Reseñas

Creer o morir

Claude Quetel
Editorial
Homo Legens
Año de Publicación
2021
Categorías
Sinopsis
«¡Creer o morir! ¡He aquí el anatema pronunciado por espíritus ardientes en nombre de la libertad!» Así expresaba su indignación el periodista Jacques Mallet du Pan en el Mercure de France del 16 de octubre de 1789, al comienzo mismo de la Revolución francesa. Una proclama que desmiente la tesis, hoy casi oficialmente aceptada, de que hubo dos «revoluciones»: una buena, la de los derechos humanos, que se habría corrompido en una mala, la del Terror. Pero… ¿y si toda la Revolución francesa hubiera sido un desastre enorme y lamentable desde sus inicios? ¿Y si lo que durante mucho tiempo se ha presentado como el levantamiento de todo un pueblo no fuera otra cosa que la locura asesina e innecesaria de un puñado de parisinos ebrios de ideología que provocaron una guerra civil cuya memoria aún divide al mundo entero? Claude Quétel ha osado romper el tabú. Para ello ha revisado las fuentes, retirando las capas de propaganda acumuladas, para descifrar los hechos, liberándolos de las distorsiones de la historia políticamente correcta. Nos ofrece así una nueva mirada, directa y sin prejuicios, que pone en cuestión relatos tan asumidos como el de la toma de la Bastilla, nos hace descubrir que antes del Gran Terror vino el Gran Miedo o que la Asamblea vivió desde el minuto cero sumida en un tumulto perpetuo y aplastando las libertades que proclamaba. Este relato, detallado y apasionante, está dirigido a todos aquellos que deseen que finalmente se les cuente otra historia de la Revolución francesa… la verdadera.

Un relato total

Temática:
Crónica de la Revolución francesa, tan rigurosa como amena.
Te gustará si:
Te interesan los entresijos del acontecimiento que funda la modernidad política.
Léelo mientras escuchas:
Je ne regrette rien, de Edith Piaf.
Acompáñalo de:
La película Danton, de Andrej Wajda, protagonizada por Gerard Depardieu.

Todos los periodos convulsos de la historia resultan apasionantes a condición de que se nos ofrezca la oportunidad de vivirlos desde fuera. La Revolución francesa es sin duda uno de esos acontecimientos cuya extrema turbulencia ha excitado la imaginación de los lectores ávidos de penetrar en sus detalles, a la vez que se nos oscurecía un tanto la evidencia de que a partir de 1789 nuestro mundo ingresaba en un periodo radicalmente nuevo. Ese carácter de ruptura lo resalta muy bien ¡Creer o morir!, el ensayo que acaba de publicar Homo Legens, y en el que su autor, el historiador Claude Quétel, compone una crónica pormenorizada de los sucesos que conformaron el acontecer revolucionario, pasando por cada una de sus etapas con la minuciosa fidelidad de un investigador que da más importancia a la descripción verídica de lo que narra que al enfoque ideológico bajo cuyo prisma le interesa interpretarlo.

Al hilo de esta finalidad, las palabras del autor resultan clarificadoras: “Este libro sólo tiene una ambición, pero es grande: contar la historia, libre y detallada, de la Revolución francesa, sin ningún tipo de academicismo ni postura. Un relato sincero”. El lector que decida otorgar su confianza a esta declaración de intenciones no se verá defraudado. El ensayo se lee como si de una novela se tratara. La pintura de los caracteres de los principales artífices del drama exhibe una precisión quirúrgica. Las escenas están descritas con un respeto por el detalle que, en el caso de los sucesos más truculentos –y la revolución fue pródiga en ellos-, estremece. Lejos del propósito de alentar el morbo, lo que subyace al descarnamiento inherente a la recreación de ciertos cuadros atravesados por una violencia fuera de toda justificación es la intención de mostrar cómo, en manos de una turba salvaje e impune, el horror se transforma en la lógica misma de la revolución. Baste para ilustrar esta idea los términos en que se narra el terrible final de la princesa de Lamballe, dama de compañía de la reina María Antonieta: “En cuanto traspasó el umbral, empezaron a caer golpes sobre la desgraciada, que no murió en seguida. Una multitud asistió a la escena, porque las masacres se habían convertido en un espectáculo. A veces había bancos para sentarse. Cuando la princesa ya no era más que una masa sangrienta, con un ojo agujereado por un sable, un lerdo la remata. Un aprendiz de carnicero le corta la cabeza. Le abren el vientre para sacarle las entrañas. Le cortan el pecho y el sexo. Se organiza una procesión alegre: en la punta de una pica ponen la cabeza con los largos cabellos rubios manchados de sangre; en otra el corazón; en otra su camisa manchada de sangre (…). Todos marchan hacia la prisión del Temple (…). Querían ver a la reina <<para que besara la cabeza de su puta>>. Obligaron a María Antonieta a asomarse a la ventana antes de que esta se desmayara”.

No obstante lo anterior, Quétel se cuida mucho de que el libro se reduzca a una mera compilación de escenas escabrosas. Precisamente, una de las facetas más valiosas de ¡Creer o morir! cocierne a la muy solvente exposición del contexto que hizo posible semejante explosión de furia. Antes de que un turbio elenco de personajes, auténticos genios de la demagogia y la agitación, hiciera su aparición en la escena pública, el autor nos recuerda cómo las ideas enciclopedistas se difundían ya por los salones más elegantes de París, transformados en correa de transmisión de un nuevo utopismo ilustrado. A partir fundamentalmente de la obra de Rousseau, el “veneno del filosofismo” se inflitra en un sistema que, como luego haría constar Tocqueville en El Antiguo régimen y la revolución, ya estaba podrido por dentro y sólo necesitaba de un último impulso que consumara su demolición.         

  Tal impulso, por otra parte, se encontró con que el viento de la Historia soplaba a su favor. El libro de Quétel lo analiza exhaustivamente: un rey, Luis XVI, “tímido e indeciso hasta la médula”; unas finanzas calamitosas y un déficit crónico en una nación que sobrevive a base de créditos (algo, por cierto, que nos suena hoy alarmantemente familiar); una sociedad preindustrial, todavía dividida en estamentos, con una aristocracia dimisionaria y ociosa, degradada a mero ornamento cortesano, y un ejército carente de liderazgo y motivación. Con estos ingredientes, y con el añadido de un pueblo cada vez más descontento por la ofensa de unas desigualdades para las que ya no encuentra excusa, el rey convoca los Estados Generales, un órgano consultivo en el que en teoría está representada toda la nación. El clima de anarquía se generaliza. Los motines, provocados por el desabastecimiento y la subida del precio de alimentos básicos como el pan, se suceden por todo el país durante la primavera de 1789. Las arcas están vacías. No cabe duda de que el régimen político necesita una reforma en profundidad. Sin embargo, consciente de la oportunidad irrepetible que se le presenta, la reunión de los tres estados decide aprovechar la situación para arrogarse un papel protagonista y procede a erigirse en Asamblea Nacional. A partir de ese instante, la suerte está echada. Madame de Stäel, hija del ministro de finanzas Necker, lo ve venir con una clarividencia que asombra: “Este decreto –escribe- era la revolución misma”.

En efecto, es la hora de los Danton, los Marat, los Robespierre, los Saint-Just; es el momento de los oradores explosivos (tras una de sus primeras apariciones públicas, de Danton se afirma: “Presidió la sesión con la decisión, la rapidez y la autoridad de un hombre que siente su poder”); es la ocasión de los impresores sin escrúpulos (“Marat le daba a la gente el gusto por la sangre”), de los moralizadores de la política que arremeten sin tapujos contra unas instituciones ya en quiebra y conmueven los cimientos de la nación investidos de una intransigencia fanática; es el momento de la efervescencia de los clubs políticos desde donde se difunde ese nefasto método –criticado por Rivarol- de “guiar a las personas con teorías y abstracciones filosóficas.”

En mitad de este ambiente de disensiones incendiarias, la toma de la Bastilla se convierte, pese a su instrascendencia real, en el símbolo por antonomasia de la toma del poder por el pueblo. A medida que el caos se adueña de Francia, se consolida la impresión de que la Historia se halla en una encrucijada. El impulso revolucionario exhibe un ansia destructiva de cualquier elemento que vincule la nación al pasado como expediente previo a la instauración del reinado absoluto de la virtud, al establecimiento de una comunidad de hombres angelicales devueltos a su idílica condición primigenia: “Hay que reanimar a esta gente –proclama Rabaut Saint Etienne, masón y roussoniano-, rejuvenecerla, cambiar sus formas para cambiar sus ideas, cambiar sus leyes para cambiar sus costumbres y destruir todo, sí, destruir todo, ya que todo debe ser creado”. La Iglesia es expoliada; se obliga a los miembros del clero a jurar fidelidad al nuevo poder. “Un patrimonio inmenso y venerable –apunta Quétel- desaparecerá en unos años”.

Queda subrayada de este modo la naturaleza fundacional del fenómeno revolucionario. Como muy bien explica Jorge Soley en el estupendo prólogo, “Para bien y para mal, la Revolución francesa es el acontecimiento que de forma más evidente inaugura el mundo en que vivimos”. En efecto, es sorprendente comprobar –y en esa comprobación estriba la utilidad primera de libros tan fundamentales como éste- hasta qué punto nuestro tiempo es, en algunas de sus directrices esenciales, una pura continuación de los postulados y métodos que se difundirán por Europa a partir de 1789. Es el mundo de la difamación por medio de panfletos y caricaturas animalizadoras; es el universo de la manipulación política de las masas como instrumento de coacción y herramienta con la que decretar el exterminio sumario de todos los opositores. Es el mundo de la propaganda y la tergiversación sistemáticas, siempre, eso sí, en nombre de los grandes principios humanizadores, principios que darán carta de naturaleza, entre otras muchas atrocidades, a las masacres de los sans-culottes, la profanación de las tumbas reales de Saint-Denis y el aplastamiento de La Vendeé, donde 735 municipios considerados insurgentes son arrasados por la “Columnas infernales” enviadas por el gobierno de París, con un saldo final de entre 220.000 y 250.000 muertos, incluidos mujeres y niños. 

Frente a esta orgía de sangre y demencia, la revolución sigue blasonando de su lema: “Libertad, igualdad, fraternidad”. Pero todo es un espejismo. En palabras de Taine, citado de manera muy pertinente por Quétel: “Durante los tres años que siguen a la toma de la Bastilla, ofrece Francia un extraño espectáculo. Todo es filantropía en las palabras y simetría en las leyes; todo es violencia en los actos y desorden en las cosas”. A partir de cierto punto, la Revolución no encuentra otra salida a los demonios que ella misma ha engendrado que abismarse en una permanente huida hacia adelante. La ejecución del rey (el 21 de enero de 1793), urdida y escenificada como asesinato ritual que debería haber servido de freno a la violencia, desata por el contrario una borrachera de crímenes que la Historia conocerá como el Gran Terror. Verginaud, un girondino, predice: “La revolución es como Saturno. Devorará a todos sus hijos”. 

Y eso fue lo que ocurrió. Uno tras otro, la plana mayor de los instigadores de este clima de terror masivo acabará bajo la cuchilla del verdugo. No se le puede negar cierta grandeza al modo en que, llegados al momento fatal, Danton, Robespierre o Saint-Just asumen la inexorabilidad de su destino. Con todo, lo que concede a la Revolución francesa su dimensión más singular es la prevalencia de un factor que ha perdurado hasta nuestros días, y que la incisiva mirada de Quétel no podía pasar por alto: “Los jacobinos –escribe- adelantaron la idea, que se convirtió en matriz de los totalitarismos del siglo XX, de que el hombre nuevo creado por la revolución debe romper con la tradición y su punta de lanza, la religión”.

Ahí reside, ciertamente, la clave del fenómeno. No estamos sólo ante un hecho de naturaleza política, sino ante un suceso seminal de hondo calado religioso. El historiador Christopher Dawson ya lo había interpretado en términos análogos cuando en Los dioses de la revolución escribió: “Como el cristianismo, (la revolución) se trata de una religión de salvación, la salvación del mundo por el poder del hombre liberado por la Razón. La Cruz es sustituida por el Árbol de la Libertad, la Gracia de Dios por la Razón del Hombre y la Redención por la Revolución”. Sea cual sea el juicio que ello nos merezca, es indudable que este mesianismo salvífico, radicalmente intramundano, ha moldeado hasta el tuétano, a través del mito del progreso, la conciencia del hombre contemporáneo. Ese tiempo nuevo que, a modo de tabla rasa, los jacobinos inauguran (y que, paradójicamente, tras esgrimir la pretensión de liberar al pueblo, culminará en la entronización de un nuevo déspota, Napoleón) encontrará algo más de un siglo después su prolongación natural en una banda de aventajados aprendices intelectuales que decubrirán en la reflexión política que les sugieren los años del Terror la llave maestra con que dejar expedito el camino hacia la instauración de su propio régimen de oprobios: los bolcheviques.

El libro de Claude Quétel resulta modélico en tanto descripción de las circunstancias y personajes que se hallan en el origen del tiempo que nos ha tocado vivir. En el espléndido anexo con que se cierra el volumen (una muestra más no sólo de la erudición del autor, sino de su notable amplitud de miras), Quétel acomete un repaso de las interpretaciones diversas que la revolución Francesa ha suscitado desde la fecha misma de su estallido. Tras el examen de las diferentes corrientes de pensamiento que han hecho de la revolución un fenómeno tan inagotable como en última instancia poliédrico, su conclusión es doble: por una parte, la revolución dispuso desde el principio de la violencia no como un elemento accesorio de su acción política, sino como su motor esencial y la sustancia misma de su ser; por otra, a partir de 1789 Francia –y con ella podría aventurarse que toda Europa- quedó dramáticamente fracturada en dos facciones irreconciliables. 

Parece de justicia, para concluir, aportar una última perspectiva sobre el hecho revolucionario que no aparece recogida en el libro de Quétel. Tal visión nos la brinda Hannah Arendt, probablemente una de las inteligencias políticas más perspicaces del pasado siglo, quien en su ensayo Sobre la revolución dictamina: “La libertad ha sido mejor preservada en aquellos países donde nuca hubo revoluciones (…). Hay más libertades políticas en aquellos países donde la revolución fue derrotada que en aquellos otros en que salió victoriosa”.

Por desgracia, y parafraseando a Gómez Dávila, en demasiadas ocasiones la Historia reserva la razón a las Arendt o los Quétel de turno, pero decide entregar el triunfo a una caterva de desalmados.

 

 

 

 

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2021
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«¡Creer o morir! ¡He aquí el anatema pronunciado por espíritus ardientes en nombre de la libertad!» Así expresaba su indignación el periodista Jacques Mallet du Pan en el Mercure de France del 16 de octubre de 1789, al comienzo mismo de la Revolución francesa. Una proclama que desmiente la tesis, hoy casi oficialmente aceptada, de que hubo dos «revoluciones»: una buena, la de los derechos humanos, que se habría corrompido en una mala, la del Terror. Pero… ¿y si toda la Revolución francesa hubiera sido un desastre enorme y lamentable desde sus inicios? ¿Y si lo que durante mucho tiempo se ha presentado como el levantamiento de todo un pueblo no fuera otra cosa que la locura asesina e innecesaria de un puñado de parisinos ebrios de ideología que provocaron una guerra civil cuya memoria aún divide al mundo entero? Claude Quétel ha osado romper el tabú. Para ello ha revisado las fuentes, retirando las capas de propaganda acumuladas, para descifrar los hechos, liberándolos de las distorsiones de la historia políticamente correcta. Nos ofrece así una nueva mirada, directa y sin prejuicios, que pone en cuestión relatos tan asumidos como el de la toma de la Bastilla, nos hace descubrir que antes del Gran Terror vino el Gran Miedo o que la Asamblea vivió desde el minuto cero sumida en un tumulto perpetuo y aplastando las libertades que proclamaba. Este relato, detallado y apasionante, está dirigido a todos aquellos que deseen que finalmente se les cuente otra historia de la Revolución francesa… la verdadera.
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