Reseñas

Cuentos infantiles políticamente correctos

James Finn Garner
Editorial
Circe
Año de Publicación
Categorías
Sinopsis
Después de varios siglos de leer relatos, inconscientemente transmitidos de una generación machista a la siguiente, este autor ha rescatado e iluminado aquellas narraciones clásicas contándolas de nuevo de un modo mucho más acorde con la sociedad actual.

La seriedad como parodia

Temática:
13 cuentos tradicionales reescritos según la corrección política.
Dónde leerlo:
Lo más lejos posible de tus hijos, si es que los tienes.

El arte de la parodia es complicado, sobre todo si se pretende de largo aliento. En una viñeta, un chiste o un gag es factible porque no tiene que mantenerse: viene, pica y se va zumbando. El problema surge cuando se quieren construir estructuras y levantar una obra sobre la base pantanosa de la ironía. Lo normal es que canse, o que no se entienda, o que se entienda tan bien que acabe por cansar. Y es que la parodia no se basta si el camino es largo. Para que se sostenga, a riesgo de resultar contradictorio, diré que ha de ser combinada con la admiración. No basta con que algo sea risible o erróneo; ha de haber algo admirable en ese error cuando  la risa ha de llenar páginas y páginasPensemos en Cervantes: parodiando los libros de caballería alumbró al mayor de los caballeros andantes; o en Sterne: riéndose de la prosa dieciochesca, construyó el mejor ladrillo de prosa que nos ha legado el siglo XVIII.

Otro problema en este terreno es que lo más parodiable suele venir ya parodiado de casa, es decir, su versión seria y su versión paródica apenas se distinguen. Pasa con el tema de hoy: alguien dando un discurso políticamente correcto se parece peligrosamente a alguien parodiando un discurso políticamente correcto. En estos casos, la parodia solo funciona de manera superficial, dura un instante y luego se mustia.

No le pasa, al menos a nuestro parecer, a Woke, publicado en España por Alianza el año pasado. Aunque los beneficios se los embolsa Andrew Doyle, el libro lo firma Titania McGrath, una incansable, ortodoxa y ficticia luchadora por la “justicia social”. Y ahí está la clave de su éxito. La señorita McGrath no se ríe, es del todo quijotesca y forcejea sin desmayo con ella misma y con el resto en pos de un alto y estúpido ideal, y eso la hace entrañable. Si Doyle hubiera optado por su voz, no habría funcionado; si la ironía, en lugar de abrazar al libro en su conjunto, hubiera tenido que hacer un redoble en cada línea, habría empachado.

No tuvo esa astucia James Finn Garner a la hora de escribir sus Cuentos infantiles políticamente correctos, en los que recoge 13 relatos tradicionales reescritos con las variaciones y matizaciones que exigiría la quisquillosa corrección política llevada hasta sus últimas consecuencias. ¿El problema? Como se ha dicho, en estos casos la parodia es casi lo parodiado, y lo parodiado no hay quien lo aguante. ¿Lo bueno? Al ser textos breves, la mecha corta de la ironía se sustituye cada poco. Se recomienda, por tanto, leer a sorbitos.

Otro de los elementos que hace aprovechable la propuesta de Finn Garner es que trabaja con la literatura infantil, sin lugar a dudas, la más afectada en el gran catarro posmoderno. Dada su inherente función didáctica, se ha considerado una parcela privilegiada donde librar la batalla ideológica. Y quien dice en la literatura infantil dice en las ficciones en general, que más hace un vídeo que toda una biblioteca. En cualquier caso, se da por sentado que la mejor manera de diseñar el mundo de mañana es manipular a los niños de hoy.

Y la idea no es nueva ni especialmente perversa. Siempre ha sido así. Las historias para niños intentan aumentar de forma vicaria su experiencia e instruir sobre los ideales de una sociedad. Se puede hacer de manera más o menos descarada, con más o menos talento y respeto por la literatura, pero siempre ha habido una moraleja latiendo en el pecho de la literatura infantil. Y no hubo problema mientras estuvimos de acuerdo en lo que, de modo general, era deseable.

Ya no es así y, por tanto, es natural que los cuentos tradicionales se pongan bajo la lupa de la sospecha. Es la primera etapa. La segunda, en la que se encuentra el libro de Finn Garner, sería la alteración, con lo que Caperucita pasaría a ser Caperucito y otro sinfín de reescrituras en aras de cierta contemporaneidad. La última sería la demolición: ni Caperucita ni Caperucito ni nada que se le parezca. Reducir todo a cenizas y empezar de nuevo. Y es, ya digo, completamente natural, más aun cuando se trata de una dirección programada y que siempre, es justo reconocerlo, ha ido a cara descubierta. De hecho, si yo pretendiera lo que ellos pretenden y tuviera los medios que ellos tienen, los emularía.

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Después de varios siglos de leer relatos, inconscientemente transmitidos de una generación machista a la siguiente, este autor ha rescatado e iluminado aquellas narraciones clásicas contándolas de nuevo de un modo mucho más acorde con la sociedad actual.
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