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Los antifascistas
por Pilar Marcos
21 de septiembre de 2021
Los antifascistas

Puede parecer sorprendente -o, en realidad, no tanto- que el sábado convivieran un enorme despliegue de presuntos antifascistas en Mondragón junto a su total ausencia en Chueca.

 

Los presuntos antifascistas de Mondragón eran, evidentemente, entusiastas de ETA y sus crímenes. Y los gritos de asesinos que esos presuntos antifascistas proferían iban destinados a los familiares de los asesinados por ETA, y amigos. Había, pues, poco fascista y aún menos asesino en el lado de los que sufrían los gritos de fascista y asesino provenientes de las gargantas de los presuntos antifascistas.

 

A Chueca los antifascistas no fueron. Allí, según pudimos ver como principal asunto político del telediario de Televisión Española, una veintena de extravagantes disfrazados para la ocasión profirieron enormidades absolutamente condenables, repudiables… y que pueden ser tildadas de ridículas o -también- de fascistas. Pero, sorprendentemente, ningún antifascista apareció para plantarles cara.

 

Los extremistas de Chueca son ignotos: es perfectamente desconocido de dónde salen; son muy oportunos: decidieron manifestarse justo cuando se estaban celebrando distintas concentraciones de protesta contra el etarra asesino Henri Parot: en Madrid, por ejemplo, convocados por la AVT; su marcha ha sido muy difundida: solo el volcán canario logró quitarles el lugar más destacado de los noticieros; no les plantó cara ningún antifascista: ni uno, oiga; y sirven para animar el rechazo, ahí sí, muy antifascista, contra Vox y contra el PP.

 

El Gobierno de Pedro Sánchez, a través de su ministra portavoz, Isabel Rodríguez, se ha aprestado a anunciar que el Ejecutivo actuará con total contundencia contra los manifestantes de Chueca. Fenomenal. A ver si tienen suerte y la investigación llega a lugar distinto que la de las célebres balas de la campaña electoral madrileña, por ejemplo.

 

Lo de agitar un supuesto antifascismo tiene ya un siglo de historia.Un siglo, sin exagerar nada. El promotor, el gran inventor del trampantojo, fue un tipo, al parecer, extremadamente listo. Se llamaba Willi (Wilhelm) Münzenberg. Fue jefe de Propaganda para Occidente de la Komintern, y cayó a manos de sus propios camaradas. Le colgaron de un árbol en 1940, y allí le dejaron.

 

Las apasionantes Memorias de Arthur Koestler dedican bastantes páginas al inventor del antifascismo como vía de blanqueamiento del comunismo y de atracción de los célebres “compañeros de viaje”. Koestler trabajó para -y con- Willi Münzenberg antes de que ambos se apartaran del comunismo. Cuenta así el final de ese gran propagandista:

 

Willi fue visto por última vez marchando por una carretera en dirección al este, en compañía de dos jóvenes que se le habían unido en el campo. Nadie conocía a aquellos jóvenes en los círculos de refugiados y supuestamente eran miembros del Partido Socialista alemán. Al cabo de unos días se encontró el cuerpo de Willi en un bosque cerca de Grenoble, colgado de un árbol con una cuerda alrededor del cuello. Su rostro estaba maltrecho y magullado. La posición de la rama a la que estaba atada la cuerda excluía toda posibilidad de suicido. Por aquella región no habían pasado tropas alemanas ni francesas. Nunca más se supo de aquellos dos jóvenes”.

 

Los excamaradas comunistas del inventor del antifascismo no tuvieron ningún interés por simular que el gran propagandista había caído a manos de presuntos fascistas. Para su propaganda convenía que se sospechara  que habían sido ellos mismos. Posiblemente ese método de comunicación interna también había sido perfeccionado por Willi, inventor del  antifascismo.

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