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Nostalgia por los viejos caballeros
por Itxu Díaz
15 de diciembre de 2021
Nostalgia por los viejos caballeros

Nostalgia de hombres de valor y de coraje. Nostalgia de nobleza, temor de Dios, y verdad. Nostalgia de fortaleza, de honor, y de justicia. Nostalgia de pobreza, de humildad y de virtud. El viejo código de Llull, nostalgia de caballeros, donde se aúnan hombría y fe, despoja al hombre del artificio, del deshonor, de toda corrupción. Hombre íntegro, bienhechor y solitario, pocas palabras al mundo, muchas al Dios del silencio. Lealtad a la orden, al compromiso adquirido con la justicia, a la propia exigencia hasta dar sus huesos en orfandad, si fuera menester, contra el suelo: “Ningún hombre puede amar más ni honrar mejor, ni tener mayor caballería que quien muere por su honor y su orden”.

En la comunión entre caballería y fe, en la exaltación de valores antiquísimos que hace Ramón Llull, todavía encontramos hoy el camino para no dejar de ser hombres, en la fidelidad de una misión, de un modo genuinamente masculino de estar en el mundo, con los débiles, con los leales, y contra la maldad. ¿Qué otra ruta podemos seguir para librarnos de este tiempo que se nos hace a los hombres tan hostil, que nos detesta, nos desprecia, nos acusa y nos conmina a convertirnos en entes asexuados, sin rasgo alguno de carácter, entregados a la culpa, al soslayo, y la sinrazón?

Dejadme ser hombre, malditos. Y de paso, dejadme, Dios lo consiga, en paz. Dejadnos, hijos de la posmodernidad, con nuestro código de caballeros medievales, dando la vida por “guardar los caminos y defender a los labradores”. Dejadme soñar con “destruir a los malvados” y “perseguir a los traidores, ladrones y salteadores”. Dejadme volar hasta la nobleza del ánimo, perderme en olvidados cuentos de caballerías, abrazándome a “la fe, a la esperanza, a la caridad, a la justicia, a la fortaleza, a la lealtad”, virtudes que son armas en la defensa del “corazón noble del caballero, contra la maldad y el engaño”.

Bajó el torrente de Llull, compuso Don Juan Manuel El libro del caballero y del escudero, donde el anciano asienta la verdad en la audaz conciencia del joven aspirante. Que la caballería, le dice, “es estado muy peligro et muy onrado”, que solo puede guardarse con “la gracia de dios et con buen seso et con vergüença”, de la cual añade que conviene más al caballero “que otra cosa ninguna”. Nostalgia, también, de vergüenza.

Guárdate, en fin, de los hombres sin vergüenza, de los desinhibidos, de los que exponen hoy su corrupta estupidez con el orgullo del idiota. Guárdate de los que no tienen nada de lo que arrepentirse, de los hechos a sí mismo pero edificados sobre montañas de miseria, de los que ríen groseramente todas sus faltas de virtud.

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Guárdate siempre, en fin, de pensar que el vestir y el ademán no dicen nada al mundo sobre ti, que quizá la gran enseñanza del código de caballería es el recordatorio del significado del atuendo y armamento. La espada “labrada en semejanza de cruz”, señala Llull, en recuerdo del compromiso de victoria, como la de Cristo sobre la muerte; lanza, significa verdad y esperanza; el yelmo recuerda al caballero la vergüenza debida; la loriga es muro contra el vicio; las calzas de hierro, el paso firme; las espuelas, el deber de honrar a la orden con diligencia; gorguera es recordatorio de obediencia; la maza, de coraje.

 

Más. La misericordia, puñal para no confiar en sus propias armas sino en su divino destino; el escudo, el oficio propio, alegoría de la vocación del caballero, interpuesto entre el pueblo y el rey; la silla, el cargo de caballería; el caballo es la nobleza; el freno, las riendas, aconseja la prudencia al caballero en el hablar; la testera, que el caballero solo debe regirse por la razón; los guarnimientos, la obligación de custodia de sus bienes; la túnica, que evoca los padecimientos que le esperan en honor de caballería; la seña, para ser loado; y al señor de todos ellos, se le otorga la señera o estandarte, “para significar que los caballeros están en el deber de mantener el honor de su señor y su heredad”.

Códigos de otro tiempo, pensarás, seguro de que en este tiempo que trata de desvirtuar al hombre y la mujer, es mejor olvidar que solo somos caballeros en la virtud, en la verdad y en la justicia, o al menos en el anhelo de abrazarla. Seamos, por última vez, rebeldes y gallardos, caballeros –como canta Loquillo en Los Buscadores, con letra de Luis Alberto de Cuenca– buscando el Santo Grial.

 

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