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Curvas
por Enrique García-Máiquez
12 de noviembre de 2021
Curvas

 

Pensaba dedicar una entrada minuciosa al homenaje que el Real Círculo de Labradores rindió a Aquilino Duque. En principio, la cosa pintaba rara: un montón de poetas amigos de Duque leyendo cada uno un poema del maestro. Sin embargo, funcionó de maravilla. Fue como una lectura especialmente cualificada, porque pudimos ver cuántos tonos distintos tiene y cada uno capaz de conmover a un tipo de lector. Hasta políticamente hubo matices bien sabrosos.

 

Mis lecturas preferidas fueron la de Pedro Sevilla, por lo que cuento aquí, y la de Victoria León, que leyó «Marco Aurelio en Viena» y fue conmovedor:

[…]

Tamen feci quod potui. En lo pequeño

también un hombre puede ser cabal.

Todo es perseverar en el empeño

de mirar a la luz de igual a igual.

 

[…]

y que lleva milenios apagada

la estrella que aún nos manda su fulgor.

 

Igual que nos encienden, nos apagan

—bien que nos lo decía el cordobés—.

Tú te apagaste y, hagan lo que hagan.

aún calientas y alumbras, ya lo ves.

 

Pero sólo me han mandado vídeo de lo mío, ay:

 

 

Como me voy saliendo por las curvas, y tenía que llegar a Zaragoza, me fui corriendo, sin poder contarlo todo.

 

Zaragoza era sobre don José Jiménez Lozano. Carmen Herrando habló maravillosamente de los seres de desgracia. Ojalá se publique su ponencia. Pero a mí me llamó la atención en la cena que siguió al evento que, si ella hablaba de Francia, se le ponía acento francés, si de don José, castellano y, si de algo de Aragón, de maña. No era exagerado, sino prodigioso. Como yo tengo acento andaluz hasta hablando inglés, por no decir nada del francés que no hablo o del italiano, estaba pasmado. Y creo que la cosa tiene más enjundia que la sonora. Esa capacidad de ponerse en el timbre de voz del otro la capacita para ser una crítica finísima, mientras yo voy con mi «don yo» a cuestas por media España. Julián Marías, por la misma razón (no los acentos, sino la capacidad de desprenderse del yo) consideraba que las mujeres entendían mucho mejor a los filósofos que los hombres.

 

Bebíamos «Viñas del Vero» que con su referencia a la verdad y siendo de Barbastro, no podía ser más oportuno. Pero además esa bodega también la lleva mi mujer en su trabajo. Había algo conyugal en esos lingotazos que me metía entre pecho y espalda en Zaragoza. Quizá por eso y, a la par que el caudaloso Ebro, etc.

 

A la mañana siguiente, el taxista.

 

Le dije que iba a la estación de tren, pero que, si podíamos pasar por el Pilar, me bastaba para rezar un avemaría a la vista de sus torres. Se empeñó en aparcar en segunda fila, en parar el taxímetro, en regalarme dos cintas del Pilar que tenia que comprar yo (¡me dio el dinero!) y en asegurarme que «hiciese mi penitencia» tranquilo que teníamos tiempo de sobra.

 

Luego me contó que él en particular está enfadado con la Virgen. Nunca pidió nada para él, pero sí que se curase su mujer. Llorando y de rodillas. Aunque no es muy de misas, siempre hace o hacía la ofrenda floral y esperaba ese detalle de la Virgen. Yo me estaba emocionando: menos mal que se puso a hablar de sexo.

 

Que no perdiese ninguna oportunidad con mi mujer, me aconsejó. Últimamente todo el mundo me habla de sexo con las más altas ponderaciones.

 

Sentí mucho llegar a la estación de trenes; y eso que iba con el tiempo justo.

 

Me llevaba de Zaragoza varios libros. Hojeé El tiempo no es un collar de perlas de Anna Frajlich, y me encontré con una imagen preciosa. La fugacidad de la vida representada en la huella en la playa que ya cubren las olas pero que todavía no han borrado del todo. Qué belleza. Qué verdad. Y, con las prisas que llevo, así me sentía yo, una huella, no entre las olas, sino entre las horas, que es lo mismo.

 

 

 

 

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