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Albert Camus: ¿Sólo la bomba es revolucionaria?
por Yesurún Moreno
4 de enero de 2022
Albert Camus: ¿Sólo la bomba es revolucionaria?

“Si he estado a la altura de la protesta humana contra la violencia, que la muerte corone mi obra con la pureza de la idea”.

Albert Camus, Los justos.

El 15 de diciembre de 1949 se estrenaba en el Théatre Hébertot la obra “Los justos” escrita por el dramaturgo y filósofo francés Albert Camus.

La historia, ambientada en la Rusia zarista prerrevolucionaria de principios del siglo XX trata sobre un grupo de jóvenes terroristas que planea atentar contra el Gran Duque con el ánimo de acabar con la opresión y liberar al pueblo ruso de la tiranía. La tensión argumental estalla llegando a su clímax cuando tras meses de preparación del atentado, el encargado de lanzar la bomba se muestra incapaz al ver que en la calesa del duque había dos pálidos y rígidos niñitos: los sobrinos de la víctima. ¿Qué le detuvo? Lo único que podría detener a un joven rebelde antisistema: la voz de la conciencia derivada de la posibilidad de cargar a sus espaldas con el peso de haber asesinado a niños inocentes. Le disuade, eso sí, temporalmente, pues, aunque todo el plan se destartala, el grupo se ve obligado a idear y preparar un segundo atentado tras el fallido.

Si bien es cierto que esta obra suele interpretarse como una puntual visita más al tópico de los fines y los medios, me atrevería a decir que se trata en realidad de una colosal reflexión filosófica que nos acerca a lo que queda de humanitas bajo el antifaz del terrorista, a menudo caricaturizado como un monstruo sin escrúpulos. De ahí el interés que suscitan las páginas de Camus.

Aunque el estilo sea seco y directo, menos de una decena de personajes, un piso clandestino como escenario y cinco actos le bastan al autor para introducirnos en la psique del terrorista revolucionario. Tres son los personajes centrales a partir de los cuales Camus arma la historia. Nos referimos a Iván Kaliayev, el alma más idealista, apodado “El Poeta” para quien la revolución tiene algo de goce estético, un componente de belleza per se; su contraparte Stepan Fedorov, el más implacable de la célula, un terrorista de línea dura para quien la revolución es sólo la revolución: “sólo la bomba es revolucionaria”, dirá; y Dora Dulebov, la única mujer del grupo cuyo motor es el amor, el amor al pueblo ruso, en primer lugar, pero también el amor que profesa a su camarada Kaliayev.

En resumen, se trata de una lectura ágil sin florituras que muestra el rostro más humano de la barbarie… Una obra erigida sobre los pilares de la experiencia humana: sentimientos y emociones como la cólera, la ira, la cobardía, la desconfianza, las dudas, la tensión, la vergüenza, la euforia, la felicidad, etc.

Despotismo, miseria e injusticia: el caldo de cultivo

Camus consigue ponernos en el pellejo del otro, pero de un ‘otro’ abyecto, despreciable. Y es que nadie en su sano juicio bajaría de la atalaya moral en la que vive (creyéndose bueno e incluso pregonando que lo es) para descender poco menos que a la categoría de bestia. Sin embargo, cuando las páginas van pasando logramos arrancarnos ese velo que cubre nuestros ojos, la moralina cae y estamos ya en condiciones de comprender el por qué y también de comenzar a justificar.

Porque aquella gente que ve en la “acción directa” una forma legítima de acción política no nace por generación espontánea, sino de la injusticia solidificada, del peso muerto de la historia y de la herencia esclerótica del mal en el mundo. En ese sentido, en ese contexto se entiende que haya personas que se puedan ver atraídos por el fervor revolucionario. Pues el odio como motor de la acción humana desactiva al sujeto moral-consciente, lo ciega. En Kaliayev se ve perfectamente: “creía que era fácil matar, que bastaba con la idea, y el valor. Pero no soy tan grande y ahora sé que no hay felicidad en el odio”. Y habitualmente creemos estar fuera del alcance de ese odio furibundo, pero no es así… No hace falta llegar al extremo de sujetar una bomba para haber odiado hasta el extremo. ¿Cuántas veces hemos asesinado en nuestro corazón? ¿Cuántas veces ha bastado una palabra para herir de muerte a un hermano, a un amigo, a un compañero de trabajo? ¿Cuántas veces hemos retirado el afecto y la palabra a alguien para dañarlo? Lo fácil es juzgar al terrorista con los anteojos de un maniqueísmo infantiloide, pero ¿qué sucede cuando el odio habita en mí y me corroe como un veneno? ¿tan lejos estoy del implacable Stepan?

Si se me permite un pequeño excurso, me gustaría llamar la atención sobre un aspecto que corre el riesgo de pasar desapercibido (al menos en una primera lectura). Camus a lo largo de la obra hace un extraño hincapié sobre el peso del artefacto explosivo empleado por los revolucionarios de la época. El historiador de profesión (fanfarrón como él solo) que lea esta explicación pensará: “esta me la sé”, pero no está de más…

A mediados del siglo XIX el revolucionario italiano Felipe Orsini diseñó una pesada bomba que explotaba con el impacto (que más tarde recibiría su nombre) y que encargó fabricar a un armero inglés. Es ampliamente conocido que desde finales del XIX hasta principios del XX, la bomba Orsini se popularizó entre los grupúsculos terroristas. En aquel momento fue todo un avance científico-técnico en el arte de sembrar el terror. Uno de los atentados más emblemáticos en el que se utilizó este artilugio fue el del Teatro del Liceo de Barcelona, El 7 de noviembre de 1893 como represalia por la ejecución del anarquista Paulino Pallás.

¿Pero qué tendrá que ver la bomba Orsini con Camus?  Como decía, el filósofo francés se refiere al peso de la bomba en diversos pasajes. Veamos. Kaliayev en un momento de intimidad con Dora: “Todo ha pasado demasiado deprisa. Esas dos caritas serias y en mi mano, ese peso terrible…”. Voinov (un personaje de menor calado) en conversación con el jefe de la célula: “estar de pie y mudo, con el peso de la bomba en el extremo del brazo” o el propio Voinov más adelante: “me resultará menos difícil morir que llevar mi vida y la de otro en la punta del brazo y decidir el momento en que precipitaré esas dos vidas en las llamas”.

Además de la belleza retórica de la analogía lo que -en mi opinión- trata de explicarnos Camus con ello son dos cosas. En primer lugar, que ese “peso terrible” hace referencia claramente a la conciencia. Un peso terrible que se manifiesta físicamente bajo las leyes de la gravedad y psicológicamente bajo el incómodo silencio interno del remordimiento. En segundo lugar, Camus se vale de Voinov para apuntalar esa fuerte relación entre el peso del objeto (bomba) y el peso en el sujeto (conciencia) introduciendo una nueva variable. A saber, la noción de extremo. No contento con la analogía del peso, la dimensión espacial “extremo/punta” ahonda en la traumática experiencia del terrorista que se ve arrojado a la situación límite de llevarse por delante una vida humana. Esta doble dimensión permite al francés transmitir lo duro que debe ser para el terrorista saber que ese acto -por remota que sea la posibilidad de que Dios exista- lo está condenando. Y esa decisión, más allá de la presión ambiental del grupo, del partido la atraviesa el criminal en el momento del crimen en la solitud más sepulcral.

Yo mismo he sido un parricida, lo reconozco. He odiado a mi padre durante años, incapaz de entender su sufrimiento, incapaz de justificarle. Y sólo el perdón pudo romper la condición de asesino a la que me hallaba encadenado. Y no nos damos cuenta del peligro que corremos al entregarnos a los brazos de esa musa grácil que es la ira. Una sed de justicia desmedida, hipertrófica que nos empuja a la injusticia más absoluta. Pues ya nos advertía Donoso en su Ensayo (1851): “Los mismos que han hecho creer a las gentes que la tierra puede ser un paraíso, las han hecho creer más fácilmente que ha de ser un paraíso sin sangre. Si esta ilusión llegase a ser creída por todos, la sangre brotará hasta de las rocas duras y la tierra se transformará en el infierno”.

Y ese veneno que potencialmente nos corroe como individuos puede pasar al grupo y de ahí contagiarse al cuerpo político por entero. Ese proceso es el de la pérdida de la inocencia. Proceso del que da cuenta Dora en una intensa conversación con Boris Annenkov (el jefe del grupo): “Nos envejece tan deprisa todo esto. Nunca más seremos niños, Boria. Con el primer crimen, la infancia huye (…) elegí esto con un corazón alegre y sigo en ello con un corazón triste”. El corazón apesadumbrado nos acompaña a diario, pues sin saberlo escogimos ese mismo camino, el de la ceguera del odio.

El misterio del sufrimiento de los inocentes

Esto nos lleva a la siguiente paradoja: ¿Qué hay de justo en ser injusto? Hay un momento del tercer acto en que Dora da sentido al título de la obra al pronunciar estas palabras: “No somos de este mundo, somos justos”. Y lo hace en línea de continuidad precisamente con la reflexión entorno a la pérdida de la inocencia. El justo -sobre el papel- no puede disfrutar de esta vida pues como para Terencio “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, es humano y nada humano le es ajeno. El justo no tiene tiempo para amar. O al menos ese es el sentido de justicia que motiva a este grupo de justos, de revolucionarios a actuar así. Pero ¿quién es en la historia aquel que ha sido atravesado por cada crimen, por cada injusticia, por la miseria misma del género humano? Cristo en la cruz, Ecce homo.

Lienzo del autor renacentista Tiziano, ‘Ecce Homo’, 1543.

Lienzo del autor renacentista Tiziano, ‘Ecce Homo’, 1543.

 

Cristo encarna y hace suyos todos los males, los sufre: nada humano le es ajeno (agnus Dei). Porque a diferencia del mesías judío, Él se ha hecho hombre. Por ende, sólo hay en la historia una persona que merece el título de justo, un auténtico revolucionario, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos. Y la justicia que Él viene a traer al mundo es radicalmente diferente que la que blasonan Stepan, Kaliayev, Dora o Annenkov. Una justicia que sustituye la bomba, el odio y el terror por el amor, la misericordia y la caridad. Y ese es el gran escándalo que atormenta a Camus y es el mismo escándalo que llevó a Judas a ahorcarse: “Mi reino no es de este mundo” y, por tanto, la justicia de Dios no puede ser tampoco la justicia de los hombres. Detrás del sufrimiento de los inocentes se esconde la ignorancia de los hombres y no la maldad y perversidad de Dios. Detrás de ese misterio se halla la incapacidad de entendimiento del ser humano y no un genio maligno y sádico que disfruta con el dolor de su creación.

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