en cómo hacer las paces con la idea de nuestra propia mortalidad. Este libro busca la forma de desarrollar un mejor conocimiento del arte y de nosotros mismos. Tras su lectura, miraremos a las obras de arte desde otra perspectiva que nos hará disfrutarlas más.

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