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Nunca es tarde
por Enrique García-Máiquez
29 de diciembre de 2020
Nunca es tarde

El domingo pudo terminar en tragedia.

 

Con el desorden de las vacaciones, el sábado fui a misa por la mañana y por la tarde llegaron los primos y todo fue el alborozo del encuentro. Al día siguiente, mi hijo Enrique tenía concurso hípico en Antequera y se levantó a las cinco para irse y volver ya a las tantas.

 

Sólo a mediodía caímos en que la criatura se había ido sin misa dominical. Hice gestiones para ver si alguien se lo podía traer antes, pero unos amigos que habían ido a ver el concurso ya estaban de vuelta. El profesor, con el que había ido mi hijo, no podría volver hasta que no concursasen todos, y recogiese los caballos. Mi conciencia relinchaba, desbocada. Estaba seguro de que mi madre, en una situación parecida, hubiese cogido el coche, se hubiese plantado allí y me hubiese llevado a rastras a misa a la iglesia del Carmen de Antequera sin esperar al almuerzo campero ni a la entrega de premios ni a nada. Era la festividad de la Sagrada Familia, además.

 

Fuimos a misa mutilados, echando de menos al pequeño, casi canturrreando a Serrat: «¿Qué va a ser de ti, lejos de casa, qué va a ser de ti?» Lo que estaba siendo de él es que ganaba un jamón:

Pero ¿de qué te sirve un cinco jotas si pierdes tu alma?

 

Cuando ya teníamos perdida la esperanza y yo hacía planes penitenciales para el lunes, llegó y con tiempo para que llegásemos tarde a la última misa del domingo. Él venía derrengado. Se había levantado, ya digo, a las cinco, había corrido dos pruebas, vivido intensas emociones jamoneras y no había parado y eran las ocho y cinco de la noche. Le expliqué la situación. Allá que nos fuimos corriendo y él, además, cojeando. Su madre conducía para dejarnos en la puerta de la iglesia sin tener que buscar aparcamiento. Llegamos con palpitaciones y pudimos quedarnos en el atrio. Allí estaba mi hermano Nicolás, también con su hijo mayor. No le pregunté su historia, pero la imagino bastante similar.

 

Lo que me llevó a hacer unas palpitantes reflexiones sobre lo bueno de llegar tarde, que no es lo mejor, pero es enemigo de lo malo. Antes, sin embargo, le hice al niño una foto, para mandársela a los diversos amigos y conocidos a los que había incordiado con la misa del chiquillo, para decirles que 1) no nos habíamos rendido, 2) que lo habíamos medio conseguido y 3) que el día —ahora sí— era redondo.

Mi hermano me vio haciendo esa foto e hizo una foto. Ya sé que no es muy respetuoso, ni siquiera en el atrio, pero queda el testimonio y, aunque las instáneas lo eternicen, fue un click, dos::

 

¿Cuál era mi reflexión? Que llegar tarde es un signo de la importancia que damos a las cosas. A lo chestertoniano: si algo es importante, merece la pena hacerlo mal. Si algo es importantísimo, conviene llegar, aunque sea tarde. No decirse jamás: «como se me ha hecho tarde, ya lo dejo». Claro que el refranero llegó antes: «Nunca es tarde, si la dicha es buena». Es un refrán tan gozoso que pensé incluso ponérmelo de lema: «Nunca es tarde». Pero mi mujer (que es muy puntual) me convenció de que no me buscase justificaciones.

 

Cuando volví a casa, me reafirmé en convicción. He descubierto a un joven poeta, Adolfo González (Avilés, 1982), que tendría que haber conocido mucho antes. Su libro en Siltolá es de 2017 y es estupendo. Se titula El poema que surge.  Tiene poemas como éste:

PROPONE MARZO

 

Escoger al azar un rayo de sol

y extender el brazo,

como el yonki ante la jeringuilla,

para inyectárselo en vena.

Dejar

que por dentro corra la luz

confundida con la sangre.

que la luz y la sangre sean una misma cosa.

Y así —pura unidad—

sentir la vida.

……………………..Sentirla

como una inmensa, profunda, intensa felicidad.

 

En el poema «Salto de agua» ésta se despeña «musicalladamente/ sanjuandelacruzmente», nada menos. Y hay un haiku precioso, más invernal (aunque es de otoño): «El viento empuja./ La lluvia se ha sentado/ en los columpios». O estas VARIACIONES SOBRE LA ESPERANZA:

 

Aplicados discípulos

de Cicerón repiten

que no tienen

ni miedo ni esperanza,

pero al decirlo esperan

—se les nota—

volverse valerosos

o tener menos miedo.

 

Podría lamentar profundamente el tiempo que he tardado en leerlo, pero prefiero disfrutarlo. Y si esto pasa con Adolfo González, que no pasaría con Homero al que llegamos con casi treinta siglos de retraso incluso los más precoces. Sobre esa cita de Jiménez Lozano que traía ayer el barbero: «Si antes de los veinte años le llega a uno el dolorido sentir de Garcilaso o Petrarca, la armonía y claridad de Grecia y la alegría y simplicidad de Belén ya está salvado para la humanitas. De otro modo es muy difícil», me preguntaba alguien: «¿Y ya no tengo remedio si estoy recién llegando a los cincuenta?» Claro que sí, por la cuenta que también me trae a mí y porque nunca es tarde. Y si es más difícil, como lo es, pues mejor. Sumamos épica a la lírica, heroísmo a la mística.

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