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Eduardo Laporte: «Prefiero la literatura honesta, sin postureos. Aquella atravesada de vida, ya tenga un pacto autobiográfico o un pacto novelesco»
por Nieves B. Jiménez
21 de julio de 2021
Eduardo Laporte: «Prefiero la literatura honesta, sin postureos. Aquella atravesada de vida, ya tenga un pacto autobiográfico o un pacto novelesco»
Eduardo Laporte, autor de Tiempo ordinario // Foto: Rosa Moncayo

La vida como un ensayo general en el que nunca llegamos a levantar el telón del todo. ¿Acaso no somos todos los idiomas que hablamos, todos los viajes que hemos hecho, todos los amantes que hemos tenido…? Somos muchas experiencias juntas, buenas y malas, y de las que intentamos aprender. “Quizá los aciertos en la vida vengan más por las decisiones no tomadas que por las tomadas”. Quizá el paso del tiempo y la llegada a la madurez, la concepción ideal de la madurez, tenga algo de volver al inicio, al sol de la infancia, a la atención plena del asombro por todo. Dice Eduardo Laporte sobre la novela autobiográfica que tiene algo de disección, “en sentido literal, y por ahí se cuela mucho frío. ¿Es más o menos verdad que la ficción? Quizá sea más incómoda. Quizá sea demasiado verdad. Como rajarte el tórax para comprobar, ver para creer, que tu corazón bombea”. No les digo nada cuando hablamos de sus Diarios. Cuando Laporte escribe es tan verdad como esos versos del poeta sufí Rumi: “Nada sino el sol puede sustituir al sol / nada sino el amor puede explicar el amor”. Y si algo aprecias al hablar con él es que es especialista en rechazar la tibieza de esas conversaciones en las que algunos son como un iceberg, tan fríos que te vuelves helada a casa. ¡Imposible que te pase con él, para empezar no para de apuntalar reflexiones propias plagadas de citas a otros autores!, geniales, eso sí, porque, al final, “un lector que ha leído mucho es un lector más seguro, como un árbol genealógico que le indica a dónde quiere llegar”

 

Eduardo Laporte, escritor rápido y periodista lento, según dice, ha publicado libros como Postales del náufrago digital (Prames, 2008), Luz de noviembre, por la tarde (Demipage, 2011), Habana 2009 (SubUrbano, 2013), La tabla (Demipage, 2016)Diarios (2015-2016) (Pamiela, 2017) y Barojiano y todo lo contrario (Ipso ediciones, 2018) además del que  nos trae hoy aquí, el segundo volumen de sus diarios, Tiempo ordinario. Podéis leerle también en medios ya que colabora, entre otros, en navarra.com y es profesor de escritura creativa en eltayerliterario.com

Tiempo ordinario
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Actualmente, se deja mecer y acariciar por este Tiempo ordinario. Tiempo que evoca y protege del olvido a pasajes intensos de una vida. “La gente tímida despierta al tímido que fui. ¿Qué escribimos en los diarios? Ni lo más relevante ni lo más novelesco. Jirones de algo quizá valioso”. Y, con una contemplación no crispada del mundo, procurando ejercer el sentido del humor porque es lo que nos mantiene vivos. Tiempo ordinario es la mirada del autor sobre su propia vida y todo lo que le rodea. “Se trata de ir con ojos en modo diario, de fotografiar con palabras”. Porque el ser humano, dicen, es memoria: “Valoro cada vez más el tiempo ordinario (…) un periodo de felicidad tranquila, mesetaria, en la que aflora el silencio y por tanto la vida”. No tema el lector, no encontrará apuntes sobre la actualidad social y política. Laporte se centra más en lo que de verdad nos afecta por más cercano y nos hace, en ocasiones, la vida más dura, “la precariedad como ese edredón fino que no se cambia cuando llega el invierno”. Inevitablemente, el libro va finalizando con algunas referencias a la vida en plena época Covid. Seguro de sí mismo, se permite un viaje interior sin ocultar sus grandezas ni sus miserias alrededor de la vida como escritor, sus relaciones frustradas y el amor: “Estás crocanti. Piropos inesperados”. Añadan el placer de algunos recuerdos de otros viajes y el cóctel está servido.

 

Y que le  quiten lo soñado porque, como recuerda en uno de sus fragmentos, “decía Beethoven que equivocarse en una nota es perdonable, pero lo que no se puede admitir es tocar sin emoción”. Vivir siempre con emoción. A su forma, libre.

 

Casi todos los escritores de diarios que conozco afirman ser tímidos. Usted suele decir que no busca llamar la atención, pero ha hecho públicos sus diarios. Decía Ricardo Piglia que escribir un diario es escribir en lenguaje cifrado, no se cuenta todo, uno se calla cosas… ¿es así?

Dice Aitor Romero Ortega, colega de letras con un estupendo libro de relatos publicado en Candaya, Fantasmas de la ciudad, que el escritor de diarios es, precisamente, un escritor tímido. Y añade que “todo diario es en realidad el mapa precario de una volátil geografía mental; un plano inseguro de lo que somos”. Me gusta mucho esa definición, tanto que la incluí en el propio Tiempo ordinario. Sobre lo de Piglia, es cierto. También por una cuestión de espacio: si escribiéramos todo lo que pensamos, no podríamos vivir. La acción del Ulises, de Joyce, transcurre en un solo día…

 

“Me estudio más que ningún otro asunto. Yo soy mi física y mi metafísica”, Michel de Montaigne escribió en sus célebres Ensayos ¡esto indica que escribir sobre uno es peor que un psicoanálisis!

 

Dice Cioran que a las personas creativas les gusta hablar, escribir, sobre sí mismas. Quizá por aquello de tenernos a mano, que decía Umbral. El misterio del yo no deja de ser fascinante y materia inagotable de escritura. Porque yo, parafraseando a Rimbaud, es también otro, los otros…

 

Leer diarios, correspondencias e incluso biografías tiene algo, cuando no mucho, de voyeur. El placer, en gran medida, proviene de lo que allí se desvela a través de esos pequeños orificios, y a veces grietas, por los que asoman su nariz los lectores para husmear sobre el autor, ¿exagero?

 

Me gusta referirme a eso que comenta como un “cotilleo culto”. Parte del atractivo de los diarios viene de ahí, de ver qué se dice de los otros. De saciar cierta sed de marujeo respecto a personajes que nos interesan. Ignacio Peyró o Pedro Ugarte, que no son de poner equis para camuflar a los aludidos, ofrecen buen material en ese sentido.

 

En un verso del himno de la Comunidad Madrid, de un poema de Agustín García Calvo, podemos leer: «Cada cual quiere ser cada uno, yo no voy a ser menos”, ¿es algo así con esto de los Diarios?

 

Supongo que la escritura del yo acaba, precisamente, reforzando ese yo. Como si se escribiera para delimitarse, para definirse, para mitigar en parte esa bruma, esa nebulosa, con la que venimos al mundo.

 

El que un Diario devuelva como un espejo su vida no siempre es cosa positiva. Esta incursión, en definitiva, en su intimidad, en sus recuerdos y en los recovecos de su mente, ¿en algún momento le ha producido algún contratiempo, cierta contrariedad?

 

Decía Jabois que decía Vicente que más que miedo al folio en blanco hay miedo al folio escrito. Entiendo y en parte puedo decir que he sentido eso. Lo escrito no tiene vuelta atrás y en ocasiones puede molestar a los aludidos. Cuando así ha sucedido, lo cierto es que me ha disgustado. No me gusta añadir problemas a la gente, así que hay que encontrar un difícil equilibrio entre comunicar lo que uno siente que debe comunicar (o de lo contrario no se sería escritor sino redactor de marketing) y no pisar demasiados callos.

 

Se lo decía porque “los libros no son inocuos”, según Miguel Ángel Hernández. Los libros afectan la realidad. Todos. De un modo u otro. No existe una literatura inocente, ¿qué opina?

 

No hay ficción inocente, en efecto, dijo Víctor Erice cuando sintió (quizá de más) que no se había tratado con respeto a la que fuera su pareja, Adelaida García Morales, en la novela de Elvira Navarro. Empiezo a entender la utilidad de la ficción. Basta cambiar un nombre para evitar el berrinche ajeno. La ficción se inventó para poder decir la verdad sin temor a represalias.

Se dice que cada libro es un reflejo de la evolución de uno mismo y a la vez que un reto narrativo, una especie de viaje de la oscuridad hacia la luz, en el que al final el autor se encuentra a sí mismo ¿se ha encontrado usted a través de estos Diarios?

 

Aunque nuestra identidad, o personalidad, está en constante movimiento, y lo escrito ayer puede resultar lejano hoy, es cierto que escribir este tipo de textos ayuda a afianzar el yo. También, incluso, a orientar el yo en la dirección que te gusta. Uno escribe diarios también para mostrar sus flaquezas, pero también para mostrar su lado destilado, su mirada más depurada.

 

Parece que sí por esto que dice: “Empiezo, a mis casi cuarenta, a aprender a nadar de verdad. Logro, por fin, cierta templanza en el crol (…) Fuera del agua empiezo a experimentar algo parecido. Aprender a vivir”. ¿A vivir se aprende? ¡La vida, últimamente, no deja de sorprendernos a diario, así es imposible centrarnos para aprender nada!

 

Mirar dentro de nosotros puede resultar enriquecedor. Porque sabemos cosas que no sabemos que sabemos. Escribir quizá tenga que ver con acercarse a esas cosas que sabemos y que no sabemos que sabemos.

 

Los recuerdos de Perec en Me acuerdo no eran únicamente de él, sino de amigos que pasaban a sugerirle, por lo tanto, un trabajo de memoria colectiva. Usted dice que Tiempo ordinario es mucho más de los demás que suyo, es un rosario de nombres de citas y referencias de lo que conforma su mundo. ¿Estamos ante un imaginario popular de la época?

 

Inevitablemente, para bien o para mal, uno escribe en su tiempo (ordinario o no, jaja) y sobre su tiempo. Con el tiempo, valga la redundancia, eso puede tener un valor microhistórico, que diría Justo Serna. Los diarios ganan, en ese sentido, con el tiempo, sobre todo si tienen una cierta vocación atemporal, pese a su fijación más o menos diaria.

 

Por otra parte, los Diarios como género tienen una tendencia incorregible a la melancolía, dice Iñaki Uriarte, ¿es así?

 

El escritor es, por definición, un ser con querencias melancólicas o, cuando menos, nostálgicas.

 

Recuerdo que a Francisco Brines le sorprendía comprobar “cómo algunos recuerdos insisten y se niegan a ser olvidados, y no precisamente los más representativos de lo vivido, sino los que la memoria, por la razón que sea, ha querido salvar”, ¿lo ha sentido así en alguna ocasión?

 

Sí, y eso forma parte también del misterio de estar vivos, del misterio de vivir. Delibes empieza El camino con “Las cosas podían haber sucedido de cualquier manera y, sin embargo, sucedieron así”. Curioso cómo algunas cosas nos afectan y otras no. El propio Baroja quedó marcado por la visión del condenado a muerte en la calle Nueva de Pamplona y, en cambio, a una de las criadas que vivía con él, se le olvidó al día siguiente.

El camino
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¿Qué es la vida si no “una noche de fiesta en la que, de pronto, amigos y conocidos comienzan a desaparecer”, dice en Tiempo ordinario…

 

Digamos que la intensidad inicial con que arranca la vida va adquiriendo nuevas texturas, nuevas vibraciones, quizá más sutiles, conforme llevamos horas de vuelo, pero quizá más auténticas también, más gozosas incluso. La juventud es maravillosa, pero lo sería más si no estuviéramos tan perdidos, si no tuviéramos, también, tantas inseguridades.

 

Aparece su padre Philippe Laporte, diseñador, para los que sabemos algo de moda, inolvidable. “Me acuerdo de él, de aquella luz de noviembre de hace justo veinte años. Se dedicó a vestir mujeres, a rodearlas de belleza. No se me ocurre mejor homenaje que vestir mujeres con palabras”, dice. Sus padres son una constante en sus escritos, por otra parte lógico…

 

Sí y quizá porque la muerte prematura (no hay una palabra para designar eso, a todo se llama ‘muerte’, pero hay tantas muertes como muertos) es algo que no se cierra nunca del todo. Por otro lado, como decía John Berger, la comunicación con los muertos era una tradición ancestral presente en todos los pueblos que no se debería perder nunca.

 

En Luz de noviembre relata los días de aquel último año que compartió con su padre. Determinadas escenas quedan inevitablemente marcadas con mayor intensidad, reconoce al comienzo de la novela. ¿El ejercicio de memoria y escritura le resulta casi terapéutico? Sigue impactando leerlo aún veinte años después…

 

Gracias… Tengo un amigo que dice que los escritores no necesitamos ir al psiquiatra por eso, porque escribimos. En efecto, creo que resulta terapéutico. Como dice Fernando Marías en su hermoso La isla del padre, “contar es cerrar”. Y, sí, tiene algo de cerrar… heridas.

 

Aclaremos que este género de los Diarios no tiene nada que ver con los libros de autoayuda. Recuerdo a Vila-Matas en una entrevista citando a  El ciudadano ilustre y aquella señora que le dice al escritor “¿Y por qué no escribe cosas más bonitas?”. Vila Matas le aclaró que “los escritores no están para cambiar la realidad…”

 

Me encanta esa respuesta, completamente vilamatiana. Y creo que el arte no debe tener función, porque en cuanto la tiene deja de ser arte, o lo es menos. Así que estoy de acuerdo con Vila-Matas, hoy y siempre.

 

También dice que Tiempo ordinario es una especie de guía para este tiempo en el que, asegura, estamos bastante perdidos ¿Puede ser que el éxito de los diarios y las biografías sea porque en tiempos de incertidumbre los puntos de referencia son más necesarios que nunca y el lector busca en el otro encontrarse? ¿Mirarnos en el espejo de los demás nos proporciona el consuelo de que otros también se encontraron con dificultades parecidas?

 

Si el diario está escrito con honestidad, ayuda al autor a encontrarse, pero también al lector a sentirse acompañado de un modo más profundo. El diario se escribe en la intimidad para que sea lea también en la intimidad. Se escribe pensando en el yo, pero también en el otro. No diré que como un regalo hacia el otro, pero en parte sí. Lo que no das te lo quitas, decía Jodorowsky y me gusta pensar también en una literatura generosa. En el acto de compartir imágenes que uno considera bellas, reflexiones que le parecen valiosas, y que el otro las reciba como algo también que tiene un valor distinto al ruido habitual.

 

¡Vamos a quitarle un poco de asunto trascendental a la charla! Fernando Trueba dijo en una ocasión, con su humor surrealista, “yo sólo hablo en serio en las entrevistas. En la vida, jamás». ¿Le ocurre lo mismo a la hora de escribir? ¿y en las entrevistas? ¿Me está diciendo la verdad, toda la verdad y solamente la verdad?

 

Jajajjaaj, ¡que traigan un polígrafo! Alguna vez he comentado que cuando mejor hablo es en las entrevistas en la radio. De pronto, ¡alguien escucha tus rollos! Y parece, incluso, que le interesan. Entonces uno se crece y aparece esa versión de uno mismo, quizá la más verdadera, que no sale a colación tantas veces, porque la vida social también va acompañada de cierto ruido que impide salir a ese yo literario, digamos, que aguarda, como el pájaro triste de Bukowski, a que lo saquen un ratito al día de su jaula.

 

No hay, por otra parte, actualidad ni política, en estos textos, más allá de unas inevitables menciones a la pandemia ¿cómo lo ha logrado, hoy que todo el mundo es un experto politólogo?

 

Darle la espalda, de vez en cuando, a la actualidad es también un verdadero acto terapéutico.

 

Un valiente, además, que confiesa asistir a misa: “Vuelvo a misa. Dos veces en la misma semana. Me insufla un nuevo amor por la vida, un camino de ebriedad en la sobriedad”. ¡Digo lo de valiente porque en estos tiempos te pueden tachar de cualquier cosa si dices que vas a misa y cumples demás tradiciones!

 

¡Cierto! Nunca hubo un tiempo más proclive a la etiqueta fácil (e injusta). De ahí también, en su versión más populachera, el ordinario del título. Me interesa romper etiquetas. Pasolini se declaraba homosexual, comunista y católico. Por ahí empieza lo interesante. Buscar la incomodidad también en nuestra manera de posicionarnos en el mundo. Mucha gente que se declara ‘outsider’ o hace gala de ir a contracorriente resulta que no están sino en el establishment más facilón (y recibiendo sus regalías por ello). El verdadero outsider está en los márgenes y a veces, si se alinean ciertos astros, converge con el mainstream particular. Dicho esto, ir a misa me resulta también terapéutico. El contacto con lo sagrado, con el silencio, con unos mensajes en clave trascendente, me imbuye de una energía que no encuentro por otros cauces.

 

Eso sí, una fe a ratos dudosa, como le decía Daniel Ramírez, porque sale de misa, entra en una librería y piensa al ver la sección de religión: “Si existe ese Dios todopoderoso de barbas que nos controla sentado en su mullida nube, ¿cómo permite esa minúscula y humillante representación?”. Gracias, aún quedan algunos que cuidan el lenguaje, la concordancia, la gramática ¡y señala las erratas!

 

Como Baroja, me declaro dogmatófobo. Lo que Cristo dijo e hizo no se corresponde siempre con lo que dicen que hizo o dijo. Pero ya somos mayorcitos para interpretar por nuestra cuenta y para extraer lo bueno de cada cosa, sea un libro, sea una religión. O para casarnos más o menos. Lo importante es estar abiertos y con cuantos menos prejuicios, mejor. Una mente abierta crea sociedades abiertas.

 

También habla del momento de ponerse a escribir. Ese proceso, ese ir entrando. Esa especie de calentamiento como los jugadores antes de saltar al campo. Le he leído que suele tener el doble de anotaciones mientras prepara un trabajo, pero con el tiempo ve que envejecen, que ya no le interesan como en su momento cuando lo escribió: “Por eso es bueno no publicar rápido” ¡Sacrilegio! ¿¡Cómo osa recomendar eso en los tiempos de la inmediatez y del contar rápidamente dónde está uno y que está haciendo!?

 

Se publica demasiado no sólo en cuanto a títulos, sino en cuanto a páginas. ¡Un poco de respeto al lector! En la vida se puede ser todo menos un coñazo, decía Michi Panero. Amén.

 

Le he leído también que aspiraba, como decía José Luis Cancho, a escribir como un muerto.  Explíqueme esto.

 

¡Ah! Pues a esa escritura, como digo en el diario, que tiene algo de reducción de Pedro Ximénez. Es decir, dejar que se evapore el agua (el relleno) e ir a la esencia, al tuétano. No nos gustemos tanto…

 

Y explíqueme qué es eso que me ha llegado, ¿qué su próximo libro de Diarios será más breve y así hasta llegar al haiku?

 

Jjaja, lo decía de broma… Como si siguiendo esa aspiración de ser breve, aquello del “Crear es quitar”, al final sólo quedara un mínimo haiku, previo al silencio. Me parece poética la idea del silencio como cima del escritor. Como si se escribiera por estar averiado -eso decía Modiano, incapaz de dejar de escribir a su provecta edad- y, por tanto, la escritura fuera más un síntoma que una virtud. Dicho esto, a mí es que me gusta escribir, esa cosa de pensar con más solidez que te permite el mero hecho de poner algo por escrito. Tengo la pulsión, como Remedios Amaya tenía la de bailar.

 

¿Considera que la poesía, entonces, sería como los buenos vinos, se va haciendo uno poeta con los años?

 

¡Bien visto! Yo creo que escribo diarios como Félix Grande escribía versos. En su caso, por la frustración de no saber tocar la guitarra flamenca. En el mío, por no saber componer poemas.

 

¿Lee diarios de otros? ¿Quiénes son sus influencias?

 

Los citados de Peyró y Pedro Ugarte. Y el también Uriarte. Ahora estoy con el tomazo de Cioran, muy querido por Uriarte, por cierto. He leído mucho los de Pla, Miguel Sánchez-Ostiz y José Luis García Martín. Los diarios de Tolstói, diario en el sentido puro, sin retoques ni alquimias, también me marcaron en su día. Los de César González Ruano también me gustaron en su día. Tiene fama, merecida, de facha, lo que no quita para que sean unos muy buenos diarios, recogidos además con un binomio que me gusta mucho: Diario íntimo.

 

¿Qué tipo de literatura prefiere?

 

La honesta, sin postureos. Aquella atravesada de vida, ya tenga un pacto autobiográfico o un pacto novelesco.

 

¿Qué libros hay en su mesilla de noche?

 

Se van acumulando. Ahora preside la mesilla el tochazo de Cioran, la recopilación de diarios que sacó Tusquets recientemente. Leo tres o cuatro páginas y me acuesto. Los buenos diarios deben ser leídos en dosis homeopáticas. Por otra parte, antes de dormir no es mejor, al menos para mí, momento para leer.

 

Y ese libro que le gusta tener cerca, ¿cuál sería?

 

Perdí El libro del desasosiego, de Pessoa, y me gustaría recuperarlo porque lo dejé a medias y encontré unos párrafos sublimes.

¿Qué libros sorprendería a la gente encontrar en su estantería?

 

Algunas biografías bestsellerianas, como la de Open, de Agassi, que sin embargo he leído con fruición.

¿Cuál es, en su opinión, la obra literaria más sobrevalorada?

 

Me ha costado acercarme a la obra de Virginia Woolf. No he conseguido entrar en su universo. Tampoco con sus diarios, demasiado llenos de banalidades y del relato sus quehaceres. Seguramente sea mi culpa, pero alguna vez me he llegado a plantear si no hay una valoración excesiva de su obra. No creo que la calidad tenga que pasar forzosamente por la opacidad o una dificultad excesiva. Algo parecido me pasa con Faulkner. Creo que me iré de este mundo sin catar esas novelas para muchos excelsas.

 

¿Algún verso favorito?

 

Yo sé que existo, porque tú me imaginas.

 

(Ángel González).

¿Quién es su héroe o heroína preferida de ficción? ¿Y su villano favorito o antihéroe?

 

Don Quijote de La Mancha. Henri Chinaski.

 

Tiene la oportunidad de organizar una cena con literatos, artistas… ¿Qué tres escritores, artistas, creadores etc, vivos o muertos, invitaría su cena?

 

Baroja, Franco Battiato y Tolstói.

 

¿Cuáles son sus autores literarios preferidos, esos a los que siempre se acerca en busca de estímulos?

 

Cuando noto que, quizá por mi trabajo de periodista cultural, estoy perdiendo la fuerza de las buenas influencias, vuelvo a Baroja, a Delibes, a Umbral, a Pla…

Quién no guarda en su memoria la muerte de escritores, artistas… No se me olvida aquello de Rosa Belmonte, “me voy a gasear a lo Sylvia Plath. Pero en un horno pirolítico como los que usan en MasterChef “, a propósito de tanto concurso de cocina. ¿Qué muerte célebre, de algún personaje real o de ficción, le gustaría tener?

 

La muerte de Tolstói, en ese ejercicio de desclasamiento radical, en la cabina del jefe de estación de un pueblo perdido en Rusia (Astapovo), no deja de tener su fuerza poética. Aunque creo que tuvo algo de histriónica y no dejo en buen lugar a su pobre mujer, de la que pareció querer huir en sus últimas horas. Quizá la muerte de Robert Walser me parezca más sobria y humilde. Un día de Navidad, con el cuerpo que cae sobre la nieve, mientras los copos siguen su curso, en el silencio invernal y suizo.

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