Reseñas

Desgracia

J.M. Coetzee
Año de Publicación
2009
Categorías
Sinopsis
Una historia profunda, extraordinaria, que por momentos atenaza el corazón, y siempre, hasta el final, subyugante. A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable. Desgracia, que obtuvo el prestigioso premio Booker, es una historia profunda y extraordinaria que no dejará indiferente al lector.    

Malas tierras

Temática:
Crónica de la caída en desgracia de un hombre en la Sudáfrica posterior al apartheid.
Te gustará si te gustó:
Los Relatos, de Kafka
Acompáñalo de:
una copa de Morgenhof Chenin Blanc, del 2015, vino de Sudáfrica.

J.M. Coetzee es uno de esos escritores en cuyas novelas resulta difícil encontrar frases sublimes, párrafos arrebatadores, quincallería deslumbrante. La relativa sequedad de su estilo obedece a un anhelo de precisión. Como escritor, se diría que todo su afán se focaliza en el intento de que nada distraiga nuestra atención de la sustancia de la historia que nos narra. No hay concesiones al preciosismo; no hay efusiones edulcorantes. Las palabras ciñen los hechos con una sobriedad sin fisuras. Ese extremo ejercicio de contención genera, por paradójico que parezca, atmósferas absorbentes. Desde las primeras líneas de sus libros, el lector comprende que cada frase en cierra un aporte de sentido en el que está obligado a reparar so pena de renunciar a la verdad escondida entre los pliegues de la historia.           

El resultado de este gusto por la exactitud es una simplicidad estilística sólo aparente. Al igual que sucede con Kafka o Dostoievski, Coetzee es capaz de dejar fijado el tono de un libro desde la primera frase. Así sucede en Desgracia: “Para ser un hombre de su edad, cincuenta y dos años y divorciado, a su juicio ha resuelto bastante bien el problema del sexo”. David Lurie es el nombre del protagonista de la narración. Dos veces divorciado y padre de una hija que vive una existencia independiente en el campo y a la que apenas ve, la personalidad de este profesor universitario de Ciudad del Cabo queda retratada en las páginas iniciales de la novela a través de unos trazos exactos. Este párrafo, por ejemplo, referente a la actitud con la que afronta su profesión, resulta ilustrativo: “Como no tiene ningún respeto por las materias que imparte, no causa ninguna impresión en sus alumnos (…). Sigue dedicándose a la enseñanza porque le proporciona un medio de ganarse la vida, pero también porque así aprende la virtud de la humildad, porque así comprende con toda claridad cuál es su lugar en el mundo. No se le escapa la ironía, a saber, que el que va a enseñar aprende la lección más profunda, mientras que quienes van a aprender no aprenden nada”. 

Lo que se insinúa aquí es el perfil de un hombre plácidamente acomodado a la certidumbre de su propia derrota. No se engaña a sí mismo. Ya no espera gran cosa de la vida. Su “problema del sexo” lo solventa recurriendo una vez por semana a los servicios de una prostituta de la que ha llegado a encapricharse. Cuando esa mujer desaparece de su vida, comienza su caída en la desgracia. Tras salir a la luz que ha seducido a una alumna, la maquinaria punitiva se pone en marcha. Una comisión investigadora, promovida por la universidad en la que trabaja, le instará a disculparse en público. Lurie, sin embargo, consciente de que lo que en realidad se espera de él es que se doblegue, reacciona con insospechada altivez. No niega nada, lo acepta todo. Como consecuencia de ello, pierde su puesto. Su siguiente paso, en mitad del errático proceder que a partir de ese momento va a caracterizar su vida, consiste en visitar a su hija Lucy, que intenta sobrevivir sola en una granja. En cuanto Lurie llega allí, se percata de la hostilidad del entorno. No le gusta lo que ve, las condiciones en que vive su hija, el desamparo en que se halla. Entre ellos constata que hay una distancia insalvable. Es la misma distancia que se ha abierto entre la cómoda vida que Lurie había llevado hasta entonces y la realidad tan diferente con la que se da de bruces ahora. Una tarde sucede algo que lo cambiará todo. Tres hombre irrumpen en la casa. A partir de aquí, una espiral de sucesos arrastrará a Lurie y a su hija hasta el límite de lo soportable.

Como en toda gran novela, los hechos externos no constituyen sino el trasfondo del itinerario interior por el que atraviesan los personajes que los protagonizan. Cuando creía saber quién era, Lurie se descubre en a la intemperie. El hombre culto, el intelectual urbanita y escéptico, desarraigado y pendiente sólo de sí, de golpe accede a un mundo en el que se sabe un extraño. Allí rigen otros códigos. No es capaz de proteger a su hija, ni de protegerse a sí mismo. Su cultura o su posición social (ahora perdida) no le sirven de nada. En la Sudáfrica inmediatamente posterior al apartheid, en el entorno de una granja donde la ley de los hombres blancos apenas tiene vigencia, Lurie debe volver a aprenderlo todo. Pero quizá ya es tarde. En los últimos tiempos, el poder ha ido pasando, de manera tan paulatina como imparable, a hombres como el personaje que encarna Petrus, el agricultor negro que echa una mano a Lucy pero que a la vez se comporta como si fuera el dueño de la granja, ambiguo y astuto, impenetrable a la sagacidad de Lurie.

Relato del desfondamiento existencial de un hombre, Desgracia es también la cruda descripción de un país asolado por la violencia y del que la compasión hacia el prójimo parece haber desaparecido de todos y cada uno de los órdenes de la vida. En un ambiente tal, no hay lugar para los temperamentos tibios. Y eso, a fin de cuentas, acaba descubriendo Lurie que es: “No es un mal hombre, pero tampoco es un hombre bueno. No es frío ni caliente, ni siquiera en sus momentos más acalorados”. Trascendiendo el localismo, la novela se convierte de este modo en una metáfora del declive del hombre occidental, blando, hedonista y desvirilizado, frente a un mundo que no tardará en aplastarlo. Su grandeza reside en su aridez. Y en el férreo compromiso de su autor a la hora de mostrarnos que la realidad que contempla en su país quizá sea el futuro que aguarda a todo Occidente.

 

¿Qué dicen del libro?

Javier Marías

«Las novelas luminosas y desconcertantes de J. M. Coetzee revelan que la verdad es siempre extranjera.»

Pedro Almodóvar

«Este hombre es una de las voces más importantes de la actual Sudáfrica. Gran literatura. Para mí ha sido el descubrimiento del año. Libro triste donde los haya, ideal para pasar una buena gripe, su lectura te hunde de tal modo que una vez tocado fondo sólo puedes tirar para arriba. En serio, Coetzee es un escritor fuera de serie, y la novela nos da una visión estremecedora y cotidiana de Sudáfrica. Ese país donde todos sabemos que las cosas están mal, pero que parece importarnos tan poco.»

Año de Publicación
2009
Categorías
Sinopsis
Una historia profunda, extraordinaria, que por momentos atenaza el corazón, y siempre, hasta el final, subyugante. A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable. Desgracia, que obtuvo el prestigioso premio Booker, es una historia profunda y extraordinaria que no dejará indiferente al lector.    
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